08/08/1995 | 459

Los yanquis se apoderan de los Balcanes

Mientras toda la prensa internacional y sus respectivos columnistas se quejaban de una “impotencia de Occidente” ante la guerra en la ex Yugoslavia, el imperialismo yanqui se encontraba preparando minuciosamente un desenlace brutal. A principios de la presente semana, un ejército croata de 100.000 hombres, armado por los Estados Unidos y Alemania, a pesar del “bloqueo” establecido por la ONU, arrasaba con la zona autónoma serbia de Krajina y sometía a sus habitantes a una “limpieza étnica” que nada tiene que envidiar a la que han ejecutado regularmente las milicias serbias en Bosnia.  El ejército croata ha actuado como un sustituto de la supuesta necesidad de que los ejércitos de las grandes potencias se involucraran directamente en la guerra para poder detener los asaltos de las milicias serbias a los enclaves musulmanes en Bosnia.


Mientras los pacifistas de todo el mundo y los “trotskistas” del tipo del Mst reclamaban el levantamiento del bloqueo a Bosnia, el imperialismo yanqui venía armando sistemáticamente a los musulmanes bosnios y a sus aliados croatas con la finalidad de imponerle a las milicias serbias un empate militar y la obligación, por lo tanto, de un acuerdo político. En tanto que los comentaristas internacionales denunciaban la negligencia del gobierno de Clinton ante la “tragedia” en los Balcanes, explicándola por una ausencia de intereses estratégicos de los Estados Unidos en la región, el estado norteamericano diseñaba con toda precisión una “salida” que ha dejado “pagando” a los “cascos azules” y a la ONU, así como a los “amigos” franceses, ingleses y rusos. El ejército croata, armado por Estados Unidos y Alemania, y actuando bajo expresas indicaciones del gobierno norteamericano, realizó el “trabajo sucio” que la prensa pacifista le reclama a las fuerzas armadas de las grandes potencias.


La victoria yanqui-croata ha modificado hondamente la situación internacional, esto porque ha convertido a la alianza EE.UU.-Alemania en el árbitro indiscutido de la situación de la Europa oriental, lo cual le da la posibilidad, quizás decisiva, de integrar al este europeo a la Otan y dictar, con ello, los términos de la política europea en su conjunto. Un analista del principal instituto de defensa y política exterior de Alemania acaba de plantear la necesidad de “hacer todo para mantener creíble y efectivo el compromiso de los Estados Unidos en Europa” para asegurar el éxito de la asimilación de Europa oriental a la Otan, y para que ésta continúe siendo “un sistema único de seguridad” (The Financial Times, 1/8). El planteo pone en evidencia los términos de  la alianza EE.UU.-Alemania, que cobrarán un nuevo impulso como consecuencia de la superación del “obstáculo” que representa la guerra en la ex Yugoslavia.


El asalto croata, sin embargo, no hubiera tenido la efectividad que demostró, si los yanquis no se hubieran asegurado la otra pata vital de la empresa: el acuerdo del gobierno serbio-yugoslavo que encabeza Milosevic. En efecto, cuando el ataque croata contra la región serbia de Krajina aun no había comenzado, “En Belgrado, el principal diario de Serbia, Politika, publica un comentario que parece anticipar la derrota de los rebeldes serbios y que distancia a Slobodan Milosevic, el presidente serbio, del ataque inminente. Esto puede reducir los temores occidentales de que Serbia sea llevada rápidamente al conflicto” (The Financial Times, 3/8). El acuerdo yanqui-serbio, en realidad, es de vieja data y contiene el reconocimiento de la mayor parte de las conquistas de las milicias serbias en Bosnia. Este hecho, más la formación, el año pasado, de la federación musulmano-crota de Bosnia, organizada por Estados Unidos, significa la partición completa de Bosnia entre croatas y serbios. Los fascistas serbios de Milosevic se aseguran con todo esto el control de Kosovo, contra la aspiración independentista del 90% de sus habitantes, y el de Macedonia, disputada por Grecia y por Bulgaria. El fin de semana pasado, la connivencia de Milosevic con el ataque croata era tan evidente que The Financial Times (5/8) pudo titular que “Milosevic hace la vista gorda al destino de los serbios de Krajina”. Hace dos meses había hecho lo mismo con la ocupación, por parte de los croatas, de la región de Eslavonia occidental, ocupada por serbios.


El acuerdo de los serbios con el imperialismo yanqui desmantela la tontería divulgada por otro sector de la izquierda, que atribuye un carácter progresivo al régimen de Belgrado, como ocurre por ejemplo con el partido comunista e incluso grupos “trotskistas” (Spartacist de Estados Unidos). Ese acuerdo cuenta con el apoyo del ejército yugoslavo-serbio y de las milicias serbias de Bosnia, como lo prueba el fracaso del intento del presidente de estos últimos de destituir, al general Mladic, su comandante en jefe. El embajador norteamericano en Croacia mantuvo conversaciones secretas con el lider serbio de Krajina, el cual concluyó aceptando la posición norteamericana de renunciar a la autonomía de esa región (The Financial Times, 3/8). Para completar, Helmuth Kohl, el primer ministro de Alemania, acaba de expresar su “simpatía con la última ofensiva de Croacia”, y la expectativa de que ésta se detenga en el punto que ha alcanzado (The Financial Times, 7/8). Esta es, precisamente, la posición de Clinton, Milosevic y tutti quanti.


“¿Ha comenzado un nuevo reparto de Europa?”, se pregunta, tardíamente, el corresponsal ruso de la agencia Novosti (Cronista Comercial, 1/8). El periodista, sin embargo, cuando plantea la cuestión,  no tiene en cuenta la situación en la ex Yugoslavia.  Pero es el papel decisivo que los yanquis acaban de conquistar en los Balcanes lo que realmente va a zanjar ese nuevo reparto, con la incorporación de los países de Europa oriental a la Otan. El ataque yanqui-croata, lanzado a partir de un acuerdo yanqui-serbio, ha provocado el completo fracaso de la política de la burocracia rusa, que pretendía, privatizaciones y aperturas mediante, ganar un acceso a Europa que la vieja “guerra fría” se lo había estado impidiendo. Este fracaso provocará nuevas fracturas políticas en el estado ruso.


Por último, el giro político en los Balcanes ha relegado un plano secundario a Gran Bretaña y a Francia, las que sin embargo habían hecho el principal gasto político y militar desde el comienzo de la guerra. El presidente francés, Chirac, recibió con ello una ruda lección, porque habiendo reclamado el apoyo para que ingleses y franceses pudieran recuperar el terreno perdido por los cascos azules, se encuentra ahora que esa tarea la resolvieron los yanquis, quienes no dejarán de aprovechar su avance para imponer sus propios términos a sus rivales imperialistas.


La “democracia” occidental ha producido una nueva “proeza”: consolidar a dos regímenes fascistas y criminales, necesarios en estas circunstancias para lanzarse al copamiento completo de Europa, desde el Atlántico a los Urales. Pero esto mismo nos está diciendo que ha comenzado un período de guerras en el viejo continente. Solo puede detenerla la unidad de la clase obrera de los Balcanes en una federación socialista y la unidad  socialista de Europa

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