12/09/2002 | 771

Una guerra mundial

El foco más candente de la crisis mesoriental es Palestina, pero no es el único. La reaccionaria monarquía saudita enfrenta una crisis mortal (ver aparte); los regímenes de Siria, Egipto y Jordania se encuentran en una impasse y enfrentan gravísimas crisis económicas; Jordania, además, es particularmente vulnerable al desarrollo de la Intifada porque el 70% de su población es de origen palestino; en Turquía se desarrolla una aguda crisis política; la cuestión kurda no ha sido resuelta; la «reforma» iraní está empantanada, mientras el régimen, al igual que el irakí, establece acuerdos comerciales y políticos con Europa y Rusia; en todas las «monarquías petroleras» se incuba la bomba de tiempo de los trabajadores extranjeros, la mayoría palestinos.


El objetivo estratégico de una intervención norteamericana va mucho más allá del «cambio de régimen» en Irak; pretende imponer una completa reorganización política y económica de Medio Oriente en función de sus propios intereses. El vicepresidente norteamericano, Dick Cheney, lo definió de una manera extremadamente gráfica: «volver a trazar el mapa del Oriente Próximo» (El País, 2/9).


 


Crisis mundial


Este objetivo estratégico explica la generalizada oposición de los gobiernos europeos y del Medio Oriente a la guerra contra Irak.


El indisputado control norteamericano de Medio Oriente y de Asia Central, de sus reservas energéticas y de las vías de acceso a ellas, pondría a Europa bajo el sofocante control de su «aliado atlántico», que tendría en sus manos todos los resortes para imponerle a los europeos sus intereses en la guerra comercial que los enfrenta. Por eso Alemania calificó la iniciativa norteamericana como «una aventura», Francia expresó sus «serias dudas» y hasta en Gran Bretaña, Tony Blair enfrenta una seria oposición en el gabinete y en el Partido Laborista (y también en la oposición conservadora) a su política de seguidismo a Bush.


El camino para que los norteamericanos pongan a Europa de rodillas pasa por Bagdad. Estados Unidos utilizará en su favor, contra los europeos, su enorme supremacía militar: el gasto militar anual de Estados Unidos es de 310 mil millones de dólares; el de toda Europa junta es de 144 mil millones. Europa ha renunciado a competir con los norteamericanos en este terreno para evitar el hundimiento financiero que le ocasionaría una carrera armamentista.


La creciente presunción de que «Estados Unidos va a ir solo a la guerra» (Le Monde, 5/9) es una manifestación de la agudeza que ha alcanzado la crisis mundial.


Por las mismas razones, también Rusia y China se oponen a la guerra. Com o los europeos, han desarrollado sus propios intereses y acuerdos políticos y comerciales con Irak e Irán, que serían severamente golpeados por el «rediseño» norteamericano de Medio Oriente.


Brent Scowcroft, ex consejero de Seguridad de Bush padre, advierte que, en caso de ataque, «Medio Oriente y el Golfo Pérsico explotarán y será el fin de la guerra contra el terrorismo» (Corriere della Sera, 9/8). ¿Cómo podrían regímenes anacrónicos y en severa crisis, como el jordano o el saudita, salir indemnes del «estallido»? Hasta los kurdos de Irak, bajo una dirección pro-norteamericana, se oponen a la guerra porque temen perder la relativa «autonomía» de la que gozan gracias a la debilidad de Saddam.


 


Crisis política


En el propio imperialismo norteamericano y hasta en el gabinete de Bush se han hecho públicas graves divergencias respecto de la guerra.


Los sectores financieros, bancarios y bursátiles temen que una guerra agrave el derrumbe financiero y la crisis económica; se le oponen los sectores ligados al «complejo militar-industrial», que ganarían contratos por varios cientos de millones.


Pero hay razones más de fondo. Un ala del imperialismo norteamericano teme que el intento de «rediseñar» el mapa de Medio Oriente termine desatando un caos generalizado que Estados Unidos no tiene condiciones políticas, militares y económicas para controlar. El derrumbe de Irak podría abrir paso a un Estado kurdo en el norte (que enfrente a Turquía y a Irán en nombre de un Estado nacional único), y a un Estado dominado por los shiítas en el sur (el 60% de la población irakí) que fortalecería al régimen shiíta de Irán. La caída de la casa real saudita podría abrir paso a «peligros» de todo tipo. Uno de los colaboradores de Bush padre dice que «un Irak unido, incluso bajo el puño criminal de Saddam, es mejor que las alternativas» (Brecha, 30/8).


«¿Quién quiere ocupar Irak por los próximos treinta o cincuenta años?», pregunta un ex secretario de la Marina de Reagan (The Washington Post, 5/9). La «fragilidad de la situación» en Afganistán (International Herald Tribune, 6/9) después de casi un año de ocupación es una advertencia.


Los que se oponen a la guerra en Estados Unidos «no creen que George Bush y su dividido gobierno sean capaces de implementar una metódica y exitosa campaña militar en Irak sin infligir grandes bajas y un daño nacional a los Estados Unidos» (The New York Times, 26/8). El problema principal para los planes norteamericanos, sostienen, no está en Medio Oriente ni en Europa ni en Rusia sino en los propios Estados Unidos, y más precisamente en la Casa Blanca…


«Una guerra para rehacer la cara del mundo árabe – señala un analista – exige un cuidadoso debate por una razón final: cuando los de arriba en Washington sueñan con transformar el mundo, son los de abajo los que vuelven a casa en bolsas de plástico» (The Washington Post, 24/8). Pasaron 30 años y todavía la clase dominante norteamericana no logra sacarse de encima el fantasma de Vietnam.

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