03/10/1998 | 599

La guerra de clases recién empieza

A la gran burguesía coreana no le cayó bien el acuerdo al que arribaron, bajo la presión del gobierno, la patronal de la Hyundai y la Confederación de Sindicatos para poner fin a la ocupación de las plantas del pulpo automotriz.


El secretario general de la Federación Industrial Coreana fue muy enfático en su rechazo: «estamos muy, muy disgustados (porque) el acuerdo sienta malos precedentes en muchos aspectos» (International Herald Tribune, 25/8). El capitoste patronal se refería a que la patronal ‘sólo’ pudo imponer 277 despidos (menos del 20% de los que pretendía) y debió contentarse con suspender por un año y medio, sin pago alguno, a los restantes 1.400 obreros que pretendía echar. Antes de estos despidos y suspensiones, Hyundai ya se había desprendido de 6.100 trabajadores a través de ‘retiros voluntarios’.


La cámara patronal impugnó la ‘mediación’ gubernamental («expresó un serio rechazo a que los despidos no fueran establecidos en el lugar de trabajo» –Financial Times, 25/8) e insistió en la necesidad de reprimir las «actividades ilegales del sindicato». La prensa internacional, por su parte, señala que «el acuerdo puede representar un serio retroceso en los esfuerzos de promover reformas laborales» (ídem).


Este rechazo unánime de la patronal revela que el aspecto esencial de toda gran crisis capitalista es la necesidad de aplastar a la clase obrera. Con una recesión que ha derrumbado las ventas internas en un 50% en algunas ramas fundamentales, los grandes conglomerados quieren deshacerse de miles de trabajadores ‘excedentes’ y forzar un aumento de la explotación.


La política de la dirección centroizquierdista de la Confederación de Sindicatos, en cambio, reposa en la ilusión de que los grandes conglomerados industriales quedarían al margen de la crisis. Suponía que se podrían evitar los despidos en los grandes pulpos mediante acuerdos y ‘retiros voluntarios’ … mientras en los pequeños y medianos conglomerados las patronales producían una verdadera masacre: en apenas diez meses, la desocupación se quintuplicó en Corea por los masivos despidos en las pequeñas empresas y en las instituciones financieras.


Cuando la desocupación llegó a la Hyundai, pese a la enorme combatividad de los trabajadores, la burocracia «aceptó el principio de los despidos». En opinión de un dirigente sindical, «reconocemos la necesidad de una reestructuración industrial (es decir, de los despidos) pero nos oponemos a que los trabajadores carguen su peso por entero …». Esto último significa que «los propietarios de los conglomerados deberán compartir el dolor contribuyendo a los beneficios sociales (de los trabajadores despedidos)» (ídem). Pero el balance que hace la patronal del conflicto en la Hyundai pone en evidencia que las patronales rechazan este enfoque ilusorio. En Hyundai, esta burocracia mostró los límites de su política.

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