08/02/2001 | 696

Porto Alegre, un frepaso multinacional

Tanto la reunión de los ricachones y sus gobiernos que tiene lugar cada año en Davos, Suiza, como la que realizó la centroizquierda en Porto Alegre, se caracterizaron por su común desacompasamiento con la situación mundial. Los banqueros que fueron a su reducto nevado, pretendían celebrar el éxito irreversible de su «nueva economía» con discursos que abordaran la posibilidad de atenuar la brecha entre ricos y pobres. En el sur de Brasil, por otro lado, los partidarios de una «estabilidad financiera internacional» a ser alcanzada mediante un impuesto al movimiento internacional de capitales (Attac), querían dejar de lado la mera posición contestataria y ofrecer «propuestas constructivas» al «modelo neo-liberal». Ninguno de los dos eventos había tenido tiempo, parece, de tomar debida nota del fulminante parate industrial que se manifestó en Estados Unidos a fines de año, con su consecuente secuela de quiebras y de derrumbe de los capitales financieros. Ya se había hecho tarde para la consigna que convocó a la reunión de Davos («sostener el crecimiento y atenuar las diferencias») y todavía más para la de Porto Alegre, que postula la «posibilidad» de «otro mundo» sin superar al régimen capitalista, ni rozar sus intereses fundamentales o los de los Estados nacionales encargados de protegerlos.


Como de costumbre, la mejor descripción de la situación la ofreció el Financial Times a través de uno de sus más destacados columnistas. «Ha quedado atrás la jadeante excitación con la ‘nueva’ economía de Estados Unidos y con el triunfalismo norteamericano … La cuestión es hoy no cuán alto va a llegar la economía norteamericana sino hasta dónde va a caer y cuán dolorosas van a ser sus consecuencias para el mundo. El consenso entre los economistas en Davos … es que el agudo retroceso actual incrementará el desempleo en Estados Unidos, profundizará los problemas estructurales en Japón y frenará el crecimiento en el este de Asia» (27/1). Cuando Vicente Fox, el flamante presidente de México, reclamó, en los términos con que lo haría cualquier centroizquierdista en Porto Alegre, «un nuevo mecanismo de crecimiento» que involucre «una vasta expansión de la ciudadanía económica en el mercado, trayendo a millones de excluidos al mundo de la computación y de Internet», quienes lo escuchaban «con simpatía» en Davos «expresaron su preocupación por los efectos inmediatos del retroceso del crecimiento en Estados Unidos, el estancamiento en Japón y el modesto crecimiento en Europa». Fox hubiera debido saberlo mejor que nadie, toda vez que México ha sido el primero en acusar los efectos de la crisis norteamericana.


Porto Alegre al Attac


La reunión «alternativa», que se realizó con un gran éxito de público y uno mediático todavía mayor, fue manejada por lo que sería el ala derecha del movimiento que protagonizó las movilizaciones de Seattle, Praga, recientemente, Niza, con motivo de la reunión del Consejo de Europa. Sus planteos principales, el impuesto a los movimientos de capital de corto plazo o la defensa de la agricultura familiar, no llegan al nivel del reformismo, el cual históricamente se caracterizó por pretender reforzar las posiciones de la clase obrera frente al capitalismo, e incluso son en algunos casos reaccionarios, cuando pretenden mover hacia atrás la rueda de la historia. No sorprende, entonces, que según un columnista de Página/12 (27/1), «en los pasillos de Davos se dice que muchos de los reclamos de Porto Alegre son condiciones que necesita esta nueva etapa de la globalización para seguir creciendo».


No solamente esto, sino que varios planteos del centroizquierdismo «alternativo» reflejan perfectamente los intereses de ciertas burguesías imperialistas que rivalizan con el imperialismo yanqui. El reclamo del impuesto al movimiento financiero viene bien al caso. Por un lado, viene siendo apoyado por el magnate Soros desde el estallido de la crisis asiática, en 1997, y con razón, ya que la facilidad que tuvieron los capitales para salir de Asia provocó una cesación de pagos en estos países y estuvo a punto de llevar a la quiebra a importantes capitales especulativos invertidos en la región. Por otro lado, ese impuesto afectaría principalmente a los mercados de Nueva York y Londres, por donde pasa el 55% de ese movimiento de capitales, pero mucho menos a rivales potenciales como París o Frankfurt, que sólo canalizan un 6% del total mundial; no tiene nada de casual que la propuesta tenga su mayor eco en la Unión Europea.


El éxito que el planteo tiene en el centroizquierdismo brasileño simplemente pone de manifiesto la inconsistencia de éste, toda vez que se opuso reiteradamente a la versión local de ese impuesto, el llamado impuesto a las transacciones financieras, que impusieron sucesivos gobiernos derechistas «neo-liberales» brasileños. La experiencia de Brasil demuestra, precisamente, que el impuesto es inocuo para los intereses capitalistas, que logran descargarlo a otras clases de la población. Un impuesto realmente atentatorio del monopolio capitalista exigiría como mínimo una apertura de las cuentas de los bancos y el control obrero de sus operaciones. Sin este control, ese impuesto puede ser tan fácilmente evadido como el lavado de dinero ilegal, algo que ocurre todos los días. Es claro, entonces, que no le faltó alguna perspicacia al periodista del Financial Times que caracterizó a la reunión de Porto Alegre como «un cruzamiento del izquierdismo francés y el populismo latinoamericano», aunque habría sido más exacto si hubiera dicho entre los agentes de izquierda de la burguesía francesa y los de la burguesía brasileña. Tampoco le falta perspicacia al de Página/12 cuando señala que el líder campesino francés José Bove, no solamente se opone a los McDonalds sino también a la importación de carne, por ejemplo de Argentina, y que defiende la autosuficiencia alimentaria francesa, o sea los subsidios que el Estado prodiga a los capitalistas galos del agro. Teniendo en cuenta estas características, no podían ser otros que los «trotskistas» del Secretariado Unificado quienes vinieran a decir que la asamblea de Porto Alegre expresa un «reagrupamiento que va más allá de los intereses nacionales» (Rouge, 18/1). La realidad es todo lo contrario; sólo el proletariado que luche por la abolición de los antagonismos de clase puede protagonizar un movimiento internacional de contenido mundial.


Una autarquía muy francesa


El titular de Via Campesina, uno de los principales animadores de Porto Alegre, opuso al «modelo de agricultura industrializada, modernizada y altamente competitiva, (la) agricultura campesina, tradicional, sana, sostenible» (Página/12, 26/1). El planteo es francamente reaccionario, porque pretende una vuelta al pasado y contener el desarrollo de las fuerzas productivas en el marco de la pequeña propiedad. A la agricultura capitalista moderna, que contradictoriamente con su potencial ha agravado la miseria y el hambre de los pueblos, es necesario oponerle una agricultura socialista en gran escala. Este mismo hombre esgrime una de las principales consignas de Porto Alegre, «la soberanía alimentaria de nuestros pueblos», para negar las extraordinarias ventajas de una agricultura científica internacionalizada de carácter socialista. Este hombre pretende defender el mercado agrícola de algunos países europeos imperialistas (el derecho, dice, «a vender en nuestros propios mercados», o sea la posición tradicional pero en mutación de la burguesía francesa). Estamos ante una exposición cruda y arcaica de las rivalidades nacionales, de ningún modo ante su superación. No es casual que una de las discusiones más vivas que existen en el Movimiento de los Sin Tierra de Brasil sea precisamente cómo superar el horizonte pequeño propietario de muchos de sus integrantes y cómo plantear por lo tanto un programa de revolución social en el campo brasileño. Todo lo contrario al planteo de la autarquía familiar y nacional.


Mientras proclaman que «otro mundo es posible», destacados dirigentes de Porto Alegre Attacc no esconden su preferencia francesa. Bernard Cassen, animador como pocos de esta suerte de neo-centroizquierdismo, dedica un recuadro en el mensuario Dipló (diciembre 2000) a defender el derecho de veto francés en la Unión Europea, en especial ante la perspectiva de una nueva negociación comercial con Estados Unidos. Frente a una de las variantes de desarrollo de la Unión Europea, como sería una apertura mayor con Estados Unidos, Cassen defiende otra variante, la de un desenvolvimiento autónomo de la Unión Europea. Pero tanto este último como el primero serían igualmente desarrollos capitalistas y monopolistas, y el segundo beneficiaría principalmente a los explotadores de Francia, Alemania e Italia, y reforzaría por lo tanto la explotación de sus trabajadores y de la de los pueblos de la periferia oriental de Europa y de los países dependientes. Pero así como otro mundo No es posible bajo el capitalismo, tampoco es viable una «mundialización» a la francesa o de «una otra mundialización», como le adjudica Le Monde, de nuevo un diario francés, al evento de Porto Alegre (1/2). Por más vueltas que se le busque, el neo-centroizquierdismo francés, que a su vez tiene toda clase de vínculos con el centroizquierdismo oficial que está en el gobierno de ese país, no es más que una expresión de repliegue nacional y, por eso, de chauvinismo potencial.


Del Foro de San Pablo….


En lo que hace a la otra pata de Porto Alegre, hay que decir que el «populismo» ya no es el que era. Así lo demostró Lula, que bajo el pretexto de oponerse al libre comercio con Estados Unidos, llamó a «consolidar» el Mercosur (Página/12, 27/1), como si éste fuera una creación «nacional y popular» y no de los principales monopolios extranjeros y nacionales instalados en Brasil y Argentina, y en especial un paraíso de los monopolios del automóvil. Ni qué decir que la mayoría de la burguesía brasileña y el gobierno de Cardoso opinan igual que Lula en esta cuestión. Tampoco hace falta agregar que Lula no pretende con el Mercosur o, para el caso, con cualquier «integración» latinoamericana, impulsar la independencia de América Latina contra el imperialismo, sino «construir un mercado más fuerte». Cuando se juntan todas las expresiones de los neo-centroizquierdistas en defensa de los «mercados» (naturalmente, para sus propios explotadores nacionales), sorprende el tamaño de la hipocresía que se esconde en su slogan «contra la mercantilización del mundo». El «mundo posible» de Lula sigue teniendo los mismos límites sociales y nacionales que el mundo miserable en el que vivimos.


Ya más cerca de casa, otro protagonista de Porto Alegre, el economista N° 1 del Partido Comunista argentino, Jorge Beinstein, también ofreció una «alternativa», en el mensuario Dipló de diciembre, vocero de Attacc. Contrariando las afirmaciones de IU de no pagar la deuda, Beinstein propone renegociarla; y contrariando también a IU que se opone a la devaluación, propone «recuperar la soberanía cambiaria» y «combinar» la devaluación con «compensaciones fiscales..», etc. Como también propone «una política activa de comercio exterior» y una «reactivación», resulta claro que este vocero «comunista» de Attac se comporta al mismo tiempo como un representante de la burguesía nacional (a la cual, aunque la denomina «lumpenburguesía», le reconoce «un tejido industrial importante»). Beinstein tiene el cuidado de no proponer aranceles protectores dentro del Mercosur pero sí para afuera de él, es decir que defiende al bloque de los grandes explotadores del Mercosur con el mismo ahínco que Lula. Para concluir este punto digamos que la Unión Europea también defiende con fuerza al Mercosur y que se opone a una zona de libre comercio americana. Incluso los ingleses del Financial Times han estado alertando en la últimas dos semanas acerca de que una zona de libre comercio americana sería la señal de inicio de una guerra comercial, de regionalismo económico y hasta de principio de dislocación del comercio internacional. Esta opinión pone de manifiesto los intereses sociales que sustentan la alianza entre «el izquierdismo francés y el populismo latinoamericano» que campeó en Porto Alegre.


La prensa presentó como absolutamente novedoso el encuentro de Porto Alegre, olvidando que no ha sido más que un remedo de los encuentros del Foro de San Pablo, que se han realizado durante más de una década sin producir ningún efecto transformador *todo lo contrario. El encuentro de Porto Alegre se inscribe así en una tradición de esterilidad, que no tiene otra razón que su carácter conciliador con el imperialismo mundial y su naturaleza incorregiblemente confusionista.


Utopía


Los protagonistas de Porto Alegre están convencidos seguramente de haber vivido un acontecimiento de alcances utópicos, pero lo cierto es que en ese evento se manifestaron los intereses de clase más prosaicos y un desesperado afán por no sacar conclusiones revolucionarias del derrumbe de la globalización capitalista. No sólo esto, los planteos programáticos que se conocieron revelan una verdadera pasión por conservar al mundo actual, es decir evitar que se disgregue bajo la fuerza arrolladora del propio movimiento, contradictorio, de la explotación y acumulación capitalistas.


En Porto Alegre se puso de manifiesto el ala derechista, conservadora y nacionalista de un movimiento internacional que de ningún modo será encerrado en esos límites. Antes de tomar conciencia de toda la originalidad del movimiento que está protagonizando, la nueva ola de luchas internacionales está obligada a enfrentarse primero con el pasado, que siempre es el primero en hacerse presente ante todo fenómeno nuevo. Que estos planteamientos derechizantes se hagan públicos y claros es, contradictoriamente, un progreso, porque obligará a una diferenciación política del ala que busca salidas realmente nuevas, o sea revolucionarias. No se trata de combatir a la mundialización del capital sino al capitalismo mundial. La mundialización, que nunca puede ser completa en el marco de la competencia capitalista, encierra la posibilidad de una universalización de la praxis humana, que hoy se encuentra limitada y negada por el carácter particular (privado) del capital. Por eso la apropiación de la universalidad deberá tener como punto de partida la abolición de la explotación del hombre por el hombre.


Es un hecho de la realidad que los partidos que luchamos por la refundación de la IV Internacional fuimos los primeros que, en 1996, dedujimos del proceso de la crisis mundial que se abría una nueva etapa para desarrollar en términos políticos y organizativos el internacionalismo obrero. A la luz de los acontecimientos posteriores, esta caracterización se ha revelado integralmente justa, desmintiendo a quienes rechazaron el planteo de refundar la IV por apresurado, con referencia a la situación objetiva, o inoportuno, con referencia a la dispersión de la vanguardia revolucionaria socialista internacional. Pero luego de Seattle y Praga, y como ahora lo demuestra la iniciativa derechista de Porto Alegre, una posición abstencionista en torno a la IV no sería ya una reserva sino una capitulación. Al nacionalismo de Porto Alegre y a sus fantasías reaccionarias, oponemos la refundación de la IV Internacional sobre la base de un programa.

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