15/02/1998 | 573

La condición anti-civil de la Iglesia

Si no fuera una completa hipocresía, la afirmación del Papa en su discurso en Camagüey, de que «la Iglesia está inmersa en la sociedad civil», debería ser considerada como un fino toque de humorismo.


El catolicismo nunca fue en Cuba una religión popular; era la de los terratenientes, especialmente los de origen español. El pueblo cubano –los descendientes de los indios masacrados por los conquistadores españoles y de los negros esclavizados en las plantaciones de los terratenientes– tenía sobradas razones para no considerarla como propia. Y esto mucho antes de la Revolución. Esta debilidad explica que, huérfana del sostén y de la promoción del Estado, la Iglesia desapareciera sin dejar rastros en los primeros años de la Revolución. No fue la ‘persecución’ –el propio Jaime Ortega, obispo primado de Cuba, reconoce que «jamás hemos sido tratados como las Iglesias del Este europeo (Le Monde, 24/12)»—, sino la orfandad de apoyo popular lo que dictó su ocaso.


La visita del Papa no ha logrado superar el aislamiento de la Iglesia del pueblo cubano. Resurge, no como la expresión de un sentimiento popular, sino ‘desde arriba’, a través de un acuerdo político con la burocracia del Estado, como una suerte de ‘religión (para)oficial’.


Pero la Iglesia no está ‘inserta’ en la ‘sociedad civil’ en ningún lugar del planeta. Al contrario, en todos lados esa‘sociedad civil’ se desarrolló históricamente en oposición a la Iglesia, liberándose de su tutela oscurantista, reemplazando el código canónico por el civil, la teología por la constitución y la inquisición por la división de poderes. El Estado democrático –la representación política idealizada de esa ‘sociedad civil’– surgió en lucha mortal contra la Iglesia y el Vaticano.

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