29/04/2004 | 848

Los «libertadores» lanzan un genocidio

Las masacres, los bombardeos indiscriminados, los campos de concentración, los miles de refugiados sin agua ni alimentos son la respuesta del ocupante imperialista al fracaso estrepitoso de la ocupación militar.


Después de tres semanas de asedio, los yankis no lograron rendir las ciudades de Fallujah y Najaf, en manos de los iraquíes, ni lo han logrado, tampoco, en el resto del país. Se combate casa por casa y azotea por azotea. Saltan a la vista los límites políticos de la ocupación: el alto mando norteamericano ha decidido tomar las ciudades por asalto, aun temiendo que esto provoque una insurrección imparable en todo el país. No son los iraquíes sino los imperialistas los que están cercados por un pueblo sublevado.


El levantamiento nacional iraquí está transformando a la guerra imperialista en una guerra civil internacional contra el opresor. Se refuerza la tendencia al estallido de una única Intifada del Mediterráneo al Golfo Pérsico. Una derrota imperialista en Irak sería un golpe demoledor para el Estado sionista.


Tanto en el plano político como militar, la “coalición” se cae a pedazos. España, Honduras y El Salvador comenzaron a retirar sus tropas; Estados Unidos teme un “efecto dominó” con otros países, como Polonia y Ucrania. El especialista Robert Malley afirma que aunque esa “transferencia” (30 de Junio) es “irrealista e impracticable” es, al mismo tiempo, “virtualmente inevitable” (Financial Times, 28/4). La imperiosa necesidad de llevar adelante una “transferencia” impracticable, que, además es “una ficción” (ídem), es una espectacular manifestación del pantano en que se han hundido los ocupantes.


“El plan político, al igual que el militar, está en ruinas” confirma la presidente de un prestigioso centro de estudios imperialista (Financial Times, 21/4). El famoso “plan” que está tejiendo el enviado especial de la ONU, Lakhdar Brahimi, de reemplazar el actual Consejo Provisorio por un nuevo gobierno “designado por las Naciones Unidas, en consulta con Estados Unidos, otros componentes del Consejo de Seguridad y personalidades iraquíes” es, simplemente, una truchada. El nuevo “gobierno”, según Powell, no tendrá más que una “soberanía restringida”… Tampoco podrá revisar la Constitución dictada por el actual virrey Bremer, que ha sido rechazada por las autoridades, incluso las más colaboracionistas, de la mayoría shiíta.


La decisión de los ocupantes de integrar al nuevo gobierno a funcionarios destacados del partido Baath (el partido de Saddam) abrió una nueva brecha con los shiítas. El intento de armar un “esquema político” para la “transferencia”, fractura cada vez más a los propios aliados de los ocupantes.


El “nuevo gobierno” deberá ser “respaldado” por una resolución especial de las Naciones Unidas; pero la resolución está en un callejón de salida insuperable. La falta de acuerdo entre las potencias imperialistas acerca del futuro del Medio Oriente –por sobre todo, en Palestina– hace imposible cualquier acuerdo político en el cuadro de la ONU que abra paso a una “misión internacional”.


 


Crisis política


El empantanamiento político y militar de la ocupación y el levantamiento nacional iraquí están agrietando los más sólidos pilares de los regímenes políticos imperialistas.


En Estados Unidos, además de las denuncias de los propios jefes del servicio de Inteligencia contra el gobierno y la investigación del Senado sobre la responsabilidad (al menos por omisión) del Ejecutivo en los atentados del 11 de septiembre, comienza a manifestarse un extendido “pesimismo” (El País, 18/4) entre instituciones que hasta hace poco respaldaban la guerra. Según el presidente de la Brokings Institution, “nunca como ahora ha estado más claro que Estados Unidos necesita apoyo internacional y compromisos en Irak, y nunca como ahora ha sido menos probable que los consiga” (El País, 18/4). En su opinión, “en Irak hacen falta más soldados y legitimidad”, pero la ONU y la Otan no están en condiciones de suministrar ni una cosa ni la otra. Otro miembro de la institución, Kenneth Pollack, uno de los impulsores intelectuales de la invasión, lamentó que las fuerzas empeñadas sean “absurdamente irrelevantes” (ídem).


Samer Saeta, de la Universidad de Georgetown (Washington), se declara “pesimista sobre la viabilidad de un plan” del control político por parte de las Naciones Unidas (El País, 23/4). El gobierno de Bush, advierte, es “genéticamente incapaz de ser multilateral”, o sea que se requeriría nada menos que la caída del gobierno.


La necesidad de elevar el número de tropas en Irak (mientras los “aliados” se retiran) es otro aspecto de la crisis política. Por un lado, un ala del gobierno impulsa la restauración del servicio militar obligatorio (derogado después de Vietnam); la sola mención de esta posibilidad despertó un amplio repudio popular. Por otro lado, más tropas significa más dinero: el presupuesto votado se está quedando corto y el gobierno deberá requerir más fondos al Congreso… en la víspera de las elecciones.


El intento del Pentágono de censurar fotos que mostraban decenas de féretros cubiertos con la bandera norteamericana, a punto de ser embarcados hacia Estados Unidos es otra manifestación de la crisis política: el “síndrome de Vietnam”. Nancy Lessin, co-fundadora de “Familiares de los soldados que dicen la verdad”, informa que más de 1.500 madres y padres ya se han unido a su campaña “Tráiganlos de vuelta ya” y que “estamos inundados de e-mails de los familiares de las tropas” (Financial Times, 24/4). Según la prensa, las encuestas muestran un sostenido crecimiento del rechazo a la guerra y, sobre todo, de los reclamos del inmediato retorno de las tropas. “Bush puede negar cualquier analogía con la pesadilla de Vietnam, pero no los norteamericanos comunes”, insiste Lessin; “su afirmación de que nadie está muriendo en vano en Irak es exactamente lo que nos dijeron en Vietnam” (ídem).


También en Gran Bretaña la crisis política es evidente. Un grupo de cincuenta diplomáticos, a los que el Financial Times (27/4) califica como “la crema del servicio exterior” y que incluye ex embajadores en lugares tan claves como la UN, Libia, Arabia Saudita, Irak y la ex URSS, publicó una crítica pública a Blair y reclamó “una revisión fundamental de la política en Medio Oriente”. Según los diplomáticos de Su Majestad, todos ellos Sires de la Corona, “ha quedado en claro que no hay ningún plan para Irak”; afirman además que “describir la resistencia como integrada por terroristas, fanáticos y extranjeros no es convincente ni útil” y que “el reciente uso de la fuerza en Najaf y Fallujah ha fortalecido en lugar de aislar a la oposición” (ídem). En el lenguaje de los simples mortales, los diplomáticos reconocen la existencia de un levantamiento nacional de masas, que se ha fortalecido como consecuencia de las masacres de los ocupantes.


La envergadura de la crisis política desatada por la guerra ha sido reflejada por el semanario The Ecomomist, que en la tapa de una edición reciente colocó las fotos de Blair, Bush, Aznar y el primer ministro australiano con el siguiente título: “Uno ya cayó. ¿Seguirán los otros tres?”.


Un levantamiento nacional que amenaza extenderse por todo el Medio Oriente y crisis políticas abiertas en las principales potencias imperialistas: el fracaso de la ocupación abre una nueva etapa de la crisis mundial.

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