24/01/1998 | 572

La crisis mundial no pierde aliento

El alargamiento en el tiempo de la crisis financiera internacional puede provocar la impresión de que se encuentra contenida en los marcos del Sudeste de Asia. Esto parecería reforzarse por el incumplimiento de las advertencias de que China se vería obligada a devaluar su moneda; de que Hong Kong abandonaría su régimen monetario de convertibilidad; de que Japón retiraría sus capitales de los Estados Unidos para poder cancelar las deudas de sus bancos; de que Brasil devaluaría el real o de que la propia Bolsa norteamericana sufriría una caída estruendosa. Los nuevos acuerdos de Corea del sur y de Indonesia refuerzan esa impresión de parate de la crisis, incluso si estos acuerdos son una consecuencia del fracaso de otros acuerdos firmados apenas unas pocas semanas antes.


Esta impresión, sin embargo, es falsa por dos razones. La primera es que, aun aceptando ese escenario de contención, ya comienzan a manifestarse los indicios de una crisis industrial provocada por los derrumbes financieros y monetarios de los últimos meses. Hay quienes estiman que el producto bruto interno, en el Sudeste asiático, caerá un 3 por ciento en 1998. Alrededor de 50.000 compañías del comercio y de la industria han presentado ya pedidos de quiebra. Los grandes monopolios, como Hyundai o Samsung, anunciaron cortes de sus inversiones y desmantelamiento de proyectos en curso. La ola de despidos crece de semana en semana; se estima que en un par de meses la tasa de desocupación llegará al 7 u 8 por ciento de la población activa.


La segunda razón es que, incluso en el propio plano financiero, el desenlace de la crisis aún se encuentra pendiente. La quiebra de la principal banca de inversión de Hong Kong, Peregrine PLC, testimonia la insolvencia de grandes grupos económicos en la ex isla británica y en los países vecinos, tanto en la industria como en la inversión inmobiliaria y bursátil. Los precios de la propiedad en Hong Kong, están cayendo como castillos de naipes, lo que pone en situación de incobrabilidad a todos los préstamos que se otorgaron contra la garantía de esas propiedades.


Lo que menos debe engañar en todo esto es la solidez de los nuevos acuerdos que se firmaron con el FMI, esto por la simple razón de que han dejado de lado la solución del pago de la deuda externa, que en Corea del sur como en Indonesia es esencialmente privada y alcanza la friolera de cerca de 300 mil millones de dólares.


Los yanquis exigen la estatización


La negociación en  torno a la deuda externa coreana se viene prolongando desde las navidades pasadas sin llegar a ningún resultado práctico. Por esta razón, los acreedores de Corea tuvieron que admitir una prórroga de los vencimientos de la deuda hasta enero, y luego, hasta marzo.


La banca Morgan, de los Estados Unidos, ha presentado en nombre de los acreedores un plan de refinanciamiento que es un verdadero caso histórico de pillaje internacional. Reclama que la deuda privada sea estatizada, mediante la emisión de bonos públicos por un monto de 15 mil millones de dólares, en una primera etapa, con un interés igual al que rige en este momento de crisis, o sea un 30 por ciento anual, es decir, unos dos mil puntos por encima de la tasa internacional. A partir de estas condiciones, la banca extranjera estaría dispuesta a ofrecer fondos nuevos, también al Estado, por 10 mil millones de dólares, para reponer las arcas vacías del banco central coreano.


Este chantaje desató una crisis tanto con el gobierno actual como con el que debe subir en febrero próximo. Los coreanos reclaman que los bancos acreedores refinancien sus créditos con las empresas y bancos coreanos sobre una base individual y con cláusulas de opción que permitan cambiar deuda cara por barata cuando así lo permita una caída de las tasas de interés. Según las informaciones, se estaría buscando un punto intermedio, pero las posiciones sobre la tasas de interés seguirían irreconciliables.


El empantanamiento de estas negociaciones descubre contradicciones muy agudas. Los acreedores están agrupados en tres bloques: el norteamericano, el europeo y el japonés. Mientras que las relaciones del primero con Corea son principalmente financieras, las de los otros dos están vinculadas al comercio y a la industria, y buena parte de sus créditos se encuentran comprometidos con sus sucursales en Corea o con el financiamiento de sus exportaciones. La estatización de la deuda coreana equivaldría a un reconocimiento vergonzante de la insolvencia de sus grupos económicos y significaría dejarlos, por un tiempo prolongado, sin crédito internacional de mediano y largo plazo. Esta perspectiva afecta principalmente a los intereses comerciales de la banca europea y japonesa.


La estatización de la deuda también significaría transferir la carga de su pago a los contribuyentes coreanos, lo que reduciría aún más el mercado interno afectado por la crisis. Pero una de las consecuencias más importantes sería comprometer al Estado con una política de moneda fuerte, que atraiga capitales para la Bolsa y para la compra de empresas coreanas. Una moneda fuerte, sin embargo, encareceria las exportaciones y produciría un desplazamiento de los capitalistas coreanos (y de los japoneses, principalmente, instalados en Corea) de la competencia internacional. Ese mismo efecto tendría la propuesta de que Corea adopte un régimen de convertibilidad. Esta perspectiva es suficiente para suscitar la oposición de la burguesía coreana.


Para comprender mejor estos enfrentamientos es preciso recordar que en setiembre pasado los países asiáticos, incluido Japón, habían planteado formar un FMI de la región para resolver los problemas del endeudamiento y de la devaluación de las monedas. La iniciativa no prosperó por la oposición norteamericana al establecimiento de una “zona del yen” y por el interés norteamericano en producir una quiebra de varios de sus competidores asiáticos, especialmente los japoneses. La estatización de la deuda coreana, en los términos de la banca Morgan, significaría, precisamente, un reforzamiento del dólar en la región y una acentuación de la crisis monetaria japonesa, lo cual, a la larga, facilitaría la penetración norteamericana en Japón.


La impasse de la negociación coreana explica que no se haya iniciado siquiera la negociación con Indonesia, que para peor, a diferencia de Corea, tiene dispersa su deuda entre miles de compañías nacionales. Sin el refinanciamiento de la deuda, Indonesia no podría estabilizar la moneda, y sin esta estabilización, cualquier refinanciamiento sería incierto, porque la deuda seguiría creciendo con la desvalorización de la moneda del país.


Deflación


Estos círculos viciosos desnudan el antagonismo de fondo que tiene por protagonistas a Estados Unidos y a Japón, e incluso a Europa. Está en juego un régimen monetario internacional que le ha permitido a Estados Unidos financiar en su beneficio el endeudamiento y la especulación internacionales de la última década, como lo prueba la descomunal suba de la bolsa neoyorquina en este período y la penetración de su banca de inversión en los mercados de capitales de Europa.


La violenta disputa entre Estados Unidos y Japón, y parcialmente Europa, se manifiesta en la completa divergencia para salir de la crisis. Mientras un sector de especialistas plantea que Estados Unidos debería aceptar por un largo período que su mercado absorba las exportaciones asiáticas para que esta región salga de la presente crisis, otro sector afirma que la salida pasa por una apertura completa de Japón a los capitales norteamericanos y a las importaciones. Pero la diferencia entre estas dos salidas es que la primera acabaría derribando al dólar y a la bolsa norteamericana y la otra llevaría a la quiebra a buena parte del capital japonés.


La repercusión, de la crisis asiática acaba de llevar a la calificadora de riesgos Moody, a amenazar con una reducción de categoría al principal banco francés y a más de media docena de bancos alemanes. Al mismo tiempo, ha crecido el grado de insolvencia económica de los países de Europa del este y de Rusia, lo cual afecta principalmente a los bancos alemanes. Es indudable que el rumbo de la crisis asiática también agudiza el antagonismo entre Europa y Estados Unidos; el debilitamiento de la banca europea puede afectar decisivamente la próxima unión monetaria de Euro­pa, porque repercute directamente sobre su viabilidad.


La incapacidad de los principales Estados para revertir esta crisis tiene que ver con la hondura de estos antagonismos. El FMI acaba de ‘confesar’ por escrito que sus primeros ‘remedios’ devaluacionistas para Asia agravaron «innecesariamemte» la crisis, porque pusieron fuera de control a la deuda externa medida en moneda local. Pero ha sido este ‘agravamiento innecesario’, lo que le ha permitido colocarse ahora en una posición de fuerza frente a estos países. Que existe un cálculo estratégico detrás de estas ‘falsas’ soluciones, lo prueba que continúa la presión para que Brasil devalue, y que en algún momento lo haga China. Un ala del imperialismo yanqui pretende imponer el régimen de conversión al dólar a todos los países.


A partir de todo lo ocurrido puede desatarse una crisis deflacionaria, lo que significa caída de precios,de beneficios y de capitales, y aumento relativo de la deuda. El ex secretario de Trabajo norteamericano Robert Reich, acaba de indicar que la demanda de consumo en los Estados Unidos se encuentra exclusivamente sostenida por el crédito, o sea por el endeudamiento de los consumidores, a lo que no es ajena la especulación inmobiliaria y bursatil. Pero ya hay indicios de que la insolvencia de los particulares está alcanzando cifras récords; lo único que la deflación declarada sería un derrumbe bursátil, el cual puede ser detonado en cualquier momento por el desarrollo de la crisis asiática.


El conjunto de esta crisis ya está poniendo en movimiento a los millones de mujeres y hombres que comienzan a sufrir las consecuencias de los despidos masivos y de la reducción de salarios en el marco de un régimen de miseria. Los gobiernos ocultan las informaciones sobre disturbios y sublevaciones, pero sólo es cuestión de tiempo para que éstos acaben ‘ocultando’ a los gobiernos.

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