26/11/2009 | 1110

Un conflicto con epicentro lejano

El epicentro del conflicto colombo-venezolano parece estar lejos de ese par de puentes artesanales de frontera que los soldados de Venezuela destruyeron, y que en efecto servían desde hace un cuarto de siglo para el tránsito de contrabandistas, narcotraficantes y, últimamente, de paramilitares de una nacionalidad y de otra. Lejos de la concentración de tropas en la frontera, de los “vientos de guerra” de Hugo Chávez y de la movilización militar ordenada por Álvaro Uribe.

El centro del conflicto hay que buscarlo en Oriente Medio, en Irán, en los proyectos de agresión militar que Washington y el Estado sionista preparan contra ese país. Un ataque de esa magnitud no puede desarrollarse sin asegurar la retaguardia, y eso es, precisamente, lo que sostiene el documento del Departamento de Defensa norteamericano (PO Nº 1.108) que pide al Congreso de su país el presupuesto necesario para la instalación yanqui en la base colombiana de Palanquero. Esa base, según aquel documento, “garantiza el acceso a todo el continente de Sudamérica con excepción de Cabo de Hornos” y permite desenvolver una “guerra expedita”. Ese escrito añade que en América latina “la seguridad y la estabilidad están bajo amenaza constante”, entre otras cosas por “los gobiernos anti-estadounidenses”.

Viene al caso recordar que, durante la crisis de los rehenes en Irán, en 1979, el entonces presidente James Carter preguntó a su estado mayor cuántas bajas demandaría una invasión terrestre al territorio iraní. Cuando le contestaron que esa operación costaría 100 mil muertos norteamericanos sólo en su primera fase, Carter respondió: “Olvídenlo”.

Como obviamente los Estados Unidos no pueden pagar, ahora menos que entonces, semejante costo militar y político, un ataque eficaz a Irán necesitaría echar mano a la opción nuclear, siquiera limitadamente, con todo lo que eso implica. Algo así no puede hacerse si previamente no se acerrojó a Latinoamérica. Y Venezuela es un punto clave de ese cerrojo.

Desgaste y colapso

Antes que la “guerra expedita” para la cual se prepara, por el momento Washington emplea en Venezuela su doctrina de guerra de “desgaste y colapso” (decay and defaul). Con ese propósito, por intermedio del gobierno títere de Colombia y el respaldo de la oposición de derecha venezolana, han incrementado la actividad de paramilitares y narcotraficantes en la frontera, con provocaciones de todo tipo.

Además, especulan con el desgaste que le produce a Chávez la política de su propio gobierno. La inflación en Venezuela trepa a un insufrible 30 por ciento anual, la electricidad y el agua han debido racionarse; el Estado, corroído por la corrupción, se muestra ineficaz para hacer frente al sabotaje de la burguesía. Y, sobre todo, hay más de 400 asesinatos de líderes campesinos y dirigentes obreros que permanecen impunes, y sólo en Colombia es mayor la carnicería de luchadores populares. En esa situación, la vaciedad creciente del discurso “bolivariano” empieza a volverse patética.

Por eso, para citar sólo un caso, el coronel Wilmar Castro, que acompaña a Chávez desde 1992, encarcelado durante tres años y hoy gobernador de Portuguesa, ha dicho que el partido oficialista, el PSUV, está controlado “por una elite que le tiene culillo (miedo) al pueblo”.

Por lo demás, el Pentágono sabe que Chávez no puede confiar en su ejército, una parte del cual espera su momento para dar un zarpazo, como ya hicieron en 2002, ahora con su posición reforzada por la crisis económica y social del país.

Esa guerra de “desgaste y colapso” encuentra otros sostenes en las vacilaciones –por decir lo menos– de otros supuestos “bolivarianos”. Por ejemplo, mientras recrudece la ofensiva contra Caracas, Ecuador restableció relaciones diplomáticas con el gobierno de Uribe, reactivó la Comisión Binacional de Fronteras (Combifron) y anuló las órdenes de detención contra el ex ministro de Defensa colombiano, Juan Manuel Santos, y el jefe del ejército, general Freddy Padilla, acusados por aquella incursión militar en territorio ecuatoriano que derivó en una masacre. Todo eso sucede después del golpe en Honduras y mientras se prepara una salida similar en Paraguay, donde recrudece la rebelión campesina.

Por lo demás, la instalación de esas bases norteamericanas en Colombia ha demostrado en la práctica la impotencia y la inutilidad de la Unasur en cuanto organismo de defensa común. Eso sólo es un gran proyecto económico de la industria militar brasileña.

Por eso, frente a las fantasías de algunos “bolivarianos” que sueñan con una alianza militar de Venezuela con Brasil, Ecuador y Bolivia para hacer frente “al imperio”, corresponde preparar una poderosa movilización popular latinoamericana contra la agresión imperialista.

En esta nota

También te puede interesar: