07/10/1999 | 645

La Revolución China (2da parte)

El triunfo de la revolución en China fue el segundo golpe más duro recibido por el sistema mundial impe­rialista durante este siglo, después de la Revolución Rusa de 1917. La Revolución China sacudió en forma particular a Oriente, desde la India al Japón, una re­gión que concentra a la mitad de la humanidad.


Cuatro años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo ‘democrático’ ha­bía logrado ‘estabilizar’ su destruida ciudadela de Europa occidental, disipando la revolución allí con métodos ‘centroizquierdistas’ (frentes populares) o de guerra civil (en Alemania, se previene; en Grecia, la aplasta; en la Península Ibérica, preserva los regí­menes fascistas).


En Asia, la colaboración de la burocracia del Kre­mlin con el imperialismo, por supuesto, no faltó tam­poco: en 1942, por ejemplo, el PC de la India fue lleva­do a su autodisolución. La tendencia de la burocracia rusa a someter a los PCs a la burguesía ‘nacional’ (en realidad al imperialismo dominante de cada país) alcanzó allí su extremo.


En China, a diferencia de lo que sucedía con la in­mensa mayoría de los PCs, su dirección se verá forza­da a desacatar a Stalin. Este había aceptado, en las conferencias de Yalta y Teherán, la ‘entrega’ de Chi­na a Chiang Kai-shék y la instauración de un régi­men de ‘unidad nacional’ bajo el yugo yanki. Pero la gran sublevación campesina y popular que acabará con la esclavización imperialista tomó esta política in- viable. En el PCCh se reflejará esta presión en la teo­ría de Mao de la revolución “ininterrumpida” en China; un planteo que se asemeja a las tesis de Lenin y Trotsky para los países atrasados.


Por limitados que sean los alcances de la ruptura del PCCh con la política stalinista, la envergadura de las transformaciones sociales que se ponen en movi­miento en China y la reacción que provocan a escala del continente asiático, que como ningún otro fue fla­gelado por la dominación imperialista desde las gue­rras del opio, tendrá un alcance internacional sin pre­cedentes para Asia.


Espejismo


La victoria de la Revolución China permite sacar dos conclusiones fundamentales: a) aun con la ‘recons­trucción’ del capitalismo europeo {‘partición’ de Ale­mania y ‘glacis’ del Este incluido), quedan en eviden­cia los desequilibrios y la desestabilización del capita­lismo en la Posguerra. Una de sus característica fun­damentales se refleja en este inicio de la revolución en Oriente, comenzando por Japón (tras la guerra se desenvuelve una extraordinaria lucha de clases allí, que llevó a situaciones de ‘doble poder’ incluso); b) tampoco es cierto que se haya fortalecido la burocra­cia ruso-staliniana. La Revolución China, junto a la yugoslava que se impuso del mismo modo poco antes, van a inaugurar la época del derrumbe del despotis­mo staliniano. Ciertamente, el PCCh no era un parti­do bolchevique. Pero aunque durante todo el proceso que condujo a la revolución estuvo lejos de actuar como una dirección marxista consecuente, la dinámica que lleva al PCCh al poder resulta una aguda expresión de la madurez de las condiciones objetivas contempo­ráneas para la revolución socialista.


Impedidos virtualmente de hacer frente a la Revo­lución China, a los yankis, al imperialismo mundial y a la burocracia rusa, les queda sólo el recurso de acep­tar el ‘hecho consumado’ y explotar a fondo las limi­taciones políticas del PCCh. O sea, terciar en la lucha de sus fracciones, para imponer el aislamiento y la burocratización del nuevo estado obrero.


Maoísmo y stalinismo


La política de la burocracia rusa hacia el nuevo es­tado obrero chino no había hecho más que alimentar los recelos entre ambos (la ‘ayuda soviética’, como en toda Europa del Este, fue a cuentagotas y ‘atada’ a determinados compromisos). Cuando la India capita­lista y ‘amiga’ de la URSS, en 1959, amenaza militar­mente a China por una disputa limítrofe, el stalinismo de este país (reconstituido) declara: “nuestra respon­sabilidad moral por la defensa de nuestro país cuando un país socialista nos ataca es mayor que la de nuestros demás compatriotas, no menor”.


La política de la burocracia china frente a la URSS, en cambio, desde sus inicios buscó cerrar la brecha con Stalin y, de algún modo, ‘copia’ su ‘modelo’ de los años ‘30 de colectivización forzosa del campo e in­dustrialización ‘pesada’ (partiendo desde más abajo todavía que la URSS, 25 años después).


El fracaso temprano de estos planes llevó a tal esci­sión entre las masas y la naciente burocracia china que, cuando se inicia el ‘deshielo’ en la URSS y se desata la ola de revueltas antiburocráticas en Hungría y Polo­nia, en 1956, el PCCh, temeroso del contagio revolucio­nario, es uno de los primeros en adherir a la ‘des-stalinización’. Se inicia, entonces (febrero de 1957), el “Pe­ríodo de las Cien Flores”, en el que se alienta la de­liberación e intervención de las masas y se afirma, in­cluso, que no se debe temer a las huelgas. El movimiento de las masas adopta una envergadura inesperada y, cuatro meses después, la burocracia inicia una “cam­paña de rectificación”, dando marcha atrás.


Mientras tanto, la escisión en las filas de la buro­cracia se ahonda, entre los partidarios de ‘reformas de mercado’ y los de acelerar la industrialización. Se imponen momentáneamente los últimos, iniciándose “el gran salto hacia adelante”. Los resultados son desastrosos (es en 1959 que se produce una caída de la producción en todos los campos y falta el pan a mi­llones de chinos).


La burocracia china actúa a tientas. Se efectúa una purga parcial y momentánea de los ‘derechistas’ (Liu Shao-shi – Teng Siao-ping) y se inicia una gigantesca crisis que pasó a la historia como la “Revolución Cultural”, en 1966/7. Un año antes, el PCCh había sido el principal responsable del sometimiento del PC indonesio al nacionalista Sukamo, lo que dará lugar a una masacre de más de 500 mil trabajadores.


Más allá de sus contradicciones y retrocesos, la Revolución China de 1949 se ha incorporado definiti­vamente al acervo emancipador de los pueblos. Com­prender sus limitaciones es la única manera de apro­piamos de ella y superarla. Entre la gran revolución de 1949 y el ‘maoísmo’ se va a erguir un abismo. Es la expresión de que entre una y otro sólo hubo una unidad episódica.

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