19/08/2020

Los Juegos Olímpicos de Tokio, entre el espíritu deportivo y el negocio

Por la pandemia, los Juegos se realizarán en 2021.
Por Camila Bartolomé Roca UJS Medicina

El pasado 7 de Agosto y tras dos semanas de competencia, la llama olímpica se hubiera apagado en Tokio dando fin a los XXXII Juegos Olímpicos, un evento deportivo que convocaría a más de 11.000 atletas de 200 países. La pandemia del Covid-19, sin embargo, desencadenó una crisis sanitaria global que llevó a que a finales de marzo el Comité Olímpico Internacional (COI) diera a conocer su decisión de prorrogar hasta julio de 2021 la emblemática competencia.

A pesar de la reprogramación, para el COI y los organizadores crece la incertidumbre con respecto a la cita del año que viene. Thomas Bach, presidente del COI, dijo que sólo piensa en “Juegos normales”, con espectadores en las tribunas y deportistas de todos los países alojados en la Villa Olímpica. En la misma línea, el presidente del Comité Organizador de los JJ.OO. de Tokio, Yoshiro Mori, expresó en una entrevista a la NHK que si la situación actual continúa, no podrían realizarse los Juegos en 2021. Mori también afirmó que no habría otro aplazamiento y que si no pudiera hacerse el próximo año, la competencia no se celebraría. En ese caso, sería la primera vez que las olimpíadas se cancelarían por una pandemia.

El espíritu del negocio olímpico

La postergación de la cita olímpica, aun cuando Japón se logró mitigar mejor los efectos de la pandemia y avanza en la reanudación de distintas competencias, oculta algo más que el “espíritu deportivo” frente a la alerta sanitaria que rige a nivel mundial. Aunque es inimaginable una solución que no hiciera de los JJ.OO. un foco de contagio para el país y para el mundo, y pese al descontento manifestado por la población japonesa, el COI se rehúsa a cancelar definitivamente la edición 2020. Tanto es así, que la edición del 2021 aún llevará la numeración de este año.

El motivo que impide la cancelación es fundamentalmente económico. La edición 2020 de los juegos se presentó para Japón como la oportunidad para intentar recomponer la tasa de ganancia decreciente que el país arrastra desde hace más de diez años. Actualmente, esto encuentra una serie de problemas. En primer lugar, porque entre quienes no pueden ingresar al país se encuentran, además de los miles de espectadores, los más de 600 deportistas estadounidenses y el resto de los miembros de la delegación que lidera el medallero olímpico. De la mano con esto, la NBC, emisora de televisión dueña de los derechos de transmisión hasta el año 2032, es norteamericana. Por lo tanto, tiene sentido que habiendo invertido US$8.000 millones, el COI acuerde con la empresa que la competencia se realice cuando puedan asistir los participantes de Estados Unidos. Finalmente, porque Japón ya invirtió en los JJ.OO. US$12.000 millones y las patrocinadoras, 3.000 millones de euros, lo que representó un récord de inversión. El vicepresidente del COI, Juan A. Samaranch, señaló: “Esto es algo que afecta (…) al proyecto de la Villa Olímpica, a las televisoras, los patrocinadores, los contratos con la red de hoteles, y un largo etc.”. Queda claro que para quienes priorizan ante todo la ganancia, es imperante que, aún a expensas de la devaluación de la práctica deportiva, se resuelva la realización de los juegos.

Deporte de alto rendimiento, ¿ocio o trabajo?

No sorprende, sin embargo, que la celebración ícono del deporte, supuestamente en su máxima expresión de valores, competición y espíritu deportivo, sea un gran negocio. De por sí, más allá de los posibles contratos publicitarios, la realidad de los deportistas es muy dura y no todos los buenos atletas logran alcanzar o sostenerse dentro de la élite competitiva.

La preparación de un competidor de alto rendimiento implica la dedicación plena al deporte, debiendo sostener desde extensas jornadas de entrenamiento (con turnos dobles durante 6 o hasta 7 días a la semana que imposibilitan, por ejemplo, el acceso a un empleo formal) hasta delicados regímenes alimentarios y un acompañamiento constante de profesionales de la salud. Además, en el camino a alcanzar el mencionado nivel, son los deportistas y sus familias quienes deben costear gastos de equipamiento, cuotas impagables a gimnasios y federaciones, y viajes e inscripciones a las competencias que les permitan posicionarse dentro de los rankings nacionales e internacionales. A pesar de esto, en Argentina, al igual que en muchos países donde las disciplinas olímpicas se suelen practicar dentro del amateurismo, no se percibe al deportista de élite como un trabajador. La “remuneración” recibida por aquellos que representan al país en los eventos de más alto nivel internacional está muy lejos de las cifras que maneja el negocio olímpico.

Sin embargo, algunos de estos deportistas perciben una beca otorgada por el Enard (Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo), siendo ésta muchas veces su único ingreso económico. Los montos varían, siendo de $13.000 para medallistas de campeonatos sudamericanos, o de $18.000 para uno clasificado a los JJ.OO., y su vigencia depende de asistir a un régimen riguroso de competencias y de los logros alcanzados: si caen en su rendimiento, los atletas pierden la beca. Éste es entonces una especie de salario que aleja al deporte de alto rendimiento de ser una práctica ociosa ligada al bienestar social y termina convirtiendo al atleta en un “trabajador del deporte”, haciendo de su cuerpo una herramienta de trabajo.

La expectativa y la ilusión olímpica

A pesar de los grandes negociados que esconden, es innegable que los JJ.OO. despiertan el costado deportivo y la competitividad de la población a nivel global además de ser la meta soñada de cualquier atleta. Ante la suspensión de Tokio 2020, la incertidumbre en cuanto a los plazos de clasificación y los ritmos de entrenamiento de los deportistas (afectados en muchos casos por las medidas sanitarias) abren paso a un periodo de interrogantes. No hay dudas de que hoy en día el problema que requiere una pronta solución para que los juegos se celebren es la pandemia. Parece paradójico que el virus que surgió ligado al comercio indiscriminado en beneficio de la ganancia económica sea el que lleve al aplazamiento de un evento que prometía grandes ganancias para el capital, a la vez que -como ha sabido hacer históricamente- podría haber anestesiado el creciente descontento popular a nivel global.

La postergación de los Juegos Olímpicos en el marco de la pandemia y con una inquietud vigente respecto de la situación sanitaria no es más que una consecuencia del vicio capitalista que ostenta el deporte de alta competencia y, como tal, una muestra fiel del deterioro del espíritu deportivo al calor de la crisis capitalista mundial.

En esta nota