19/10/1993 | 404

La desintegración de Bosnia

Serbia a las puertas de una “explosión social”

Ya transcurrieron dieciocho meses de guerra en Bosnia. Doscientos mil muertos, decenas de miles de prisioneros hacinados en campos de concentración, millones de refugiados, heridos y huérfanos, “purificación étnica”, violaciones sistemáticas, hambre, miseria y humillaciones para millones de explotados en todos los Balcanes: éste es el terrible costo que están pagando las masas por la guerra criminal que han desatado las burocracias restauracionistas y las potencias imperialistas para apoderarse de los despojos de la vieja Federación Yugoslava.


 


La desintegración de Bosnia


Mientras en Bosnia central la “purificación étnica” se agrava, en Ginebra se negocia un nuevo “plan de paz”. Fracasados los tres anteriores, la ONU ha terminado haciendo suyo el “plan” de Tudjman, presidente de Croacia, y Milosevic, de Serbia.


El “plan” establece la creación de “tres estados étnicamente homogéneos” reunidos en una caricatura de federación. Sus miembros están autorizados a separarse y unirse a otros Estados por el simple expediente de un referéndum. Así, la ONU deja abierto el camino para la formación de la “Gran Serbia” y la “Gran Croacia”.


Los serbios se alzarán con el 54% del territorio y los croatas con el 20%; sólo las “repúblicas” croata y serbia tendrán continuidad territorial y salida al mar. La “república musulmana”, por el contrario, estará completamente cercada, sin acceso al “mundo exterior”, y sin continuidad territorial: las ciudades de Zepa, Srebrenaica y Gorazde, que pertenecerán a la “república musulmana”, están enclavadas dentro del territorio serbio. “La viabilidad de los pequeños enclaves musulmanes en Bosnia oriental, ciudades privadas de todo territorio interior salvo los ‘corredores’ bajo supervisión internacional, es ilusoria: el futuro de estas ‘reservas indias’ es aleatorio” (Le Monde, 18/9). En resumen, un “Estado” condenado de antemano a ser absorbido o asfixiado.


El imperialismo mundial ejerce una descomunal presión sobre la burocracia musulmana para que acepte el “plan”. El Consejo de Seguridad de la ONU no ha dado un solo paso práctico para implementar las famosas “zonas de seguridad” que creara en el papel para “proteger a los refugiados bosnios”. Francia amenazó con retirar sus “cascos azules” si se rechazaba el “plan”, y Lord Owen y Thorvald Stoltenberg, los negociadores de la ONU, no han tenido empacho en invitar a las negociaciones de Ginebra a los opositores internos de Izetbegovich, el presidente oficial de Bosnia, para debilitar sus posiciones. Con todo, la presión más brutal es la norteamericana. A principios de setiembre, en Washington, Izetbegovich escuchó de labios del propio Clinton que no se levantaría el embargo de armas que pesa sobre Bosnia y que “Estados Unidos y Europa no intervendrían para defenderlos” (Le Monde, 18/9). Esta política llevó a las renuncias sucesivas de tres encargados de la oficina de Yugoslavia del Departamento de Estado. George Kenney, uno de los renunciantes, no duda en afirmar que la presión norteamericana sobre los musulmanes ha creado una “crisis institucional” en el Departamento de Estado (Le Monde, 11/9).


 


La desintegración de la burocracia musulmana


Al principio, la burocracia musulmana defendió una seudo-integridad territorial, basada en un reparto político del Estado con las camarillas de Tudjman y Milosevic. Hoy ha abandonado este planteo para abrazar el de una “república musulmana”. Una “asamblea de notables musulmanes” —el autodenominado “parlamento musulmán”— aceptó por amplia mayoría el “principio de partición étnica” establecido en Ginebra, aunque rechazó los “mapas” de esa partición, reclamando mayores territorios.


La convocatoria del “parlamento musulmán” es indicativa de la política de la dirección de Izetbegovich. “Es la primera vez que los musulmanes sesionaron separadamente, ya que hasta la fecha las autoridades de Sarajevo daban prioridad a las instituciones pluriétnicas del Estado. Según un diario de Sarajevo, la reunión (del “parlamento musulmán”) podría ser ‘histórica para la determinación de la nación musulmana’” (La República, 28/9). Según el “Financial Times” (28/9), su “status restringido fue para sacar del medio a aquellos serbios, croatas y musulmanes que han luchado para preservar la idea de una Bosnia multiétnica”. Incluso importantes unidades y comandantes en Bosnia central “todavía favorecen una Bosnia unificada antes que una laxa federación de miniestados” (Le Monde, 18/9).


La política de la burocracia musulmana se ha transformado, así, en contrarrevolucionaria y anti-nacional. El planteo de una Bosnia nacional  única sigue en pie, sin embargo, en todos los sectores de su población. Pero mientras una fracción de la burocracia —el ejército— todavía defiende la integridad de Bosnia, otras fracciones de la misma burocracia bosnia están planteando su “independencia”  de la “Bosnia musulmana”. La región noroccidental de Bosnia, Bihac, bajo el mando de su caudillo local, Fikrat Abdic, ha declarado su “autonomía” de Sarajevo y enfrenta militarmente a las tropas de Izetbegovich. Bihac firmó acuerdos de comercio con las comunidades serbia y croata vecinas (Financial Times, 4/10) y tiene lazos económicos más estrechos con Croacia que con Sarajevo; el anuncio de su “autonomía” fue interpretado, en consecuencia, como “el primer paso hacia su unificación con Croacia” (Financial Times, 8/10). Por otro lado, en Bosnia Central “líderes serbios han dejado trascender informes de conversaciones mantenidas con Selim Beslagic, alcalde de Tuzla —la mayor fortaleza bosnia en el norte. Se deleitaron con las ‘señales’ de Tuzla de que la región musulmana también se está preparando para romper con Sarajevo pero para unirse a la Gran Serbia” (ídem).


Tanto Abdic como Beslagic, los líderes “separatistas” de Bosnia, están siendo “cortejados” por las potencias imperialistas: en una provocación sin precedentes, uno y otro han sido invitados a las negociaciones de Ginebra. “Owen y Stoltenberg no han escondido su admiración por Abdic como un líder dispuesto a hacer un acuerdo sobre la partición del país, comprar la paz a cualquier precio (y) dispuesto a aceptar las demandas serbias y especialmente las croatas” (ídem).


Si, después de Bihac en el noroeste, también Tuzla en el nordeste declara su “autonomía”, Croacia y Serbia podrán repartirse íntegramente Bosnia. Se habrá impuesto, por esta vía, la política fundamental de las potencias imperialistas —aliadas unas a Croacia, otras a Serbia— en el curso de la guerra: “dejar hacer” en Bosnia a las burocracias de Tudjman y Milosevic, a las que caracterizan como “factores de orden” y puntales de la restauración capitalista en los territorios de la ex Yugoslavia.


 


La inevitabilidad de nuevas guerras y masacres


La magnitud de los conflictos, calamidades y guerras y el enorme retroceso de las fuerzas productivas que provocan la desintegración de Bosnia y de toda Yugoslavia, han puesto de manifiesto la enorme vigencia y actualidad de la “vieja” consigna marxista de una Federación Libre y Socialista de Yugoslavia y los Balcanes.


En Kosovo, la mayoría albanesa sufre la opresión de una brutal dictadura militar serbia, que “se ha endurecido en los últimos tiempos” (Le Monde, 18/9) y se está desarrollando, con sordina, una guerra civil que puede estallar ante la menor chispa.


Serbia se ha apoderado de la tercera parte del territorio croata. La eventual firma de la partición de Bosnia agudizará el enfrentamiento croata-serbio. Croacia ha puesto como condición a su acuerdo al levantamiento de las sanciones económicas que pesan sobre Serbia, el retiro del territorio croata que ésta ha conquistado militarmente.


En la propia Serbia, supuesta vencedora de la guerra, la economía está al borde del colapso. La producción se ha derrumbado, la inflación supera el 1.800% mensual y, aunque la “fértil región de Voivodine podría producir alimentos para cien millones de personas” (Panorama, 22/8), los diez millones de serbios no encuentran en los supermercados de Belgrado ni leche, ni harina, ni huevos, ni carne. El 70% del comercio se canaliza por el mercado negro, que ha convertido en supermillonarios a los burócratas y “señores de la guerra”. Mientras tanto, crece la desesperación de las masas: “Le Monde” (8/9) informa sobre “el aumento impresionante de los suicidios de jubilados”, cuyos haberes equivalen apenas a diez kilos de papas. El retroceso productivo y cultural es tan brutal que el “Partido popular campesino” ha levantado el planteo de retornar a la economía del trueque (ídem). Acorralado, el régimen de Milosevic ha comenzado a gastar las escasísimas reservas federales para repartir “a precios oficiales” una ración de medio kilo de azúcar, un cuarto de sal, tres cuartos litros de aceite, seis kilos de harina y un jabón por mes, en el intento de “retardar la explosión social mientras duran las negociaciones de Ginebra” (Le Monde, 8/9). La dilación de los “derrotados” en firmar la capitulación puede terminar mandando a la lona al “vencedor” de la guerra. Acelerar esta explosión en Serbia y valerse de ella para derrocar a la burocracia y unir a los pueblos de la ex Yugoslavia, es la tarea revolucionaria.


Pero no se trata “sólo” de la vieja Yugoslavia. En las recientes elecciones griegas, el Partido Socialista obtuvo una victoria aplastante batiendo el parche del patrioterismo antimacedonio. Macedonia, una república de la vieja Yugoslavia que declaró su independencia en 1991, reclama los territorios de la provincia griega del mismo nombre. Cuando el gobierno derechista griego de Mitsotakis planteó recientemente la posibilidad de reconocer la independencia de la Macedonia yugoslava, fue arrasado en las elecciones por el partido que se presentó como el defensor a ultranza de la “integridad griega”. Grecia, junto con Rusia, es uno de los mayores proveedores de armas a Serbia … así como  Turquía lo es de los musulmanes  (La Nación, 12/10). Al mismo tiempo, Turquía ha firmado un pacto militar con Albania, que pretende la “recuperación” de Kosovo y de Macedonia, donde la mayoría de los habitantes son “albaneses étnicos”.


La desaparición de Yugoslavia plantea un cuadro de guerra general en los Balcanes, exactamente la misma crisis histórica que hace casi un siglo. Con la enorme diferencia que en el transcurso de ese siglo se ha desarrollado un fuerte proletariado industrial —casi inexistente entonces— que ha pasado por la “escuela” de organizaciones de lucha (sindicatos, partidos) comunes. Como entonces, no son las “rivalidades étnicas” sino los choques interimperialistas por la conquista de “áreas de influencia” los que dividen y enfrentan a los pueblos. La crisis capitalista exacerba los enfrentamientos entre las potencias imperialistas y amenaza con provocar un baño de sangre en los Balcanes. En oposición a esta barbarie, la consigna del proletariado revolucionario es la lucha por la unidad de los pueblos contra sus enemigos comunes. Abajo el patrioterismo, por una Federación libre y democrática de repúblicas socialistas balcánicas.