23/03/1993 | 385

«La derecha tiene poco para festejar»

El catastrófico derrumbe electoral del socialismo francés le dará a la coalición derechista RPR-UDF el 75% de las bancas de la Asamblea Nacional (diputados), la más amplia mayoría que haya obtenido un partido político en la V República.


La derecha —que ha obtenido sólo el 40% de los votos, apenas por encima de sus registros históricos— se beneficiará con las características violentamente antidemocráticas de la “democracia francesa”, que divide el país en pequeñísimas circunscripciones electorales en las cuales se elije un único parlamentario y que impone una segunda vuelta entre los dos candidatos más votados si en el primer turno ninguno alcanza el 50% de los votos. Sin embargo, “La derecha tiene poco para festejar —dice el corresponsal de “Time” (22/3) en París— (porque) el hecho es que los franceses han perdido la confianza en el sistema político establecido … no sólo en los socialistas sino en toda la clase política”. El 81% de los franceses opina que “las cosas empeorarán”… gane quien gane las elecciones.


La derecha en el gobierno


La burguesía francesa no ha podido escapar a las consecuencias de la crisis económica mundial ni al tembladeral monetario europeo. “La pésima coyuntura pesa gravemente sobre las empresas”, titula Le Monde, (5/3) al informar que la Compañía Financiera de Suez, la más grande de Europa, ha presentado en 1993 el primer balance con pérdidas de su historia. En la misma situación se encuentra el Paribas, uno de los grandes bancos franceses. Ni qué hablar de los grandes pulpos que operan en “mercados con dificultades”, como Bull (informática), Renault (automotriz), Dassault y la Aerospatiale (aviación) o  Thompsom (electrónicos).


¿Con qué pagará la derecha el salvataje de los pulpos estatales y privados en quiebra? En su programa electoral, los derechistas anuncian dos medidas, también reclamadas por los socialistas, para “reducir el déficit fiscal”: la “privatización” de las grandes empresas estatales industriales y financieras y la “reformulación” de la previsión social. El cuento del“déficit fiscal”  (que aunque está creciendo es el más bajo de toda Europa) les servirá a los derechistas para justificar un fenomenal ataque a los trabajadores que banque el salvataje de los capitalistas en quiebra y para promocionar un gigantesco negocio especulativo.


La debilidad del actual gobierno le impidió a los socialistas llevar adelante estas medidas. ¿Podrá hacerlo un gobierno “bicéfalo”, con un presidente “socialista” que se yergue ahora como el autopromocionado “defensor de la seguridad social”, y un gobierno derechista que representa sólo a una minoría de los votantes? Esto explica que, enfrentados a las elecciones presidenciales del ´95, el conjunto de los dirigentes derechistas exijan la renuncia inmediata de Mitterrand, algo que en ocasión de la anterior “cohabitación” de un gobierno derechista con Mitterrand (1985/87) sólo reclamó un pequeñísimo sector “fundamentalista”. No extraña entonces que el “Financial Times” (1/2) afirme que “la mezcla política después del 28 de marzo (segunda vuelta) puede ser inherentemente volatil … y lo que puede hacerla estallar es la lucha por las presidenciales del ´95”.


La renuncia anticipada de Mitterrand entrañaría la disolución del PS, algo enteramente lógico: el actual PS francés es una entidad creada en la década del ‘70  por Miterrand y a su medida para darle una salida a la crisis del régimen político gaullista y evitar la polarización política hacia la izquierda. Agotado en el cumplimiento de su objetivo, el PS está condenado a morir junto con el hombre que lo diseñó.


Todos los analistas sin excepción han puesto el acento en la “apatía” y el “hastío” de los franceses frente a las elecciones y los partidos. La desocupación —“lo único en que la gente piensa”, según Christian Menateau, editor de la radio RTL (Time, 22/3)— ya lleva dos décadas y el propio futuro primer ministro derechista, Edouard Balladur, confesó que “crecerá durante todo 1993, no importa lo que haga el gobierno” (ídem). En estas condiciones, cuando se vive lo que Theodore Zeldin, una autoridad en historia social de Francia de la Universidad de Oxford, califica como “un divorcio entre el mundo de la aristocracia política y el mundo exterior donde están las masas” (ídem), el gobierno “bicéfalo”  intentará liquidar  la previsión social y realizar un costoso (para las masas) salvataje de los pulpos en quiebra.


¿Cómo reaccionarán las masas “apáticas y hastiadas”? La burguesía teme, con razón:  esta  “pacífica separación … (hasta ahora) no excluye la posibilidad de un colapso” (ídem).


A un plazo menor, de todos modos, Francia enfrenta la posibilidad de un colapso monetario y, lo que es más importante, político, como consecuencia de la desintegración europea y de la virtual imposibilidad de formar un bloque económico con Alemania, aquejada por una crisis que debera ser muy prolongada. La mayor parte de la burguesía francesa quiere una devaluación del franco, con la finalidad de reducir el valor de las deudas de la industria y reducir las tasas de interés. Los líderes de la derecha, sin embargo, se han pronunciado por mantener el “franco fuerte”, en el entendimiento de que podrían lograr esos objetivos mediante las “privatizaciones”  y la reducción del déficit de la seguridad social. Pero las posibilidades del “franco fuerte” dependen de un acuerdo con Alemania, lo que debería ser descartado.


En síntesis, sin tener una mayoría nacional, dividida entre sus clanes, incapaces de superar una desocupación  en masa que tiene ya dos décadas, y acuciada por la crisis  mundial, la derecha será la chispa que terminará por incendiar una pradera cuyo pasto está harto reseco.

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