25/08/2011 | 1191

Fuera el imperialismo de Libia

Se derrumba el régimen de Gaddafi

En menos de 48 horas, durante el pasado fin de semana, las tropas «rebeldes» libias, apoyadas por un feroz bombardeo de la Otan, lograron romper la última resistencia de las tropas de Gaddafi y penetraron en Trípoli, la capital del país.

Ya en las últimas semanas se venía observando un avance militar de los rebeldes y una disgregación de las fuerzas leales al régimen. En la semana anterior a la caída de Trípoli, tres destacados miembros de la camarilla de Gaddafi habían abandonado el país: según el Financial Times, «la facilidad con la cual los rebeldes avanzaron hacia la capital sugiere que buena parte de sus fuerzas de seguridad y simpatizantes habían decidido rendirse o desaparecer» (21/8). Se entregó incluso sin oponer mayor resistencia la 32º Brigada, considerada una de las tropas de elite más leales al régimen y comandada por Khamis Gaddafi, uno de los hijos del coronel. Los rebeldes anunciaron durante el fin de semana que habían detenido a varios hijos de Gaddafi, y que la caída del coronel era cuestión de horas, aunque el lunes 22 uno de ellos se mostró en libertad ante la prensa internacional y llamó a prolongar la resistencia. Al momento de escribir estas líneas sigue el combate en las calles de Trípoli, pero todas las informaciones dan cuenta de una abrumadora superioridad militar de las fuerzas rebeldes reforzadas por la Otan, que bombardea el palacio presidencial. El paradero de Gaddafi es desconocido.

El papel del imperialismo

La debacle final de las fuerzas de Gaddafi y el avance de las fuerzas rebeldes sobre Trípoli sólo fue posible por la intervención de la Otan, cuyas fuerzas militares incrementaron las operaciones de bombardeo sobre las posiciones del régimen en la última semana, inclinando la balanza y acelerando el desenlace. Según el británico The Independent, «las fuerzas del régimen, después de ser pulverizadas durante meses por la Otan, no parecen tener la capacidad de enfrentar a los rebeldes y restablecer una línea de contacto con el exterior» (21/8).

La entrada de los rebeldes en Trípoli fue recibida con subas generalizadas en las bolsas europeas, motorizadas por el alza en la cotización de las acciones de las principales empresas petroleras, y con una baja en el precio del crudo. Los «mercados» recibieron con favor lo que consideraron un paso hacia el recambio del agotado régimen pro-imperialista de Gaddafi por uno compuesto por títeres del imperialismo, capaz de establecer una cabeza de playa en un norte de África conmovido por las rebeliones populares que se iniciaron en enero. Tal como se planteó en estas páginas hace varios meses, la intervención de la Otan en Libia, iniciada en marzo de este año, no tuvo como objetivo dar impulso a la lucha de las masas árabes contra sus gobiernos sino, por el contrario, regimentar y controlar estos movimientos, con el objeto de establecer un protectorado militar que sirviese de base contra la propia revolución árabe: tanto Sarkozy, afectado por la caída del régimen pro-francés de Ben Ali en Túnez, como Barack Obama, que vio derrumbarse al gobierno pro-yanqui de Mubarak en Egipto, dieron vía libre a una intervención militar que apuntó a reforzar sus posiciones en una zona atravesada por una gigantesca conmoción social.

Los dirigentes del Consejo de Transición de Bengasi, reconocido como «gobierno legítimo» por las potencias extranjeras, no pierden oportunidad de demostrar sus lazos con el imperialismo -que se ven potenciados además por la necesidad de que sean desbloqueados los multimillonarios fondos que el régimen de Gaddafi tenía en el exterior: el imperialismo los mantiene «congelados» como un auténtico botín de guerra y pretende administrarlos en cuotas para asegurar la docilidad de cualquier gobierno post-Gaddafi en la tarea de la «reconstrucción de Libia». Todas las cancillerías imperialistas están operando para picar en punta en el armado de un nuevo régimen: según el New York Times, «Jeffrey D. Feltman, un asesor del Departamento de Estado, estuvo en Bengasi el fin de semana participando en reuniones con los líderes políticos de los rebeldes para discutir una transición estable y democrática» (22/8). Francia, por su parte, «convocó a una reunión en París, la semana que viene, a los gobiernos que se han comprometido a ayudar en la reconstrucción de Libia, a la que acudirán, previsiblemente, los líderes rebeldes». Italia envió funcionarios a Bengasi «para que asistan de forma inmediata en la restauración de las explotaciones comerciales de crudo y gas natural» (El País, 23/8).

La guerra civil después de la guerra civil

La realidad muestra, sin embargo, que la «transición» no será asunto sencillo. Las diferencias entre los distintos sectores que integran la coalición «rebelde» son manifiestas y han quedado al rojo vivo en las últimas semanas -con enfrentamientos armados incluidos, luego del asesinato en un confuso episodio de uno de los principales jefes militares de las fuerzas opositoras, que sus partidarios atribuyeron a un ajuste de cuentas por parte de los dirigentes de Bengasi. «Un alto dirigente militar norteamericano expresó su cautela sobre las perspectivas incluso si cae el gobierno de Gaddafi. Aún con la caída del régimen, dijo, no hay ningún plan claro para una sucesión política o para mantener la seguridad en el país» (New York Times, 21/8).

En rigor no existe una «coalición rebelde» sino un conglomerado heterogéneo de múltiples grupos y sectores, que abarcan desde fuerzas islamistas, opositores liberales, tribus de distintas regiones del país y una plétora de ex funcionarios y miembros del régimen de Gadafi que se han pasado a la oposición. Diversas informaciones dan cuenta, por otra parte, de las dificultades de las autoridades del Consejo de Bengasi, ciudad ubicada en el este del país, para controlar a las fuerzas militares del oeste, que son las que han tenido un papel determinante en el avance sobre Trípoli. Según The Economist, «en febrero la transición de Bengasi a manos de los rebeldes fue relativamente pacífica debido a que el gobierno interino dejó en su puesto a todo el aparato de «tecnócratas» estatales», pero todo indica que no resultará tan sencillo ahora: aunque las autoridades han anunciado que se trasladarán a Trípoli en cuanto les sea posible, «no está claro cuánta autoridad podrán tener sobre los diversos grupos de milicianos que controlan las calles de la capital».

Está planteado un escenario de disgregación regional del país. Tanto la dirigencia rebelde como el imperialismo quieren evitar una descomposición del aparato del Estado: según el Financial Times, «los rebeldes usarán los contactos que tienen desde hace tiempo con tecnócratas y ‘pragmáticos’ del régimen de Gaddafi, y de otros cuerpos como la policía, para asegurarse de que permanezcan en su lugar durante la transición política» (23/8). El ejemplo a evitar es el de lo ocurrido tras la caída de Saddam Hussein: «a diferencia de lo ocurrido en Irak, el Consejo de Transición, muchos de cuyos miembros eran parte del gobierno hace sólo unos meses, buscará mantener tanto como sea posible las estructuras que hoy existen» (ídem).

Otro sector del imperialismo directamente reclama que la intervención de la Otan se profundice y dé paso a una ocupación directa de fuerzas militares sobre el terreno, para evitar que la situación derive hacia una guerra civil de alcances imprevisibles.

La ocupación militar de Libia, para convertirla en un protectorado imperialista en el centro de una región convulsionada por las rebeliones populares, pone de manifiesto la tendencia del imperialismo a enfrentar la bancarrota capitalista mundial por medio de la guerra y la colonización de las naciones más débiles. Pero precisamente porque se procesa en el marco de esa bancarrota, será un factor de profundización de la crisis y agudización de las contradicciones en todo Medio Oriente y el Norte de Africa.

Denunciemos la ocupación de Libia, una amenaza para la independencia nacional de todos los pueblos oprimidos del mundo, que agravará además la miseria de los pueblos de Africa del Norte y Medio Oriente. Fuera el imperialismo de Libia y de todo Medio Oriente. Viva la revolución árabe.

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