15/01/2019 | 1579

Venezuela: autogolpe a la rusa

Diversos analistas señalan que detrás del golpe legislativo en Venezuela estaría Putin.

Diversos analistas han destacado que quien está detrás del golpe legislativo promovido por Nicolás Maduro en Venezuela es Vladimir Putin. El régimen ruso viene presionando al gobierno de Caracas para dejar atrás las veleidades nacionalistas y avanzar más resueltamente en una política de privatizaciones, en la que especula ser uno de sus principales beneficiarios. 


Con el bloqueo económico estadounidense, Maduro se ha ido recostando cada vez más en Rusia y China. Pero es necesario tener presente que la asociación con las dos potencias no es gratuita sino que los gobiernos de ambos estados vienen imponiendo condiciones leoninas. Venezuela ha debido ceder el 49% de Citgo, titular de refinadoras y una cadena de estaciones de servicios en Estados Unidos y cuyo dueño es PDVSA, a la rusa Rosnef y prácticamente tiene hipotecada parte de su producción de petróleo, entregándola, encima, a precios inferiores a los internacionales para pagar la deuda externa que mantiene con Rusia y China. Esto se complementa con la entrega creciente de la cuenca del Orinoco, donde se concentra la principal reserva de petróleo a escala mundial, a corporaciones rusas y chinas, que, en la actualidad, están desplazando a sus pares de Estados Unidos y Europa. 


Para que el traspaso de activos funcione, Moscú reclama “seguridad jurídica”, pero ese resorte está reservado a la Asamblea Nacional (Parlamento). Esa institución es la que debería aprobar las privatizaciones -la legitimidad de la Constituyente amañada que el gobierno bolivariano puso en pie es cuestionada internacionalmente. Eso lo que explica la premura del chavismo por retomar el control de la misma que hoy está en manos de la oposición. 


Sin embargo, el resultado de la movida es incierto. La elección de las nuevas autoridades fue muy grotesca: sin quórum y, encima, no pudo impedir que los opositores sesionaran y volvieran a confirmar a Juan Guaidó como presidente del cuerpo. De todos modos, no se nos puede escapar que Guaidó ha ido perdiendo bríos y han fracasado las tentativas por afianzarlo como un poder paralelo y desalojar a Maduro del gobierno. La movilización fue decayendo y, del mismo modo, la impotencia fue provocando un desgranamiento de las fuerzas opositoras, que nunca, agreguemos, fueron homogéneas. Una parte de lo que hasta hace muy poco eran aliados de Guaidó (incluido Luis Parra, que fue ungido nuevo presidente de la Asamblea) se dio vuelta y terminó sumándose al golpe parlamentario. Guaidó confía en volver a recobrar un protagonismo en la vida política y en las calles que ha perdido, aunque los medios coinciden que esto por el momento no se constata. Por su parte, Maduro y sus colaboradores apuestan a aprovechar a su favor el desgaste y división de sus opositores para reconquistar el Parlamento. En sus planes figura el adelantamiento de las elecciones legislativas para abril o mayo, que originariamente están programadas para finales de año. 


Estamos frente a un escenario de golpes y autogolpes en que los árbitros de la situación política venezolana han pasado a ser las fuerzas armadas, lo que, en perspectiva, abre las puertas a una salida de fuerza en el momento en que la cúpula militar decida pegar un viraje y soltarle la mano a Maduro. Esto es lo que está intentando, por ahora infructuosamente, la oposición derechista.


La aproximación con Rusia y China está lejos de dar una salida a la situación desesperante que vive el país. El hecho de que sean Rusia y China quienes asuman la batuta -en lugar del imperialismo norteamericano, como ocurría tradicionalmente- no desmiente el carácter confiscatorio y opresivo del operativo. No hay una defensa del patrimonio nacional sino que es la convalidación de una política privatizante y entreguista. 


El apoyo de las burocracias restauracionistas rusa y china tiene límites muy precisos; los intereses petroleros y económicos que tienen Putin y Xi Jinping en Venezuela son prenda de canje y negociación en la disputa que Moscú y Pekín mantienen con Washington. Esto vuelve a colocar dramáticamente a la orden del día la necesidad de que los trabajadores entren en escena pero con total autonomía del gobierno, apartándose, al mismo tiempo, de las maniobras de la derecha. Un polo independiente de la clase obrera es el que puede permitir superar el impase político actual. Las tendencias sindicales y políticas combativas de Venezuela deben ponerse a la cabeza de la convocatoria de un Congreso de Trabajadores para discutir un programa y una salida de los trabajadores frente a la crisis nacional.


Al mismo tiempo, una cuestión crucial es una acción continental de los trabajadores. El cerco internacional y la conspiración imperialista solo pueden ser derrotados por la movilización de masas en Latinoamérica y no por el sostén de las burocracias rusa o china.