21/10/2010 | 1151

La cuestión palestina, una bomba de tiempo que se acelera

Sin importarle las condiciones mínimas de una negociación con la Autoridad Palestina, el primer ministro israelí Netanyahu ha alegado que le será «muy difícil» detener el progreso de los asentamientos sionistas en los territorios ocupados. Además, los palestinos deberían reconocer a Israel como «Estado judío», lo cual implica su renuncia al retorno a sus tierras y hogares expropiados por el Estado sionista, la pérdida de ciudadanía y la posibilidad de expulsión para los árabes palestinos que gozan de ese derecho (el 20% de la población de Israel no es judía). Mientras tanto, siguen los bombardeos a la Gaza bloqueada.

Palestinos

El presidente de la Autoridad Palestina, Abbas, se ha arrogado un mandato de negociación a pesar de que tiene el mandato vencido, luego de ser derrotado por Hamas en las elecciones parlamentarias de 2006 y de haber perdido el control de la Franja de Gaza en 2007. Abbas se sostiene sobre la base de las fuerzas de seguridad armadas por la CIA y el apoyo de las tropas israelíes. Su propia organización política, la OLP, ha planteado la suspensión de las conversaciones, por lo cual reclamó el apoyo de la Liga Arabe -que el 11 de octubre decidió dar un mes más de plazo a Estados Unidos como mediador. Toda la dirección palestina (incluyendo a Hamas) ha ofrecido «aceptar un Estado de Israel dentro de las fronteras previas a 1967» (El País, 27/9), dejando de lado el derecho a recuperar tierras y hogares confiscados por Israel.

El gobierno derechista

Encerrado entre el ala de ultra-derecha y una fracción poderosa del establishment norteamericano, de un lado, y los planteos de Obama y de la Unión Europea, del otro, el gobierno del derechista Netanyahu se encuentra en una encrucijada. Como comentamos hace unos meses (Prensa Obrera Nº 1.131, 3/6), a pesar de sus fracasos en Líbano y Gaza, el gobierno sionista sigue convencido de que puede superar por la vía de la fuerza las limitaciones históricas del Estado de Israel. Espera ganar fuerza, luego de las elecciones de noviembre en Estados Unidos, para evitar así una proclamación unilateral del Estado Palestino en 2011. Acuciado por evitar un papelón diplomático a semanas de las elecciones, Obama ha ejercido una presión anodina sobre Israel, que podría, para algunos observadores, hacer colapsar a la coalición gobernante. Los laboristas, en declinación, y cada vez con más problemas para justificar su participación en el gobierno derechista, anunciaron su retiro si no progresan las conversaciones con la Autoridad Palestina.

«La cuestión -señala un comentarista- es si Netanyahu tiene la voluntad y el margen político suficientes como para afrontar las evacuaciones masivas (hay 500.000 colonos entre Jerusalén y Cisjordania) y las crisis internas que resultarían de un acuerdo con Abbas» (El País, 4/10). El «juramento de lealtad» ha provocado un nuevo enfrentamiento con los sectores moderados, pero podría ser también una concesión de dudoso alcance a la derecha para prolongar una moratoria en el avance de los asentamientos. Un gobierno dispuesto a congelar los asentamientos, sin embargo, no terminaría con la crisis (El País, 30/9; Financial Times, 5/10).

«Dos Estados»

«La Hoja de Ruta» -diseñada por el llamado Cuarteto (ONU, Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea) en junio de 2003- preveía, hasta 2005, la creación de un Estado palestino, la fijación de fronteras, la solución del problema de los refugiados (palestinos exiliados) y el estatus final de Jerusalén. La guerra contra El Líbano y los bombardeos a Gaza mandaron este plan al incinerador antes de que diera un primer suspiro. En este plan, el «Estado» palestino, estaría conformado por batustanes, aislados unos de otros, donde Israel controlaría sus fronteras, su espacio aéreo, su espectro electromagnético y la mayoría de las rutas, los recursos de agua y electricidad (Haaretz, 12/10).

Pero se trata de una propuesta que Israel no podría tampoco implementar. Desde las negociaciones de Oslo, en 1993, la cifra de colonos ha crecido un 300% y el número de asentamientos se ha duplicado. Los asentamientos son la primera línea de toda una red de apartheid, que incluye puntos de control, segregación de carreteras, zonas de seguridad y el muro de separación. Es imposible evacuar a 300.000 personas, en su mayoría armadas, de un territorio que muchos consideran el auténtico Israel bíblico. No es por nada que «el riesgo de guerra civil aflora en cualquier conversación sobre el tema» (El País, 26/9).

El sionismo ha llegado a un impasse sin paralelo, pues debería avanzar hasta la expulsión completa de los árabes palestinos -si no una imposibilidad, con seguridad una fuente de guerras ilimitadas. La debilidad estratégica afecta al sionismo, no a la nación árabe palestina, cualquiera sea la supremacía aplastante del primero. El imperialismo es perfectamente consciente de esto. Es necesario, simplemente, una dirección política que exprese esta realidad en términos de acción, planteando una nueva alianza histórica, en primer lugar, con las masas árabes contra sus regímenes reaccionarios y en descomposición, y con los trabajadores judíos de Israel y del mundo entero.

También te puede interesar: