30/09/1998 | 602

La crisis mundial en su epicentro

Luego del derrumbe, la semana pasada, del Fondo especulativo norteamericano LTCM, la crisis económica mundial encontró su momento de verdad. Nadie podrá alegar, de aquí en más, que el derrumbe de los mercados internacionales que se viene procesando desde el año pasado ha tenido su causa fundamental en el desmanejo administrativo de los gobiernos sudasiáticos o que obedezca a una desviación ‘oriental’ del ‘auténtico’ capitalismo que representarían los Estados Unidos y algunos países de Europa occidental. Como lo hemos venido diciendo tan obstinadamente desde estas páginas, el epicentro de la crisis mundial se encuentra en los Estados Unidos y, dentro de Estados Unidos, en los grandes pulpos financieros que han especulado con toda clase de deudas y de activos.


Más que Rusia y Asia


Con un stock de inversiones en acciones y obligaciones privadas en constante desvalorización, por valor de 100.000 millones de dólares, el LTCM tenía un stock de apuestas especulativas amenazadas de pérdidas, por la friolera de un billón doscientos mil millones de dólares (1.200.000.000.000) (O Estado de Sao Paulo, 27/9). De este modo, el potencial hipotético de bancarrota de este Fondo superaba en tres veces el monto de la cesación de pagos de toda Rusia o la suma de todas las pérdidas infligidas por la crisis de los países del sudeste de Asia. Con solamente 3.200 millones de dólares de capital propio, las gigantescas operaciones comprometidas por el LTCM estaban financiadas por créditos de los principales bancos norteamericanos y europeos. Estos créditos estaban garantizados, a su vez, aunque en un porcentaje muy bajo, por acciones y títulos que estaban cayendo de precio. Para mantener el valor de la garantía exigida por los bancos acreedores, el LTCM debía entregar más activos, cuya venta ya tenía comprometida, o vender esos activos para hacerse de dinero. En cualquiera de los casos habría provocado una mayor desvalorización en las Bolsas y habría perjudicado a todos los capitalistas que intervienen en ellas por igual. Si, como habría debido ocurrir, las autoridades legales decidían la quiebra de este Fondo, buena parte de la alta banca internacional habría quebrado y las principales Bolsas habrían debido cerrar. «Si el LTCM se hubiera visto obligado a deshacer todos sus contratos», dice un corredor de Bolsa al International Herald Tribune (25/9), «todos los Fondos de Cobertura y todos los corredores hubieran sido liquidados». Para evitarlo, el Fondo fue absorbido por sus acreedores.


Se desconoce la deuda del LTCM con sus bancos (aunque se insinúa que puede ser de 200.000 millones de dólares), pero un indicio de su envergadura lo ofreció uno de los acreedores del LTCM, el pulpo Unión de Bancos Suizos, que anunció una inmediata pérdida de mil millones de dólares. Los perjuicios que sufrió otro de los acreedores del LTCM, el pulpo francés Paribas, obligó a la Bolsa de París a suspender tres veces la negociación de sus acciones en un mismo día; algo similar hubo que hacer con el Credit Lyonnais. Los recientes fusionados Citicorp y Travelers, también prestamistas del LTCM, sufrieron caídas del 15% en la cotización de sus acciones; los principales bancos ingleses y alemanes declararon también pérdidas extraordinarias. Los 16 bancos internacionales que se han hecho cargo del Fondo quebrado son precisamente sus acreedores, que ahora se han convertido en los responsables de liquidar ordenadamente todos los compromisos del LTCM a corto y mediano plazo, lo que significa que si no pueden controlar las pérdidas potenciales en juegocorren el riesgo de perder una parte importante de su propio capital o de ir a la quiebra.


El complot norteamericano


De acuerdo con un reciente relatorio del diario paulista Gazeta Mercantil (28/9), estos Fondos fueron los responsables directos del derrumbe asiático, en una maniobra que tuvo como protagonista principal al departamento del Tesoro norteamericano. En efecto, cuando Tailandia y el FMI ya habían llegado a un acuerdo para intervenir en defensa de la moneda tailandesa, el gobierno norteamericano le exigió al FMI un giro de 180º, o sea la devaluación de la moneda tailandesa, para favorecer a los fondos especulativos que habían apostado fuertes sumas a esa desvalorización; lo mismo ocurrió con los casos de Corea, Malasia o Indonesia. De manera que la desestabilización posterior de los mercados mundiales, que ahora ha provocado el derrumbe de esos mismos Fondos especulativos, es de su propia responsabilidad. El mismo relatorio, sin embargo, asegura que esos Fondos creyeron a pie juntillas en las seguridades que les dio el FMI de que Rusia no devaluaría su moneda y mucho menos que declararía una cesación de pagos, razón por la cual estuvieron comprando bonos estatales rusos hasta treinta segundos antes del desastre. El derrumbe ruso ha sido una de las causas que llevó a la quiebra virtual al LTCM. Pero ese derrumbe provocó, además, un conjunto de movimientos contradictorios en todas las Bolsas, lo que desubicó las inversiones del LTCM, es decir que las desvalorizó en lugar de la suba de precios que esperaban sus apostadores. El Fondo yanqui comenzó a perder en todos los mercados.


Sería un error suponer, sin embargo, que las andanzas de los Fondos especulativos serían la causa de la presente crisis mundial. Los que piensan de este modo ya están planteando la necesidad de ‘regularlos’, lo que serviría solamente para alterar el modo de desenvolvimiento de la crisis.


La movilidad del capital


Pero no, la causa de la crisis son las crecientes dificultades que enfrenta el capitalismo mundial en su conjunto para mantener una adecuada tasa de ganancia, lo cual la obliga a recurrir a las formas más extremas de endeudamiento y a todos los medios posibles para movilizar el capital de un negocio a otro. El endeudamiento potencia el beneficio que puede obtener el capitalista con un determinado monto de capital propio; la movilidad del capital le posibilita al capitalista superar los límites de sus negocios o producciones y pasar a otra rama o negocio para obtener beneficios superiores. Para desarrollar estas posibilidades, que en principio apuntan a superar los límites que enfrenta el capital para reproducirse, los créditos que antes se inmovilizaban en los bancos ahora se transforman en bonos que pueden ser negociados día a día; el endeudamiento convertido en bonos facilita la movilidad del capital y esta movilidad incrementa de nuevo la capacidad de crédito. Gracias a estos métodos, una gran parte de los ingresos de la pequeña burguesía ha sido movilizada como capital en los llamados Fondos Mutuos, en beneficio, principalmente, de los capitalistas.


Pero estos mismos métodos amplifican el potencial de la crisis inevitable. Ante una caída de la tasa de beneficio, no digamos ya de una pérdida, el volumen del capital propio es inadecuado para hacer frente a las enormes deudas contraídas, lo cual amenaza con la quiebra a una legión de capitalistas (encadenados por los créditos convertidos en títulos); los Estados que recurren a la deuda pública ven amenazadas las posibilidades futuras de sus finanzas. Con el potencial de desestabilización de las monedas que crea la crisis en este marco de endeudamiento y de movilidad del capital, el peligro de la bancarrota no deja de lado a ningún sector de la economía. La pequeña burguesía, que pretendió co-participar de los beneficios, puede verse confiscada de la noche a la mañana.


A partir de esta situación, la especulación capitalista se transforma, de palanca de crecimiento de los beneficios capitalistas y del capital, en un acelerador del derrumbe. Empieza a especular contra los Estados endeudados; contra las monedas afectadas de esos estados; contra los capitalistas más vulnerables; y al final contra ellos mismos. La pimienta de la información de estos últimos días fue saber que el LTCM había decidido pedir el socorro a sus acreedores cuando se enteró de que otros Fondos especulativos estaban apostando a la baja de los títulos y activos que, sabían, eran precisamente los que el LTCM tenía en su poder.


Caen los beneficios, aumenta la especulación, viene la crisis


El movimiento que acabamos de describir se puede apreciar en los siguientes datos. En 1995, las ganancias de las principales 500 compañías norteamericanas aumentaron un 13% y su valor en la Bolsa un 33%. Al año siguiente, la tasa de crecimiento de los beneficios fue del 23,3% y las empresas se valorizaron otro 26,6%. Pero en 1997, las ganancias sólo aumentaron un 7% y, gracias a la especulación, la valorización de las acciones fue de otro 23% (Revista Fortune, setiembre). En 1998, se estima que las ganancias de las 500 principales sólo aumentará el 2-3%, pero en lo que va del año las acciones de sus empresas se han des-valorizado entre un 25 y un 30%. La rueda comienza ahora a funcionar para atrás y hasta la clase media ha comenzado a retirar su dinero de los Fondos Mutuos (9.000 millones de retiros netos en agosto, según The Wall Street Journal, 22/9).


El mismo movimiento se puede ver en estos otros datos. Cuando la crisis ya había comenzado en Asia, la especulación pegó una gran subida. Solamente los contratos de negocios entre monedas llegó a los 357 billones de dólares. El Financial Times, que ofrece esta información del Banco de Ajustes Internacionales (17/7), explica que la «actividad fue alimentada por las incertidumbres acerca de las tasas de interés, el boom en los mercados de valores y el deseo de cubrirse contra cualquier trastorno que podría presentarse con posterioridad a la unión monetaria europea».


En mayo pasado, la revista Time había informado que los contratos que los bancos norteamericanos tenían en especulaciones a plazos (derivativos), ascendía a la suma de 25 billones de dólares. Y aunque una pérdida sobre estos contratos sólo en casos extremos podría llegar a una cifra próxima al 10 o 15%, ello sería suficiente para barrer con gran parte del sistema bancario de ese país.


En el caso de Japón, la revista Business Week acaba de informar (21/9) que esos mismos contratos, para los primeros 19 bancos nipones, sumaban 17,7 billones y que el gobierno estima las pérdidas potenciales sobre ellos, en la situación actual, en 180.000 millones de dólares.


El Estado al rescate


Ahora resulta claro por qué desde hace varias semanas, se viene reclamando en la prensa financiera una reducción de la tasa de interés de los Estados Unidos. No era, como se alegaba, para abaratar y posibilitar el rescate de las naciones endeudadas; era una medida preventiva para facilitar el rescate de los mayores pulpos financieros del mundo, es decir de los que concentran el movimiento del capital y el movimiento de la crisis. Esto ilumina otro asunto también: el rescate del LTCM no ha sido una operación privada de un grupo de 16 bancos que no compromete dineros públicos, ya que la rebaja de las tasas de interés norteamericanas que se anuncia para estos días, permitirá poner en manos de esos bancos el dinero necesario para bancar la operación de rescate que ahora es la del rescate de ellos mismos. El Banco Central y el Estado emergen, de esta forma, como la expresión suprema de la organización capitalista.


Las pérdidas sufridas por los bancos que financiaron al Fondo en cuestión, al igual que la inmovilización de los préstamos cuya cobranza se ha convertido en dudosa, han provocado una retracción crediticia en los Estados Unidos, que amenaza al conjunto de la economía. De esta manera, un país que estaba emitiendo moneda al 8% anual (cuando sus precios crecían al 1%) y cuyo crédito amplio subía a una tasa del 16% al año, sufre la perspectiva de una crisis de financiamiento. La movilidad del capital se ha transformado en su contrario. Si el Banco Central inyecta más moneda para hacer frente a la situación, se calcula que esto podría desvalorizar el dólar y, por lo tanto, desatar más devaluaciones en el resto del mundo. Desde ya que afectaría a la moneda europea que debe inaugurarse en enero próximo. Si esa mayor inyección de dinero es usada para rescatar a los especuladores varados en mercados emergentes, como Brasil, no serviría para reactivar a esos mercados porque los capitalistas lo retornarían a los Estados Unidos.


Océano de por medio


Pero mientras esto ocurre de este lado del Pacífico, del otro lado las cosas son aún peores. En Japón acaba de quebrar una filial del banco LTCBJ, con deudas impagas por 15 mil millones de dólares. Pero es el banco matriz el que enfrenta la quiebra, con una deuda igualmente impaga por 60 mil millones de dólares; en contratos especulativos a plazo, este banco tiene 380.000 millones de dólares (Business Week, 21/9). Si el LTCBJ colapsa provocaría como consecuencia un derrumbe generalizado. El gobierno japonés está pensando en nacionalizarlo, con lo cual evitaría la quiebra de los clientes del banco, que se verían obligados a devolver el total de los créditos recibidos con anticipación, lo que desataría una crisis de financiamiento. El diario Financial Times (18/9) ha planteado, en un editorial, la necesidad de nacionalizar a la totalidad del sistema bancario japonés, que tiene créditos que no puede cobrar por 1,2 billón de dólares, para luego reprivatizarlo. El semanario The Economist ha revelado, además, que los bancos japoneses tienen inflados los valores de las propiedades que han recibido en garantía en más del doble de su cotización de mercado.


Pero como el sistema de jubilación privada se encuentra desfinanciado en un 50% y la deuda pública supera los 4 billones de dólares, la depuración del capitalismo japonés pone los pelos de punta a todo el mundo capitalista. La posibilidad de que el capital extranjero se quede con el despojo del capital japonés se ha desvanecido, como lo acaba de probar precisamente el divorcio entre el suizo UBS con el LTCBJ, debido a que la quiebra de este último obligaría al Estado a poner la plata para una operación que beneficia a un capital que no es japonés. El Banco Central japonés, que ya bajó sus intereses al 1% anual, pretendería ahora inyectar fondos por el 50% del dinero en circulación, lo que podría mandar al diablo las paridades monetarias del yen, en especial con el yuan chino y el dólar norteamericano. Estados Unidos ya tiene un déficit en cuenta corriente de 250.000 millones de dólares y una deuda externa de 4 billones de dólares, como para poder soportar devaluaciones en masa.


Conclusión y cambio


La crisis que se desenvuelve ante nuestros ojos es mucho más que una crisis de sobreproducción capitalista, y por supuesto que no se trata de una consecuencia de los llamados ‘excesos’ capitalistas, de los cuales los economistas se acuerdan recién cuando se produce la crisis. La tendencia a la sobreproducción se viene agudizando desde hace un cuarto de siglo y es significativo que la rama de producción más moderna, la de semiconductores para todo tipo de informatización, haya sido la que detonó el derrumbe industrial actual a partir de 1995-96.


La presente crisis es una manifestación extraordinaria de la tendencia a la disolución de las relaciones capitalistas, la cual se ha venido desarrollando desde hace largo tiempo, tan metódica como anárquicamente, como resultado del constante movimiento del capital para continuar asegurando la obtención de un lucro privado en un estadio tan alto del desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, que ese lucro privado resulta demasiado estrecho para seguir fundando el progreso económico y social.

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