08/03/2007 | 982

La conferencia sobre Irak en Bagdad

Siguen las maniobras contra Irán

Por iniciativa de los ocupantes, el gobierno de Bagdad invitó a Irán y a Siria a participar de una conferencia en Bagdad para la “estabilización de Irak”. Hasta el momento, Bush había rechazado esta posibilidad. Con la directa participación del sionismo, había montado contra Irán una campaña de provocaciones y reforzó la flota en el Golfo Pérsico, y las sanciones económicas y financieras. Algunos medios han caracterizado la convocatoria a la conferencia como “un cambio importante en su política exterior” (El País , 28/2).


 


Crisis


 


La conferencia ha sido convocada bajo un conjunto de elementos de crisis.


 


En primer lugar, la fuerte oposición que despertó la escalada contra Irán en los propios Estados Unidos. Paul Craig Roberts, ex secretario adjunto del Tesoro de Reagan y editorialista del Wall Street Journal, exigió al Congreso que “deje perfectamente claro que cualquier ataque a Irán sin la autorización del Congreso, significará la inmediata destitución de Bush y Cheney de la Casa Blanca” (ICH, 9/2). Zbigniew Brzezinski, ex consejero de seguridad nacional, conmocionó a Estados Unidos al denunciar que el gobierno preparaba “alguna provocación en Irak o algún acto terrorista en Estados Unidos” para justificar un ataque a Irán (El País, 26/2). Tanto más grave, un conjunto de generales y almirantes de alta graduación dejó trascender su disposición a renunciar si Bush atacaba Irán. “Una rebelión de generales de esta escala sería un hecho sin precedentes” (The Sunday Times, 25/2).


 


En segundo lugar, el fuerte agravamiento de la crisis política en Líbano, donde el gobierno proimperialista de Fuad Siniora apenas logra mantenerse en pie, y en Afganistán, donde la Otan acaba de lanzar una enésima ofensiva contra los talibanes, destinada al fracaso como las anteriores.


 


Irak


 


En tercer lugar, está el fenomenal empantanamiento de la ocupación norteamericana en Irak. El nuevo “plan de seguridad” de Bush, consistente en desplazar a la población sunnita de barrios enteros de Bagdad, está dando lugar a una violenta “limpieza étnica”. Un operativo similar, en febrero del año pasado, terminó en un fracaso y agravó las masacres sectarias. Son mayoría los que pronostican que volverá a suceder lo mismo.


 


Sin haber derrotado la rebelión de los sunnitas en la provincia de Anbar, los ocupantes pretenden ahora “limpiar” Bagdad de sunnitas. Al mismo tiempo, se han lanzado a perseguir a las milicias shiítas del clérigo Al Sadr, que dominan zonas enteras de Bagdad y del sur del país. Al Sadr es la figura más popular entre los shiítas empobrecidos; su movimiento tiene la segunda bancada en el parlamento y varios ministros y es uno de los sostenes fundamentales del gobierno iraquí aliado a Estados Unidos.


 


Sin haber derrotado a “la minoría de la minoría” (la rebelión sunnita), los ocupantes se lanzan contra la mayoría (los shiítas); necesitando el respaldo del gobierno de Bagdad, atacan a sus aliados internos (Al Sadr) y externos (Irán). Al mismo tiempo que combate a los sunnitas de Irak, intenta establecer una coalición de estados sunnitas (Arabia Saudita, Jordania, Egipto) contra Irán. “Bush sufre una aguda confusión acerca de quién es un aliado y quién es un enemigo” (The Boston Globe, 31/1).


 


Lo que permite a los norteamericanos sostenerse en Irak, a pesar de todo, es la ausencia de un movimiento nacional que plantee un programa capaz de unificar a los distintos grupos regionales, religiosos y étnicos en una lucha común por la expulsión de los ocupantes.


 


Entre las distintas fracciones y tendencias se libra una lucha por el poder, que se agudiza como consecuencia del fracaso de la ocupación. Algunas tendencias han elegido combatir directamente a los norteamericanos; otras se valen de los ocupantes para atacar a sus rivales internos; otras, finalmente, actúan alternativamente con y contra los norteamericanos. Las “operaciones encubiertas” de los ocupantes —que masacran a la población responsabilizando a las milicias— agravan la barbarie.


 


Las líneas de división son políticas; distintos grupos shiítas se enfrentan entre sí (como las milicias de Al Sadr y las del Consejo Supremo de la Revolución Islámica), al igual que diversos grupos sunnitas (como el Movimiento de Resistencia Islámico y el Ejército Islámico). Estos grupos tienen programas políticos y apoyos externos divergentes. La milicia shiíta de Al Sadr, por ejemplo, coincide con los sunnitas en la defensa de la unidad de Irak (contra los kurdos y una parte de la jerarquía shiíta que impulsan la división del país), y sus relaciones con Irán son más débiles que las de sus rivales shiítas.


 


Dos millones de refugiados están inundando a los países vecinos. Jordania, Líbano y Siria están “saturados” de refugiados iraquíes y carecen de las mínimas condiciones para brindarles alojamiento y servicios (El País, 9/2). “Este es un fiasco que puede incendiar a toda la región”, advierte el Financial Times (11/1).


 


Finalmente, está la propia crisis política y social iraní, agravada por la derrota del presidente Mahmud Ahmadinejad en las recientes elecciones municipales. Son cada vez mayores las evidencias de la oposición de una parte sustancial de la jerarquía clerical al presidente.


 


La conferencia como extorsión


 


La conferencia internacional no anticipa, sin embargo, una salida a la crisis desatada por la ocupación militar de Irak. No se conoce el perfil de la salida que podría pergeñar; todo indica que es una maniobra para arrinconan al régimen iraní y para desarrollar mejores condiciones para un ataque a Irán. Los yanquis manejan como alternativa un golpe de Estado de los grupos rivales al actual gobierno de Irán.


 


El escepticismo está justificado cuando se piensa que la situación del imperialismo se ha agravado considerablemente en Afganistán y Líbano, dos países donde Irán tiene una gran influencia. En un caso, Bush ha amenazado con un embargo financiero incluso a Pakistán, por los acuerdos que éste ha alcanzado con los talibanes para evitar choques en la frontera entre éste y Afganistán. Asimismo, la situación de los ocupantes allí es cada vez más precaria, con el agravante de que ninguno de los países de la Otan quiere aumentar el número de fuerzas y la mayoría de ellos rechaza comprometerse en combates. En Líbano, la influencia de Hezbollah crece de día en día, y se ha transformado en un interlocutor insoslayable para las grandes potencias. La Conferencia tiene la función de forzar a Irán a ceder posiciones en estos dos terrenos más Irak, sin que se le ofrezca nada relevante. El gobierno de Bush no ha cedido en nada, para ello harán falta crisis más profundas (incluso financieras) y más lucha.

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