28/07/1993 | 397

Europa, de nuevo, se devalúa

Europa atraviesa un nuevo tembladeral monetario. Los bancos centrales Alemania y Francia dilapidaron en de un solo día reservas por 9.000 millones de dólares para “defender la cotización del franco francés, “sin lograr reducir las tensiones monetarias”. Francia, además, se vio obliga­ba aumentar las tasas de interés por los préstamos a cortísimo plazo en un 30% -del 7,75 al 10%- sin contar las corridas especulativas. La medida, cuya magnitud da una idea de la envergadura del embate contra el franco, agudizará aún más la ya pro­funda recesión francesa.


Mientras el franco tambalea, la pe­seta española se encamina a su cuarta devaluación en apenas diez meses; la corona dinamarquesa sufre una nueva oleada especulativa (inin­terrumpida en los últimos meses) y el escudo portugués y la libra italiana es­tán bajo presión devaluatoria. La ola especulativa ha llegado incluso a Bél­gica, “plaza monetaria tradicionalmente fuera del alcance de las tor­mentas que azotan las demás capi­tales europeas” (Página 12, 24/7).


“La moneda francesa se halla bajo constante presión en los mer­cados porque especuladores e in­versores, especialmente en los mercados de Londres y New York, parecen convencidos de que París no podrá seguir defendiendo su moneda con una política de aumen­to de las tasas, en un contexto de recesión” (ídem). El origen anglo­sajón de los movimientos especulati­vos contra el franco (y las demás monedas europeas) es significativo, por­que busca hundir el franco —Francia es el país que más abiertamente se ha opuesto a los Estados Unidos en la “guerra» de los subsidios agrícolas— y quebrar el eje Bonn-París, el “cora­zón político» del acuerdo de Maastricht, para acabar definitivamente con la ya moribunda “unidad europea”. La burguesía británica está buscando la forma de “salir de Maastricht»  como lo revelan las penurias de Major en el parlamento, derrotado en sucesi­vas votaciones sobre el tratado. La burguesía norteamericana también está interesada en torpedear la “uni­dad europea «para sacar del medio a un competidor comercial poderoso. La movida parece encaminarse exito­samente: “en un editorial publicado el lunes, el influyente diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung preconizó con medias palabras la devaluación del franco francés” (La Nación, 27/7).


Al mismo tiempo que las monedas europeas flamean, la Reserva Fede­ral (banco central) norteamericana ha anunciado un próximo aumento de las tasas de interés, con el objeto de reducir el crecimiento de la inflación, que se ha disparado desde la asunción de Clinton. Un alza de las tasas norte­americanas aceleraría la “fuga” de las divisas europeas hacia el dólar frenando la incipiente “recupera­ción” norteamericana.


El motor de fondo del tembladeral monetario europeo, que viene arras­trándose desde setiembre de 1992 y sin soluciones a la vista es la crisis capitalista mundial, que ha acelerado la especulación del capital financiero.


El obvio fracaso del G-7


El caos monetario europeo desnu­da el carácter trucho del “acuerdo comercial” alcanzado hace apenas quince días en Tokio por los mandata­rios de las principales potencias impe­rialistas. Si el acuerdo hubiera abierto, como pretendieron sus firmantes, “una nueva era en la historia de las relaciones comerciales”, reducien­do las barreras al comercio internacio­nal y promoviendo la reactivación eco­nómica mundial, la consecuencia in­mediata hubiera sido el fortalecimien­to de las monedas, no su devaluación.


El acuerdo firmado en Tokio no sale de los papeles y aun así es mo­desto: abarca apenas a ocho grupos de mercancías (productos farmacéu­ticos, equipos de construcción, médi­cos y agrícolas, acero, cerveza, bebi­das alcohólicas y muebles) determinados “ex profeso para favorecer a ciertas multinacionales (GM, Cater­pillar, Merck)” (International Herald Tribune, reproducido por Clarín, 9/7) y se aplicaría en un plazo de cinco años. Los productos “críticos’’, como los textiles, el aluminio y los electrónicos, que habían llevado al fracaso la re­unión de ministros de comercio del “G-7”en Tokio afines de junio, fueron dejados de lado, lo mismo que la pro­ducción agrícola —alrededor de la cual se libra una multimillonaria guerra de subsidios entre Estados Unidos y Europa— y los “servicios” (banca, seguros, patentes, transporte, movi­mientos internacionales de capital, etc.).


Un acuerdo tan limitado fue posible sólo gracias a “concesiones de últi­ma hora” del primer ministro japonés, ampliamente resistidas por los impe­rialistas nipones, sobre las bebidas alcohólicas. Este solo hecho basta para mostrar la precariedad, para de­cir poco, del “acuerdo histórico”: Todos y cada uno de sus firmantes eran plenamente conscientes que las concesiones de Miyazawa no valían nada, porque el primer ministro japo­nés era un cadáver político a punto de ser sepultado en las elecciones que se celebrarían apenas una semana des­pués de la “cumbre”.


¿”Libre comercio”?


Aun cuando semejante acuerdo pudiera entrar alguna vez en vigor, lo que es bastante improbable porque aún debe ser aprobado por la CEE y ratificado en el acuerdo general del GATT, estancado desde hace tres años, estaría muy lejos de alumbrar el promocionado “libre comercio”.


El acuerdo de Tokio reproduce el esquema del “libre comercio del acero” implantado por Bush a media­dos del año pasado para reventar a los japoneses y europeos. Entonces se derogaron los “cupos voluntarios» por los cuales cada país limitaba sus exportaciones de acero a los Estados Unidos. A partir de entonces, el go­bierno norteamericano comenzó a imponer sobretasas unilaterales a las exportaciones siderúrgicas de una veintena de países (de la CEE, Japón, México —su “socio comercial en el Nafta— Brasil e incluso la Argentina) con el argumento de que sus exporta­ciones estaban subsidiadas. Como consecuencia de estas medidas, las importaciones de acero de los Esta­dos Unidos son menores, ahora con “libre comercio», que antes cuando había “barreras y restricciones”.


Los funcionarios norteamericanos no han dejado de señalar que éste es el camino: “indicaron que no había nada (en el acuerdo) que impidiera que los Estados Unidos hicieran uso de su arma más poderosa en el comercio, en alusión a su cuerpo legal denominado Sección 301, que permite al presidente aplicar aran­celes punitivos (unilaterales) a cier­tas mercancías extranjeras» (La Nación, 11/7). Naturalmente, esto equivale a una declaración de guerra comercial en regla… apenas 48 horas después del “acuerdo histórico». “Japón ha declarado claramente que si los Estados Unidos llegaran a imponer sanciones, Tokio tendrá el derecho a cesar sus negociacio­nes en el área que corresponda” (ídem). Francia ha anunciado que no firmará el acuerdo del GATT si EE.UU. no deroga las sobretasas unilaterales ya vigentes contra sus productos. Casi inmediatamente comenzó la “ofensiva anglosajona» contra el franco.


Crisis mundial


La tendencia a la guerra comercial y sus secuelas, el caos financiero y monetario, es la consecuencia obliga­da de la superproducción mundial de mercancías y capitales que plantea la quiebra de ramas industriales y países enteros.


Un informe reciente sobre la indus­tria británica reveló que menos del 10% de las empresas son internacio­nalmente competitivas; el corazón in­dustrial de la Alemania capitalista, el valle del Ruhr, está en ruinas; el se­gundo pulpo industrial italiano —el grupo Ferruzzi— está a las puertas de la quiebra. Después de sucesivas “re­estructuraciones ’’que redujeron en un 25% su capacidad productiva, la industria del acero tiene una capaci­dad productiva excedente del 50%; la superproducción derrumba los pre­cios internacionales del carbón; la IBM ha debido liquidar el 25% de su capa­cidad productiva. Las contradicciones entre los pulpos capitalistas —y sus Estados— explican la impase del GATT, la crisis de la «unión europea” y la nebulosa que flota sobre el Nafta, el acuerdo comercial entre EE.UU., Canadá y México.


En estas condiciones, cuando la recesión, que atenaza a todas las po­tencias imperialistas tiende a agravar­se, y cuando enormes masas de capi­tal están en juego, los pulpos necesi­tan más que nunca de sus Estados, no sólo para imponerles nuevas normas de superexplotación a sus trabajado­res (‘flexibilidad’) sino también para defenderlos de sus “competidores». El salvataje generalizado de los mo­nopolios y de ramas enteras de la producción (agricultura) ha llevado a la quiebra las finanzas públicas de todas las potencias… desatando una guerra por la captación de los capita­les que financien los “agujeros ne­gros» presupuestarios. La necesidad de todos los Estados de manipular sus monedas para defender sus exporta­ciones y los ingresos de capitales que les permitan mantener los subsidios a los pulpos y financiar sus deudas pú­blicas es imperiosa, como lo demostró el hundimiento, sin pena ni gloria, de la “moneda única” europea.


La crisis capitalista le impone a tos pulpos y a los Estados una lucha des­piadada por los mercados, que acen­túa la recesión mundial y es el motor de enormes crisis políticas.

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