09/10/2021

La crisis mundial y su impacto en los países emergentes

Estados Unidos y China en el ojo de la tormenta.

En el mes de septiembre se produjo una caída muy pronunciada de Wall Street, solo comparable con los meses iniciales del estallido de la pandemia. Los principales índices cayeron entre un 4 y un 5 por ciento. La burbuja bursátil, que llevó a precios máximos las acciones de Wall Street, empezó a explotar, lo que ha encendido las luces de alarma es la combinación de varios factores que ponen en evidencia las contradicciones y desequilibrios explosivos que acumula la economía mundial capitalista.

El derrumbe accionario del gigante inmobiliario chino Evergrande ha precipitado esta reacción negativa en los mercados. Hay quienes han señalado que podríamos estar ante el “Lehman Brothers chino”, aunque los medios financieros han tratado de aplacar el nerviosismo reinante en el mercado, advirtiendo que el fenómeno estaba encapsulado y que la exposición en sus carteras de los grandes inversores internacionales era mínimo, comparado con lo que ocurrió en el 2008 con el banco de inversión yanqui.

Los paños fríos no fueron suficientes para que el impacto no llegará a las bolsas mundiales e irradie hacia los países emergentes. Lo cierto es que el problema está lejos de cerrarse: acaba de sumarse otra compañía china, Fantasy, que no ha podido hacer frente a sus compromisos. El temblor se extiende a la construcción -y se pronostica una cadena de defaults- la cual tiene un peso determinante en la economía china. Esto podría poner un parate en el repunte económico del gigante asiático y su impacto se sentiría muy fuertemente en el conjunto de la economía mundial.

Búmeran

Si la onda expansiva se propagó con vigor tienen que ver con que el terreno era propicio para ello. Lo que ha quedado expuesto es el carácter endeble y precario de los remedios monetarios y fiscales utilizados para revertir la crisis capitalista. Más que una recuperación, debemos hablar de un rebote, pues en el mejor de los casos algunas metrópolis han vuelto a los niveles de prepandemia, caracterizados por una anemia ya marcada de la economía mundial.

El rescate que no tiene antecedentes en la historia del capitalismo se está convirtiendo en un búmeran. De factor contrarrestante se está transformando en un factor agravante. La emisión gigante ha terminado por avivar las tendencias inflacionarias y crear un escenario tan temido de “stagflation” (estancamiento con inflación). La ayuda estatal no ha ido para la esfera productiva sino que ha alimentado un enorme espiral especulativo, que es lo que explica una valorización artificial de las empresas, que no se compadece con sus magros o nulos rendimientos o directamente quebrantos que soportan en la economía real. Esto ha creado un inmenso capital ficticio que supera varias veces el PBI. La burbuja china tiene su réplica entre las principales potencia capitalistas.

Como telón de fondo está la crisis de sobreproducción y sobreacumulación de capitales. Hay un enorme capital sobrante que no encuentra una colocación redituable en el campo productivo, lo cual explica la huelga de inversiones productivas que hoy reina en la economía mundial.

Inflación y tasa de interés

La emisión está aumentando las presiones dirigidas a un aumento de las tasas de interés. A pesar de que el presidente de la FED ha hecho un esfuerzo por dar señales tranquilizadoras y declarar que la inflación es un fenómeno temporal, cada vez se afianzan más los indicios de que estamos en algo duradero. Ya Powell anunció que las compras de activos que vienen haciendo la Reserva Federal casarían a mediados del año que viene, aunque al mismo tiempo insistió que no está contemplado un ajuste del interés para el año que viene, pero… el giro se hace cada vez más irresistible.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde) revisó sus previsiones y dijo que esperaba que la inflación fuera mayor en 2021 y 2022 de lo que había previsto anteriormente. El economista jefe de la Ocde, Laurence Boone, dijo que la inflación presentaría a los responsables políticos un “difícil acto de equilibrio”. Un indicio de ello se produjo esta semana, cuando el precio del petróleo superó los 80 dólares por barril en medio de un aumento de los precios del gas natural.

En este contexto, el aumento de las tasas de interés probablemente termine abriéndose paso antes de lo que se dice. El anuncio del Banco de Inglaterra de que estaba estudiando la posibilidad de endurecer su política monetaria para finales de año es una señal

Un aumento de la tasa de interés es el adelanto de de nuevas y grandes turbulencias financieras. Al mismo tiempo, pondría en jaque a gran parte del mundo empresario cuya existencia está asociada al crédito barato. No olvidemos que una porción considerable del universo corporativo de EE.UU son empresas zombis que ni siquiera pueden pagar los actuales intereses y que sobreviven gracias a una refinanciación permanente de sus deudas. La deuda corporativa ascienden al 80% del PBI norteamericano. Esto se replica en los otros países imperialistas.

Lo que asoma como amenaza a partir de esta emisión gigantesca es una desvalorización del dólar, y de las principales monedas -que ya viene produciéndose-, que prepara el terreno para un abandono masivo de las divisas y un refugio en el oro o en otros activos. En estas tendencias se inscribe el corrimiento hacia las criptomonedas, aunque sus enormes oscilaciones indican que funciona como un instrumento especulativo más que como una reserva de valor. La guerra comercial plantea en perspectiva una guerra monetaria, cuyo desarrollo está llamado a provocar un dislocamiento de la economía mundial en caso de que las principales divisas dejen de funcionar como medios de pago aceptados internacionalmente.

Entretanto, no debemos perder de vista que el aumento que se ha verificado inicialmente en los precios de las materias primas, especialmente de los combustibles, ha impactado en los costos industriales y terminados por colocar palos en la rueda a una recuperación económica.

Deuda y países emergentes

La incertidumbre en los mercados se alimenta, al mismo tiempo, de la crisis en que ha entrado del endeudamiento público de EE.UU, que hoy supera el PBI y que ha puesto en jaque el conjunto de la agenda económica de Biden, que contempla un ambicioso paquete de estímulos por 4 billones de dólares. Está en discusión en el Congreso norteamericano la ampliación del techo de la deuda, aunque una resolución aprobada en el parlamento ha evitado un cierre inmediato del gobierno estadounidense y ha proporcionado dinero para la mayoría de los departamentos hasta el 3 de diciembre, la cuestión sigue sin resolverse pesar de las continuas advertencias de la secretaria del Tesoro, Janet Yellen, de que no hacerlo tendrá consecuencias ‘catastróficas’ si el gobierno estadounidense incumple su deuda.

Los republicanos se han negado a votar a favor del aumento, alegando que ello supondría un respaldo al programa de gastos de los demócratas. De hecho, el levantamiento del techo no autoriza nuevos gastos, sino que simplemente posibilita el gasto aprobado por el Congreso. El presidente de la Fed de Nueva York, John Williams, ha advertido que si no se llega a un acuerdo los inversores se pondrán “extremadamente nerviosos”, lo que provocará un “tipo de reacción extrema en los mercados” (SWS 5/101).

Este panorama plantea un escenario violento y convulsivo. Los partidarios del “estancamiento secular”, que también tienen sus adeptos en las filas marxistas, sostienen, en cambio, un declive más sereno que un derrumbe, que iría digiriendo los capitales sobrantes. Es imposible, sin embargo, que se salga de la crisis sin afectar una parte masiva del capital instalado a través de los medios que le son propios: colapsos, defaults, quiebras y bancarrotas. Lo cual es el caldo de cultivo para grandes conmociones políticas nacionales e internacionales, guerras y para levantamientos populares.

La inmensidad del capital ficticio y de de la sobreacumulación de capitales excluye otra posibilidad. Los intentos de no llegar a ese extremo, basados también en la intervención de cada potencia imperialista defendiendo sus monopolios de origen, se han ido agotando. Y esta es la base de los crecientes choques intercapitalistas y la tendencia al desarrollo de las guerras imperialistas contra los países atrasados para avanzar en su colonización. Las tensiones militares en Taiwan que hoy concentra la atención mundial se inscriben en este cuadro.

Este escenario tiene un impacto directo sobre América Latina y Argentina. Un aumento de la tasa interés haría aún más insoportable el peso de la deuda externa y las presiones de los acreedores por cobrarla, y acentuaría muy probablemente la fuga de capitales. Por lo pronto esto tiene una traducción en Brasil, llevando una abrupta desvalorización del real. El freno del rebote económico, a su vez, cerraría y achicharía mercados y conduciría a una declinación de los precios de las materias primas de los que dependen muchos países emergentes, que irían de la mano con una acentuación de las tendencias proteccionistas y la guerra comercial. Esto ya viene ocurriendo con gran parte de los commodities (luego del ascenso inicial el año pasado se ha empezado a invertir esta tendencia) con excepción del petróleo.

En el caso de la soja, el principal producto de exportación de la Argentina, los precios ahora están más cerca de USD 460 que de los USD 600. Igual son valores relativamente altos, pero ya no es la “fiesta” de arranque del 2021. De cara a la cosecha del año próximo, se sentiría un impacto en el volumen de exportaciones y el ingreso de divisas. Una devaluación en regla aparece en el horizonte, que es parte del paquete que se está negociando, aunque se pretenda disimularlo, en el marco de las negociaciones con el FMI.

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