11/11/1999 | 648

Hasta Grondona apoya a Tabaré Vázquez

Al candidato triunfante en la primera ronda de las elecciones uruguayas no se le puede reprochar falta de claridad: «no nos vamos a apartar de las reglas establecidas». Según La Nación (2/11), «fue la frase que mejor resumió su deseo». En otra parte, Tabaré Vázquez agregó que «el secreto bancario sólo se levantaría cuando la justicia así lo decretase, como hasta ahora» y «no se gravarían los depósitos bancarios ni de residentes ni de no residentes». Como hasta ahora, podríamos también agregar. A lo cual La Nación añade: «El mensaje sonó claro y fuerte. Y el timing no podría haber sido mejor para evitar sustos…».


El carácter de los resultados del primer turno electoral uruguayo es, entonces, perfectamente claro: no triunfó una variante de transformación social sino del status quo, o sea de los explotadores e incluso del imperialismo. ¿Es a esto a lo que se refirió Patricia Walsh cuando declaró que «el bipartidismo tradicional ha sido derrotado por una esperanza de cambio y justicia social» (Página 12, 2/11)? El cuidado que pone en sus palabras la ex candidata de la IU argentina demuestra que ya ha metido su rabo entre las piernas. Después de todo, una victoria izquierdista debiera producir la certeza de un cambio, no apenas una esperanza. No se ve tampoco en qué ha consistido la derrota neoliberal cuando los ganadores declaran que «Prácticamente no habrá modificaciones … en la legislación vigente que permite la libre entrada y salida de capitales y de metales preciosos» (Daniel Olesker, posible ministro de Economía de Tabaré, en Ambito Financiero del 27/10).


Lo anterior no debería ser un secreto para nadie, porque el Encuentro Progresista-Frente Amplio ya gobierna Montevideo, más de la mitad del país, desde hace nueve años. En ese prolongado período para algo más que una ‘esperanza’, se destacó por las privatizaciones, el despido de empleados y la erradicación de los vendedores ambulantes. Un municipio tan poderoso no sirvió para nada en lo que hace a luchar contra la desocupación y por la simple razón de que ello habría exigido una intervención estatal en el sacrosanto recinto de la propiedad privada capitalista.


No debe sorprender entonces que, luego de las elecciones argentinas, los futuros ganadores en Uruguay se presentaran como una versión autóctona de la Alianza, de la que nadie duda por nuestros pagos de su condición pro-imperialista. Cuenta La Nación (27/10) que la publicidad del EP-FA en los últimos días de la campaña presentaba a un uruguayo con la bandera argentina en las manos, preguntándose : «Si allá pudieron cambiar, ¿por qué nosotros, no?».Dos semanas más tarde, De la Rúa y Tabaré peregrinaban por el mismo escenario de la Internacional Socialista, o sea los agentes del imperialismo europeo.


El virus del sometimiento nacional no sólo afecta a la llamada ala moderada del FA. Entrevistado por Página 12 (17/10), cuando ni siquiera habían ganado, el ultrarradical tupamaro «Pepe» Mujica, ahora flamante senador, declaró que «para reactivar la producción» era necesario «administrar mejor el Estado y atacar la corrupción»; también «dirigir créditos hacia la producción y no al consumo»; por último, «cambiar el esquema de las exportaciones». Para precisar este último concepto, indicó que había que «estimular la exportación de carne de ovejas». Pobre Uruguay. Su sector revolucionario enfrenta el mismo dilema ancestral del país pastoril —¡si exportar o no el ganado en pie!—. Todo esto es tan triste que se pierde el sentido del ridículo.


La chabacanería ha penetrado tanto en la izquierda mundial, cuánto más por cierto en la sudamericana, que se presenta la necesidad de ilustrar todavía más este punto. Por ejemplo, el candidato más firme a ocupar el ministerio de Economía es Danilo Astori, un frenteamplista que se acaba de oponer a la derogación del sistema de AFJPs uruguayo, planteado en un reciente referéndum. Hay que añadir que esa consulta se perdió porque el propio Tabaré Vázquez saboteó la campaña para poner fin a la jubilación privada. Pero esta privatización, más que ninguna otra, es el corazón del neoliberalismo, porque permite la expansión de los Fondos especulativos mediante la confiscación de los ingresos de los trabajadores. Claro que también hay un capital financiero mediano interesado en el mismo negocio, como lo demuestra la Banca cooperativa argentina que sostiene a Izquierda Unida.


Es cierto que, para ganar, Tabaré deberá pasar el segundo turno, ocasión en la que blancos y colorados van a ir en yunta. Para superar el trance, el EP-FA también tiene una política. Para eso acaba de mandar una delegación al Banco Interamericano de Desarrollo, presidido por el uruguayo Iglesias, y al Departamente de Estado norteamericano, donde piensa seducir al ala izquierda del Partido Demócrata. Lo mismo hace, por ejemplo, el inglés Blair, que ha propuesto rebautizar a la IS con el nombre de Internacional de Centroizquierda para favorecer el ingreso en ella del Partido Demócrata norteamericano.


A la luz de todo lo dicho, Mariano Grondona no hace gala de mucha intrepidez intelectual cuando propone votar al EP-FA, en una columna de La Nación(4/11). «Para un moderado que piense en el corto plazo, dice el politicólogo para todo uso, lo peor es que gane Vázquez. Para un moderado que piense en el largo plazo, quizás lo peor sea lo mejor». ¿Por qué, se preguntará el lector? Responde Grondona: porque «una vez que Vázquez pague su derecho de piso, la economía uruguaya … contará con el consenso político universal del que carece ahora». Grondona, como Walsh, también tiene una esperanza, sólo que mejor fundada. Los dueños del diario, sin embargo, piensan diferente a su columnista y por eso urgen a blancos y colorados a llegar a un acuerdo (editorial, 2/11). Es que, más prácticos, temen que la extraordinaria tensión que existe en la economía internacional acabe quebrando el ya agudo desequilibrio de las economías sudamericanas, lo que desbordaría la capacidad de contención de un gobierno centroizquierdista. Nada más que eso.


No se nos escapa, por supuesto, que una victoria del EP-FA cambiaría el escenario de varias décadas de la política uruguaya. Pero tampoco hay que exagerar, porque la desintegración del bipartidismo blanco-colorado viene de lejos (de la década del ‘50, cuando comenzó a hacer agua el sistema colegiado de gobierno, este mismo expresión del agotamiento del bipartidismo). Si ha logrado sobrevivir hasta ahora, ello no sólo obedece a la represión y el golpe militar sino todavía más a la izquierda uruguaya.


Incluso el régimen electoral de doble vuelta que podría birlarle el triunfo a la izquierda fue votado por ésta cuando los partidos tradicionales no tuvieron más remedio que eliminar la ley de lemas, porque ésta ya no conseguía mantenerlos unidos. Es decir que si el EP-FA es derrotado el 27 de noviembre se habría cavado su propia fosa. Es incorrecto también calificar a esta coalición de izquierdista, ya que el llamado Encuentro Progresista no tiene nada que ver con la historia de la izquierda, representa a sectores tradicionales de la burguesía (blanca) y, a pesar de su extrema debilidad, ocupa posiciones fundamentales, como la eventual vicepresidencia de la República. Se trata de un frente patronal, no de un frente independiente de la izquierda.


No será una victoria del EP-FA lo que cambiaría el escenario político sino el impacto que podría tener, sobre la nueva situación, tanto un agravamiento de la crisis mundial como un cambio fundamental en el carácter de la lucha de las masas. En uno u otro caso, el centroizquierdismo uruguayo pondrá de manifiesto su hilacha contrarrevolucionaria.

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