26/08/2004 | 865

Por qué sube el petróleo

Durante la semana pasada, el precio internacional del barril de petróleo rozó los cincuenta dólares y hay quienes suponen que ese tope podría ser so­brepasado en un período cercano. Hace seis meses, la cotización del crudo penaba por acercarse a los treinta dólares el barril.


Las explicaciones de este au­mento abundan, pero no alcanzan para dar cuenta de un aumento del orden del 70%, por la simple razón de que no existe un desequilibrio fundamental entre la oferta y la de­manda para que esto ocurra. Cuando a principios del 2003 la producción en Venezuela caía a ni­veles mínimos como consecuencia de un sabotaje patronal en todo el país, el precio internacional ape­nas lo sintió. La alteración de la oferta debida a la reducción reitera­da de la producción en Irak o a la crisis con la petrolera Yukos en Rusia fue compensada por incre­mentos de producción de parte de los países de la Opep. La suba de la demanda de las importaciones de combustible refinado, por parte de Estados Unidos, cuyas destile­rías están trabajando al límite, po­dría justificar aumentos de unos pocos dólares en el precio, de nin­gún modo la escalada que tiene lu­gar. Tampoco la demanda china, que aunque aumentó mucho no in­cide proporcionalmente en el mer­cado mundial.


Devaluación


El alza del precio del petróleo tiene que ver con un desequilibrio más fundamental de la economía mundial, que es la devaluación del dólar. Es un hecho que cuando co­menzó a devaluarse el dólar, la Opep intentó aumentar los precios en compensación, con una restric­ción de la oferta (en el 2000). Cuando el barril se cotizaba a 25 dólares, aproximadamente, el euro estaba en una paridad de 0,90 con el dólar. Hoy la relación es de 1,20 dólar por cada euro, y por momen­tos llegó a rozar 1,30; es decir que el dólar se devaluó un 45%. Mientras el precio del petróleo au­mentó casi un ciento por ciento en dólares, en euros lo hizo en un 55%. Como la mayor parte de los espe­culadores estiman que la devalua­ción del dólar habrá de continuar, se han volcado en estampida a comprar a futuro a precios crecien­tes. El diario Corrière della Sera habla de un “Asalto al barriI por parte de los fondos de cobertura” y de que “La finanza extremista des­cubre el crudo” (17/8). El diario es­tima que la especulación es res­ponsable por hasta doce dólares en el aumento del precio del crudo, es­to cuando la cotización era de 45 dólares el barril.


La tendencia a la devaluación del dólar es mayor de lo que indica su depreciación efectiva. Esto es a- sí como consecuencia de la compra masiva del billete verde por parte de China y Japón, que necesitan contener esa caída para no perjudicar sus propias exportaciones. En el primer trimestre del 2004, solamente Japón compró unos 140.000 millones de dólares (The Economist, 10/7); las reservas chi­nas aumentaron en un año de 400.000 millones de dólares a casi 600.000 millones. Sin estas com­pras, el dólar estaría hoy literal­mente por el suelo. De todos modos, como China y Japón tuvieron que emitir sus propias monedas para comprar esos dólares, incentivaron ficticiamente el consumo y la in­versión internos y, por lo tanto, la presión sobre el precio del petróleo (que, en su mayor parte, impor­tan). El déficit anual de la cuenta exterior de Estados Unidos es de millones de dólares, que se financia con el incremento de su deuda externa. El saldo neto de és­ta (deudas con el exterior menos créditos al exterior) es de dos billo­nes setecientos mil millones de dó­lares (The Economist). A una tasa de interés del 6% anual, la deuda externa norteamericana subiría cada año unos 120.000 millones de dólares solamente por la remune­ración a sus acreedores internacionales. Pero es precisamente eso, el aumento de la tasa de interés, lo que están promoviendo las autori­dades monetarias de Estados Unidos. La certeza de que la deva­luación del dólar habrá de acen­tuarse ha llevado a Prat Gay, el presidente del Banco Central de la Argentina, a pasar parte de las re­servas en dólares a oro.


Tulipanes negros


Los diarios expresan la inquie­tud de que un elevado precio del pe­tróleo provoque una recesión internacional, esto por la punción que provoca en el consumo. Pero esta sería la parte menos inquie­tante de la historia. Ocurre que la especulación internacional no se hace solamente con fondos propios (capital) ni con el de los clientes (aportistas), sino con deudas. El Financial Times (27/7) estima que por cada 100 dólares de activos (ca­pital más aportistas) los fondos es­peculativos tienen, en promedio, 141 dólares de deudas. Antes del derrumbe que tuvo lugar en 1999 esa relación promedio había toca­do un pico de 159 a 100, pero el monto de dinero en juego es hoy el doble, ni hace falta decir que nu­merosos fondos superan holgada­mente esa relación. Hay una corri­da al petróleo y a los minerales co­mo en Holanda del siglo XVII a los tulipanes. Bastaría que cualquier episodio crítico a nivel internacio­nal motive a los bancos a no reno­var sus préstamos a los especula­dores, para que junto con una caí­da estrepitosa del precio del barril se produzca otra, bastante más perjudicial, de los fondos especula­tivos. Por si esto fuera poco, tanto los compradores como los vendedo­res de esos contratos de entrega fu­tura de combustible aseguran sus apuestas con otros contratos donde cambian su rol con lo cual envuel­ven a otros segmentos de especu­ladores en este juego. O sea que la onda expansiva es sistémica. Al final, tanto o más peligrosa que una suba sería un derrumbe de los pre­cios del petróleo, los cuales, sin embargo, tampoco pueden mante­nerse en cotizaciones tan altas sin afectar el equilibrio de la economía internacional. Una crisis financie­ra se perfila como el factor más im­portante en la eventual caída de los precios de los combustibles.


Crisis de conjunto


Las crisis políticas e interna­cionales y las guerras, natural­mente, no hacen más que acentuar esta explosividad. Pero aún más grave es el fracaso de los grandes monopolios internacionales en imponer 6u agenda de desestatización de la producción petrolera en Ara­bia Saudita, Venezuela, Rusia y en Irak -en la medida en que no pue­de poner en pie aquí a la industria petrolera. Con la línea privatizadora a ultranza en Irak y en Rusia se pretendía provocar un derrum­be petrolero internacional que for­zara a la privatización en todos los países y al monopolio integral del crudo por parte de los estados im­perialistas, en especial de los Estados Unidos. Es decir que de­trás de la crisis petrolera asoma la tendencia a la disputa del dominio territorial y nacional por parte del imperialismo. La guerra de Irak ha distraído a la opinión pública de lo que viene ocurriendo en el Cáucaso y en particular en Georgia -donde se aproximan nuevas guerras en las que seguramente participará también el Pentágono. O, para el caso, la crisis política creciente en Arabia Saudita. La discusión del presupuesto de guerra para el pró­ximo año, en el Congreso de Esta­dos Unidos, ha derivado en una di­visión abierta acerca de la estrate­gia militar; en tanto Bush-Rumsfeld insisten en desarrollar nuevas tecnologías que aseguren la supre­macía absoluta de Estados Unidos, incluso con relación a las otros pa­íses imperialistas, la dupla demó­crata pretende mayores fondos pa­ra incrementar el número de sol­dados en condiciones de sustentar la ocupación de territorios, algo que los republicanos reservan pa­ra las tropas cipayas que logren re­clutar en cada país.


El griterío de los comisionistas en los mercados de materias pri­mas de Londres y Chicago no consigue acallar las sacudidas de la si­tuación internacional en su con­junto.             

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