20/08/1998 | 597

Rusia se declaró en bancarrota

Cuatro semanas después de un acuerdo con el FMI y Washington por 22.000 millones de dólares, que debía asegurar la estabilidad de la moneda rusa y el pago regular de su deuda pública, el gobierno de Yeltsin se declaró en bancarrota. Lo que curiosamente se califica como una capitulación del gobierno ruso a la realidad del mercado, constituye en realidad un derrumbe del mercado ante la realidad de la sociedad y del Estado rusos. De la seguidilla de fracasos que han registrado los planes del FMI desde el inicio de la crisis en Asia, el aplicado a Rusia es sin duda el más estruendoso. Lo cual no impedirá que los economistas de mercado y el FMI continúen pontificando como el más sabihondo.


Las medidas del gobierno ruso contemplan básicamente un congelamiento de la deuda pública doméstica, es decir que cesa su pago temporariamente, y el congelamiento de la deuda comercial privada con el exterior. El pago de los intereses y la amortización de la deuda externa del Estado (llamada deuda soberana), sigue sin variantes. Está claro que el gobierno ha querido evitar un colapso de la deuda pública doméstica con los bancos rusos principalmente, lo cual los habría barrido del escenario económico; evitar el derrumbe de la deuda de estos bancos con sus acreedores extranjeros, lo que habría llevado a los primeros a la quiebra y provocado fuertes pérdidas en los segundos; y reservar enteramente las divisas del país al pago de la deuda externa oficial. Es decir que el gobierno de Yeltsin ha salido al salvataje de la oligarquía financiera rusa y de la banca acreedora internacional.


A algunos observadores les ha llamado la atención que el gobierno hubiera también devaluado el rublo, cuando las medidas anteriores hubieran debido servir precisamente para evitarlo. Lo más probable es que con la devaluación se pretenda, además de satisfacer una reivindicación de los pulpos exportadores de materias primas, combustibles y metales, establecer en un futuro próximo un sistema de convertibilidad sin el temor a una corrida que deje al Banco Central sin divisas. Esta devaluación acompañada de la convertibilidad es lo que propuso el pasado 13 de agosto el financista Soros, en lo que para muchos fue el golpe de gracia que determinó la devaluación.


Es necesario entender que, hasta nuevo aviso, Rusia ha entrado en un régimen de economía dirigida. Esto quiere decir que los economistas de mercado han decidido suspender el mercado para salvarlo. No es casual, sino rigurosamente lógico, que esta declaración de estado de emergencia del mercado cuente con el apoyo del FMI. Lo mismo ocurrió en Argentina, en 1990, cuando Cavallo lanzó el plan Bonex, desplumó de sus ahorros a los que tenían depósitos en los bancos y suspendió la oferta y la demanda. Pero una economía dirigida no puede proseguir con las privatizaciones, que es el eje de la política rusa, ya que se desconocen los valores de mercado de los activos que se quieren privatizar. Pero sin el ingreso de dinero en concepto de privatizaciones el gobierno ruso no podría financiar su presupuesto, ya que los impuestos cubren apenas el 55% de los gastos. Si a esto se agrega la expectativa de muchos observadores internacionales de que Rusia se vería obligada a nacionalizar el 80% de su sistema bancario, para evitar que se vaya a la quiebra, resulta claro que los últimos acontecimientos amenazan con desbaratar fuertemente la restauración capitalista en Rusia. Las medidas de congelamiento y devaluación recientemente adoptadas, aunque ponen en riesgo los planes de restauración del capitalismo, han sido en realidad un resultado de la completa impasse en que había entrado esa restauración y su verdadera finalidad es parar el colapso y reanudar con la privatización en gran escala de la economía.


Es decir que no estamos ante un simple problema económico y que tampoco es el problema estrictamente económico el que preocupa a los estados mayores del capitalismo mundial. La deuda pública ha sido en Rusia, como en todo el mundo, la palanca fundamental de la que se ha valido el capital para apoderarse de la economía estatal. Las letras del Tesoro rusas (GKO) están garantizadas por los activos empresarios en poder del Estado y es por esta vía que la oligarquía financiera rusa fue apoderándose de parcelas crecientes de la industria manufacturera y extractiva. Para esto la banca rusa se endeudó fuertemente con el exterior, ofreciendo en garantía sus tenencias de GKO y la seguridad del mantenimiento del tipo de cambio. Se creó de este modo un sistema de pirámide, porque con cada nueva adquisición de títulos públicos se incrementaba el endeudamiento con el exterior ofreciendo esos títulos como garantía. El problema terminó siendo al final la incapacidad de los bancos rusos para saldar su deuda con la banca extranjera, más que la incapacidad del gobierno ruso para pagar los intereses con la banca nacional. Los bancos rusos contrataron garantías con el banco central de Rusia, para asegurar su deuda en dólares con el exterior al tipo de cambio que regía en la fecha. Esto descargaba el fardo de una devaluación en el banco central, o sea en el presupuesto del Estado.


El derrumbe bancario es, con todo, el eslabón final de la crisis del proceso privatizador, esto porque el conjunto del endeudamiento de las empresas privatizadas, semi-privatizadas y semi-estatales alcanzaba, en setiembre de 1997, al 305,6% del producto bruto del país en ese mes y los acuerdos de trueque al 70% de todas las transacciones de la industria. Por eso, más allá del impacto de la crisis rusa en los mercados mundiales, especialmente en su principal acreedor, Alemania, el significado fundamental de los últimos acontecimientos es que amenaza con obstruir una de las principales salidas para el capitalismo mundial —las ex economías estatizadas. No es por ventura, entonces, que China haya puesto las barbas en remojo.

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