12/01/2017 | 1444

Trump, en su laberinto


La “victoria” de Donald Trump, anunciada con bombos y platillos respecto de la supuesta preservación de los puestos de trabajo americanos, tiene mucho de teatralización. A medida que se conocen los detalles de la decisión tomada por la automotriz Ford, surge claro que se infló un globo. Algo similar había ocurrido con Carrier, pues simultáneamente al anuncio de que preservaba el trabajo de 800 operarios, la patronal volvía a corroborar que otra de sus plantas, con 1.000 trabajadores, se desplazaba a México.


 


Ford nunca se refirió a trasladar una planta de Estados Unidos a México. Su plan se circunscribía a transferir un pequeño vehículo utilitario -que, actualmente, se produce en Estados Unidos- al país vecino, de modo de dedicar la planta norteamericana a la producción de un modelo de mayor venta. El vehículo en cuestión apenas representa el 10 por ciento de la producción de la planta estadounidense afectada. El cambio no tendrá ningún impacto en el empleo de la fábrica, que ya vienen operando a pleno en su capacidad de producción.


 


General Motors, en cambio, que se vería afectada en mayor medida en caso de que Trump pusiera en práctica su amenaza de gravar con un 35 por ciento a los vehículos provenientes de México, hasta el momento no anunció ninguna alteración de sus proyectos. Entre tanto, ninguna de las automotrices ha dado marcha atrás con sus planes de despidos. Mientras se bate el parche sobre la defensa de los puestos de trabajo, irían a la calle alrededor de 10.000 trabajadores si se cumplen los anuncios hechos por las empresas.


 


El año nuevo abre con una ola de anuncios de despidos en Estados Unidos. Cientos de tiendas de ropa para la mujer, operadas por la cadena The Limited, cerraron sus puertas este fin de semana en los centros comerciales de todo el país. La semana pasada, otra gran cadena, Macys, anunció el cierre de 68 tiendas, cortando más de 10.000 puestos de trabajo. En tanto, Sears anticipó que cerrará 150. Los minoristas se han visto afectados por una serie de factores, entre ellos, el estancamiento de los salarios reales de un gran número de consumidores y el crecimiento de los gigantes de compras en línea como Amazon.


 


La Oficina del Trabajo de Estados Unidos informó que el crecimiento del empleo en diciembre fue más lento de lo esperado. Pero las estadísticas son engañosas, pues no incluyen entre los desempleados a aquéllos que, desalentados por las magras oportunidades laborales, han dejado de buscar empleo, ni tampoco a quienes están trabajando a tiempo parcial o changas. En caso de que se incluyeran esos conceptos, la tasa real de desempleo ascendería al 9,2 % de la fuerza laboral y no al 4,8% como sostienen los registros oficiales.


 


Los planes de Trump


 


Trump va a asumir en medio de este escenario. Ha anunciado recortes de impuestos corporativos masivos y medidas comerciales proteccionistas, lo que desestabilizará aún más a la economía mundial y provocará represalias contra las exportaciones estadounidenses. Un primer anticipo lo tenemos en un México en llamas. Pero ello no asegura un despegue de la economía de Estados Unidos, cuando asistimos a una inmensa masa de capital sobrante que no encuentra posibilidad de valorizarse en la producción.


 


El magnate inmobiliario propone también un aumento del gasto, empezando por la obra pública. Espera que un aumento de la demanda interior derrote las tendencias deflacionarias y a la caída de la tasa de ganancia. Pero el aporte privado a ese emprendimiento, a la que el presidente electo apuesta, choca con la reticencia de los bancos a invertir productivamente, dada la actual saturación de los mercados. Los bancos están sentados en una montaña de dinero, pero no la colocan en términos productivos.


 


En ese cuadro, Trump deberá recurrir a otros mecanismos, relacionados con la emisión y el endeudamiento. Este plan, sumado a la anunciada reducción de impuestos, agigantará el déficit fiscal y provocará una desvalorización de la deuda pública norteamericana. A su vez, la política de favorecer la capacidad de competencia internacional entra en contradicción con la suba de la tasa de interés, que ha ido de la mano de un fortalecimiento del dólar en relación con las otras divisas del mundo, una vez conocido el resultado de los comicios norteamericanos. Ni qué hablar de la “desglobalización”, que también tiene límites muy concretos: hoy en día el proteccionismo choca con la organización global de las grandes corporaciones capitalistas, comenzando por las norteamericanas.


 


Por eso, y más allá de los incentivos fiscales y subsidios, las empresas no se privan de reclamar una reducción de los costos laborales, que fue central en la política económica del gobierno de Obama. Cuando Trump agita la cuestión de la “competitividad” como un arma contra las condiciones laborales y salariales de la clase obrera norteamericana. Por lo pronto, esa reducción de costos va a comenzar con la supresión del Obamacare (el plan de salud consagrado en la administración saliente).


 


Ingresamos en una nueva etapa política, en la cual la clase obrera norteamericana está llamada a entrar en acción como resultado de la escalada antiobrera en ciernes, por un lado, y de un desinfle de las promesas de industrialización y mejora en el empleo, por el otro.

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