28/10/1993 | 405

Entre el policía “democrático” y el policía “totalitario”

Ya han pasado dos semanas desde que los paramilitares haitianos impidieron el desembarco en la isla de los “marines” norteamericanos integrantes de la “fuerza de paz” de la ONU, que debía garantizar el retorno a su cargo del derrocado presidente Aristide. Clinton ordenó entonces el “retiro” de los “marines”, lo que equivalía a mandar a pique el “acuerdo de democratización” firmado en julio por Aristide y los golpistas, bajo la inspiración de la diplomacia norteamericana.


En esos quince días, la ONU ha restablecido las sanciones comerciales contra la isla, rige un bloqueo naval, el combustible ha desaparecido y la escasez y la amenaza de una hiperinflación castigan a las ya sufridas masas haitianas. Pero los golpistas no han retrocedido y se mantienen en el poder. Los parapoliciales dominan las calles y los asesinatos continúan.


Los golpistas haitianos y sus bandas paramilitares controlan la situación, incluso a pesar de haber perdido el apoyo de una parte de la “elite” haitiana que teme que “la reimposición de las sanciones comerciales puede demoler a muchas empresas viables en pocas semanas” (Washington Post, 16/10). Esto sólo puede explicarse por el sostenimiento que reciben de sectores enteros del aparato estatal norteamericano.


Aunque Clinton fue el “garante” del “acuerdo de la Isla del Gobernador”, firmado en julio pasado entre Aristide y los golpistas, bajo el patrocinio de la ONU y la tutela del Departamento de Estado, nada de esto se ha cumplido. El acuerdo establecía el retorno de Aristide a la presidencia, la renuncia de Cedrás, y Francois, jefes del ejército y la policía, la separación del ejército y la policía y la amnistía de los militares responsables del asesinato de 5.000 haitianos.


Pero “los golpistas tienen el respaldo del Pentágono, la CIA, la DEA y un importante sector de lobbistas estadounidenses encabezados por Elliot Abrams” (Página 12, 27/10). Ben Dupuy, ex embajador itinerante de Haití, ha denunciado que “el Departamento de Defensa (el Pentágono) no quiere la reinstalación de Aristide en el gobierno” y que está “trabajando junto con legisladores republicanos para impedir el regreso del presidente depuesto” (Página 12, 22/10) .


Los partidarios de Aristide han denunciado que “el embajador norteamericano en Haití, William Swing, y el mediador de la ONU, Dante Caputo, presionan en conversaciones secretas al primer ministro Malval para que amplíe su gobierno con ministros cercanos a los militares” (Clarín, 21/10). Pese a que los funcionarios de la embajada norteamericana y Caputo lo negaron, “otros diplomáticos de terceros países involucrados en la propuesta confirmaron que ‘se están llevando a cabo ciertas tratativas’” (Página 12, 23/10). Otra de las “salidas” que se barajan es, simplemente, dejar “pasar el tiempo” hasta que “venza el plazo” del acuerdo de la “Isla del Gobernador” y se diluya el bloqueo.


Entre todas las “opciones”, está claro que el acuerdo Cedrás-Aristide-Clinton está muerto. El Pentágono ha sido explícito en que no desembarcará tropas en la isla; el “Washington Post” (19/10) lo apoya plenamente: “la próxima fase del rescate de Haití será llevada adelante por negociadores y diplomáticos de Estados Unidos y la ONU, no por sus fuerzas militares”, editorializó el pasado 19 de octubre. Las “negociaciones”, con los golpistas claro, sólo pueden significar una cosa: que “los norteamericanos no sólo han abandonado a su suerte a Aristide sino también a Caputo … (algo sobre lo que) reina un consenso total en la prensa internacional congregada en Puerto Príncipe” (Página 12, 27/10).


La perspectiva del “abandono” de Aristide y de una nueva negociación con los golpistas, es la perspectiva de un presidente norteamericano rehén de la “comunidad de defensa e inteligencia”. Es precisamente la necesidad de Clinton de salir de esta crisis —y por lo tanto,  de “disciplinar” al Pentágono, la CIA y demás “agencias de inteligencia” — la que puede impulsar la intervención militar directa del imperialismo en Haití.


Cualquiera sea el caso, por la vía diplomática o la militar, el imperialismo interviene en Haití con un pretexto “democrático” , pero no en “defensa de la democracia”, sino de la “seguridad” y “estabilidad” de la sensible región caribeña, es decir, para fortalecer la reacción política, la opresión nacional … y también, importante, el cerco a Cuba.


Fuera los yankis y la ONU de Haití, fuera la dictadura sanguinaria de Cedrás, por el respeto de la soberanía del pueblo haitiano: regreso incondicional de Aristide a la presidencia.

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