23/02/1993 | 383

Un “plan de paz” contrarrevolucionario

En la ciudad de Sarajevo se concentra actualmente la mayor tragedia de la criminal guerra yugoslava. Sus 400.000 habitantes permanecen encerrados desde hace meses en el mayor campo de concentración del mundo. Sin comida, ni luz, ni calefacción, ni agua, murieron 11.000 personas desde que en abril pasado la mayoría bosnia de la ciudad quedó sitiada por las tropas serbias. Para escapar a la muerte de hambre, algunos pobladores recurren al canibalismo, mientras que la violaciones sexuales de las mujeres musulmanas son reivindicadas públicamente por los atacantes serbios. La masa de refugiados ya supera en número la diáspora que sufren los palestinos.


Las atrocidades de esta guerra no tienen nada que ver con la emancipación nacional de los pueblos balcánicos. El genocidio que iniciaron los burócratas serbios ha detruido la Federación Yugoslava, que se asentó durante décadas en la coexistencia y la cohabitación de las diversas etnias. Las distintas camarillas de burócratas-militares se han convertido en “señores de la guerra”, que buscan repartirse los territorios aterrorizando a los pueblos con los métodos hitleristas de la “limpieza racial”. Los sanguinarios generales que responden al dictador Milosevic iniciaron la matanza proclamando su derecho a anexarse todas las regiones con minoría serbia. Los mismos métodos utilizan los burócratas croatas. Su propósito común es comandar el proceso de restauración capitalista mediante el acaparamiento de territorios y recursos económicos. Esta batalla por los despojos de la Federación es particularmente brutal en Bosnia, donde la mayoría musulmana es la víctima principal del reparto reaccionario.


El imperialismo consagra la “cantonización”


El imperialismo dejó correr la guerra porque está directamente interesado en la fractura de la ex Yugoslavia en múltiples cantones, que se convertirían rápidamente en sus colonias. Una vez destruido y repartido el territorio, la “reconstrucción” está concebida como un proceso de restauración capitalista por medio de la conformación de “protectorados”. Siguiendo esta política, Bush pospuso toda intervención militar hasta tanto se definiera una nueva delimitación territorial y los yanquis pudieran colocar bajo su control todo el “proceso de pacificación”. La asunción del Clinton coincide con esta nueva etapa, y por eso el nuevo presidente —siguiendo los consejos de Kissinger, Thatcher, Haig, Ford y Reagan— ha puesto en marcha un nuevo “plan de paz”.


Clinton adaptó a los intereses yanquis el Plan Owen-Vance que las grandes potencias negociaban conjuntamente desde setiembre en Londres. Se consagra el rediseño de fronteras impuesto por la guerra, convalidando las ocupaciones serbias y croatas. Bosnia queda pulverizada en diez sub-provincias (tres serbias, dos croatas, tres musulmanas, y dos mixtas). Los serbios obtienen las mayores ganancias, ya que con un tercio de la población se apoderan de la mitad del territorio bosnio, los croatas obtienen un territorio proporcional a su número, mientras que los musulmanes —que constituyen el 44% de la población— reciben sólo un tercio de la región. Los burócratas croatas ya aceptaron esta cantonización, los serbios demoran una respuesta esperando engullir una porción aún mayor de tierras, y los musulmanes han quedado entre la espada y la pared: la pérdida masiva de hogares o el genocidio.


El plan —que favorece a la burocracia serbia— contradice todos los planteos pre-electorales de Clinton, que prometió contener militarmente a los serbios. Este giro ya es una prueba de la fragilidad de su iniciativa. El nuevo presidente yanqui también habló de levantar el embargo internacional de armas que pesa sobre Yugoslavia, y que afecta exclusivamente a los musulmanes, los únicos que carecían previamente de pertrechos y que no heredaron nada de la desintegración del ejército federal. Clinton —y su nuevo experto para la región Bartholomew— continúan presentando su iniciativa como un “freno al atropello serbio” cuando en realidad consagran sus conquistas territoriales, refuerzan la dictadura de Milosevic y mantienen la amenaza militar sólo como un recurso contra la violación o el fracaso del nuevo “plan”.


Estados Unidos, Europa y Rusia en la disputa


A través de su “plan de paz”, Clinton intenta ubicar a Estados Unidos como árbitro internacional en la cuestión yugoslava, desplazando a los rivales europeos. Intenta llevar a cabo lo que la prensa denomina el “rol activo de Estados Unidos” en oposición a la “falta de liderazgo europeo”.


Clinton adaptó su iniciativa a algunas exigencias europeas, abandonando por ejemplo la idea de crear una “zona de exclusión” para el ejército serbio ante el veto anglo-francés. Pero ha impuesto que toda la supervisión militar del “plan de paz” quede bajo el mando de la OTAN, frustrando así la intención francesa de hacer debutar en los Balcanes a una nueva fuerza militar europea independiente del Pentágono. Los yanquis también controlarán el impresionante tráfico de armas y mercenarios que fluye desde Europa desde el inicio del conflicto. Dirigiendo la “pacificación”, Estados Unidos intenta también colocar en la órbita del dólar y de las exportaciones yanquis a Croacia y Eslovenia, asociadas económicamente a Alemania, y a Serbia vinculada a Francia.


Pero el rasgo que mayor impacto causó en la prensa del plan de Clinton es el rol central otorgado a Rusia, el principal sostén financiero y militar de Serbia. “Por primera vez desde el colapso de la URSS, Moscú es llevado al centro de la arena diplomática por iniciativa de Clinton” señaló el “International Herald Tribune” (12/2). Para asociar a Rusia al proyecto de “Pax Americana” y utilizarla en el desplazamiento de los competidores europeos, Clinton morigeró las iniciativas de presión contra Serbia que contemplaba su propuesta inicial.


La aplicación del “Plan” de Clinton choca en primer término con los descontrolados reyezuelos serbios que dominan cada región capturada, y han resistido hasta ahora cualquier tregua, cese del fuego o paso de ayuda alimentica. Pero incluso si se llegara a establecer una “super-mini-Bosnia”, fracturada en diez pedacitos étnicos, nada impediría el reinicio de las matanzas raciales en cualquier momento. Las fronteras discontinuas entre comunidades, sub-agrupadas en un pequeño territorio (en algunos casos unidas sólo por medio de corredores) son potencialmente explosivas, y alentarán nuevas conquistas. Hay que recordar, por ejemplo, que una partición internacional semejante de Palestina en 1947 sólo desató el apetito expansivo de los sionistas.


Kosovo-Macedonia: la mecha de una guerra general


La guerra que amenazó comenzar en Eslovenia, se desplazó luego a Croacia y se concentra actualmente en Bosnia constituye apenas un anticipo de la explosión mayor que podría estallar si los serbios deciden atacar Kosovo. Esta región musulmana dentro de Serbia fue la primera en experimentar la oleada de agresiones de Milosevic. El dictador atropelló a la población, le quitó toda autonomía, desconoce sus autoridades locales y gobierna a través del ejército y sus títeres. A diferencias de las otras regiones involucradas en el conflicto, a la mayoría albanesa de Kosovo jamás se le reconocieron los derechos de participar en forma independiente en la república federada.


Según la revista “Newsweek” (30/11/92), Serbia se disponía a invadir Kosovo en la última etapa del gobierno de Bush, y Clinton elaboró su plan para prevenir este ataque. Existe una generalizada coincidencia entre los especialistas acerca que el nuevo atropello serbio desataría la inmediata intervención militar de los vecinos musulmanes, Albania y Bulgaria, y seguramente también de Turquía. El “mundo árabe” ha tolerado el desangre de Bosnia, pero amenazó reiteradamente con la intervención frente a Kosovo. Turquía que oprimió durante siglos la región mantiene estrechos lazos con las comunidades musulmanas.


Pero la guerra en Kosovo involucraría inmediatamente a la vecina Macedonia, otra república aliada a Bulgaria y Turquía, que declaró su independencia sin obtener ningún reconocimiento internacional. Grecia —que tiene reclamaciones territoriales sobre Macedonia y por eso está implícitamente aliada a los serbios— ya advirtió abiertamente que bloqueará el ingreso de refugiados hacia Macedonia, e intervendrá militarmente contra el bloque musulmán. Semejante cuadro significa lisa y llanamente la guerra general en los Balcanes y un choque entre Turquía y Grecia, los dos pilares de la OTAN en la zona.


El “plan” de Clinton es un intento de evitar este estallido remodelando Bosnia, consagrando la opresión serbia de Kosovo y manteniendo indefinido el reconocimiento de Macedonia. Su pretensión es congelar el mapa de los Balcanes tal como se presentan las fronteras actualmente, lo que como vimos es una fuente de nuevos conflictos y choques inevitables. Se trata de una evidencia de la impotencia y los límites del arbitraje que pretende imponer el imperialismo yanqui.


Por la unión libre y socialista de Yugoslavia


Es completamente falso que la guerra es una consecuencia inevitable de los “antagonismos raciales”. La coexistencia entre comunidades y los matrimonios mixtos no han desaparecido ni siquiera durante el conflicto. Existen múltiples signos de solidaridad multiétnica en la propia ciudad sitiada de Sarajevo. Los burócratas pro-capitalistas que desataron artificialmente esta guerra reaccionaria son los únicos interesados en potenciar el odio entre los pueblos para tornar irreversible la “balcanización”.


Con este objetivo Milosevic persigue brutalmente no sólo a los croatas y musulmanes, sino también a los propios serbios que se oponen a la guerra (especialmente los desertores) y que realizaron marchas en favor de la paz. Apoyar toda manifestación de lucha contra la guerra es la única respuesta progresiva frente a la actual barbarie racista. Bosnia y Sarajevo simbolizaron la coexistencia entre comunidades y su fragmentación orquestada por el imperialismo es la negación de cualquier autodeterminación nacional. La lucha contra las burocracias secesionistas requiere poner fin al genocidio inter-racial, rechazar la intervención “pacificadora” del imperialismo, oponerse a la remodelación de las fronteras, y defender el derecho de todos los refugiados a retornar sus hogares, libres de tropas ocupantes. La Unión libre y socialista de Yugoslavia es la única opción emancipadora para los oprimidos de la región.

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