16/11/2000 | 688

No los une el amor ni (por ahora) el espanto.

¿Por qué la incertidumbre sobre quién fue el ganador de las elecciones norteamericanas ha llevado a muchos comentaristas a pronosticar una perspectiva de inestabilidad política en Estados Unidos? Para un país que estaría atravesando “la prosperidad más prolongada de su historia”, no sería suficiente para provocar una crisis la secuela de enconos que podría dejar un recuento deficiente de los votos. Si una inadecuada perforación de boletas electorales en un condado poblado de jubilados con dinero puede abrir una perspectiva de enfrentamientos políticos, la respuesta deberá buscarse por otro lado.


Lo cierto, de todos modos, es que después de haber gastado tres mil millones de dólares (algunos dicen cuatro mil millones) en una contienda electoral limitada, por ley, en el tiempo, las deficiencias reveladas en el conteo de los votos suena a farsa. Pero esos tres mil millones tampoco alcanzaron, además, para llevar a las urnas a más del 50% de los electores, y los dos o tres puntos de crecimiento en la participación popular obedecen a la concurrencia de nuevas listas minoritarias, en especial la del “verde” Ralph Nader, que obtuvo menos del 3% del total. En el 80% de los que fueron a votar revista el sector más rico de los Estados Unidos, de modo que juntando la plata gastada y el carácter social de la participación electoral resulta claro que EE.UU. tiene un sistema político perfectamente oligárquico; no en vano los senadores norteamericanos promedian unos 25 años en su cargo -Edward Kennedy, por ejemplo, ya lleva 35 años como senador-. Se configura un cuadro, entonces, en que las masas populares son potencialmente hostiles a la llamada democracia americana, y así lo prueba el hecho de que la mitad de la población carcelaria mundial está alojada en las penitenciarías norteamericanas y de que en unas cuatrocientas ciudades rija el toque de queda para los jóvenes menores de 18 años a partir de aproximadamente la medianoche.


El empate entre Gore y Bush ha reforzado el carácter minoritario de los funcionarios electos, pues ha dejado a los dos en el 25%. Incluso si no hubiese existido litigio acerca de los resultados, un gobierno encabezado por cualquiera de ellos ya sería más débil que los precedentes.


Los sucesos en el Estado de Florida han puesto al desnudo el diseminado montaje de fraudes que caracteriza a los procesos electorales norteamericanos y que, al fin de cuentas, son casi obligados dado el incontrolado dominio que ejercen las maquinarias de los dos principales partidos. El alcance del fraude se potencia como consecuencia de que no existe la representación proporcional y de que el que gana la elección se lleva el ciento por ciento de los representantes que luego, en un colegio electoral, deben elegir al presidente.


El conflicto creado por la incertidumbre en los resultados de Florida ha provocado una unanimidad de advertencias de parte de la gran prensa capitalista norteamericana, para que ni Gore ni Bush recurran a la Justicia para zanjar sus divergencias, porque ello podría prolongar excesivamente el conflicto; es preferible un arreglo amigable o aceptar el recuento deficiente de los votos, aun si es injusto. Esto habla mucho de las pocas diferencias reales (de clase) entre los dos candidatos, no obstante lo cual ambos ya han presentado recursos judiciales, todavía secundarios, lo cual refleja la animosidad que existe entre los propios círculos capitalistas, o sea los antagonismos que caracterizan a la clase capitalista en general y a la norteamericana en particular.


La preocupación por la inestabilidad política está, entonces, bien fundada. Pero lo fundamental con relación a esta inestabilidad es, por un lado, que Estados Unidos es el vértice de una economía y de una política mundiales que están sumidas en una crisis que se profundiza de día en día -como lo prueba ahora su extensión al Medio Oriente, cuando nada ha sido resuelto en los Balcanes o en Rusia, y cuando la crisis financiera hace progresos en forma constante-. Más allá de la demagogia, los círculos de poder de los Estados Unidos saben exactamente dónde están sentados cuando todo su sistema financiero podría derrumbarse como consecuencia de la manifiesta crisis bursátil; hace sólo dos años vivieron lo que Clinton llamó “la mayor amenaza desde 1930” ante la quiebra del Fondo de Cobertura LTMC. No es menor, en este cuadro, el enfrentamiento entre Gore, que representa a los capitales financieros vinculados a la especulación en el área tecnológica, y Bush, que es vocero de las viejas oligarquías industriales.


Por otro lado, desde el asesinato de John Kennedy, la política norteamericana vive en un estado de crisis latente. Los efectos de la derrota en Vietnam aún son un factor en la política de Estado y durante casi diez años, desde la destitución de Nixon, EE.UU. sólo conoció presidentes de características provisionales -hasta el final de la primera presidencia de Reagan-. El propio Clinton estuvo a punto de abandonar el cargo antes de tiempo como consecuencia del llamado affaire Lewinsky, que fue en realidad una conspiración republicana que no dio frutos. El reflujo de las masas, que caracterizó a la década del ’80, es cosa del pasado. El movimiento obrero norteamericano (junto al francés) es de los que han obtenido una mayor recuperación social y de organización.


Detrás de una reyerta por ahora banal, acechan, entonces, grandes peligros históricos.

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