Los firmes testimonios de los compañeros de Mariano

Por Jacyn

Ninguno de los 17 imputados por el crimen de Mariano y por las heridas que sufrieron Elsa y otros compañeros quiso hablar. Los compañeros de Mariano, por el contrario, ofrecieron un testimonio completo y detallado de todo lo ocurrido aquel día. Esos relatos conmovieron la sala de audiencias.


“Mi vida ya no es la misma después de lo de Mariano”


El 23 de agosto declararon Federico Lugo, Emiliano Bonfiglio, Arnaldo Duré y Hugo Espeche. Los tres primeros fueron compañeros de militancia y amigos de Mariano.


Primero declaró Federico. Afirmó categórico que “no se trató de un enfrentamiento, sino de un ataque”, y aportó la descripción de uno de los tiradores, muy similar a Cristian Favale, quien ya había sido señalado por Lisandro Martínez y, en forma aun más contundente, por “Chiquito” Belliboni. Luego, Emiliano brindó un relato detalladísimo de los hechos. Durante casi toda la manifestación de aquel día tocó el bombo. El abogado Freeland lo quiso llevar al terreno del “enfrentamiento” y le preguntó si cuando estaba tocando el bombo, tenía un palo. Emiliano, con naturalidad, contestó: “por supuesto: el bombo se toca con un palo”.


Continuó Hugo Espeche, compañero del PO de la zona sur del Gran Buenos Aires. Describió con claridad el ataque que sufrieron en el único intento por alcanzar las vías. “Resultaron lastimados muchos compañeros, a mí me abrieron la cabeza de un piedrazo. Nos retiramos de ahí e hicimos una asamblea. Ya no había dudas de que la movilización de ese día estaba concluida y nos retirábamos cuando nos atacó esta patota”.


El testimonio de Arnaldo Duré, otro de los militantes que se incorporó a la UJS en Avellaneda de la mano de Mariano, fue vibrante. Aportó, entre otras cosas, que esa mañana recorrieron junto a Mariano la zona del local y que pudieron ver gran cantidad de efectivos de la Federal -carros hidrantes, camiones, patrulleros- reunidos detrás de la estación Avellaneda. Relató que luego del primer ataque se distendieron a dos cuadras de la vía, donde se hizo la asamblea que resolvió dar por concluida la jornada de lucha. En torno de una parrillita al paso, los heridos se lavaron los cortes y se aplicaron hielo, y algunos compañeros aprovecharon para almorzar y para refrescarse. Nadie se imaginaba la brutalidad del ataque que sobrevendría luego. Arnaldo contó detalles de sus últimos momentos con Mariano: “hicimos un balance de la actividad y después nos pusimos a hablar de literatura, de cine. Me acuerdo que yo había visto hacía poco ‘Perros de la calle’ y le decía a Mariano cómo se me ocurría que se podía adaptar al teatro”. Una de las defensas quiso saber en qué consistía ese “balance”. “Lo que hablamos -respondió Arnaldo- fue del ataque que acabábamos de sufrir, de la situación de los tercerizados, del papel de la Unión Ferroviaria, del estado del ferrocarril. Hicimos un balance político de la actividad”. Demoledor.


Arnaldo relató el ataque de la patota, durante el cual recibió un fuerte piedrazo que comprometió su ojo derecho y tuvo que refugiarse detrás de un árbol. Cuando la patota -una vez consumada la agresión- huyó, él corrió detrás junto a algunos compañeros y describió el estado de conmoción de los que la sufrieron. No se enteraría de que Mariano estaba herido hasta bastante después, cuando viajaba en colectivo con otros compañeros rumbo a Corrientes y Callao. Él y un grupo de cinco o seis de la UJS se bajaron a mitad de camino y se tomaron un taxi al Argerich. Allí se encontraron con la familia de Mariano y con la peor noticia posible. “Mi vida ya no es la misma después de lo de Mariano”, dijo Arnaldo.


Los compañeros relataron frente al tribunal de qué modo se defendieron del ataque de los 100 patoteros que se abalanzaron contra la columna que se retiraba, y que fue protegida por un delgado cordón de apenas quince o veinte personas. Los abogados de Pedraza y compañía pretenden colocar a las víctimas en el banquillo de los acusados y presentar esto como “un enfrentamiento”. Pero los hechos hablan por sí solos. Sus defendidos fueron quienes organizaron la patota, trajeron barrabravas como fuerza de choque, les suministraron las armas y coordinaron el ataque con la Federal, para defender el negociado de las tercerizaciones ferroviarias.


María


El 27 de agosto declaró nuestra compañera María. En la sala había muchos jóvenes, sobre todo militantes de la UJS y amigos, cuyos rostros reflejaban su relato desgarrador. El tribunal dispuso un cuarto intermedio de cinco minutos a mitad de su testimonio. María, que sollozaba, dijo que no hacía falta, que quería seguir atestiguando. El tribunal insistió. Lo que imponía una pausa era la tensión que surcaba toda la sala.


“Teníamos una cita a las 9.30 en el local de Avellaneda para acompañar a los ferroviarios. Tardamos en salir. Una compañera que vino en tren contó que había muchos policías y finalmente salimos para el otro lado. Empezamos a caminar por la calle a lo largo del terraplén. La policía nos seguía al costado, encolumnada; arriba, los ferroviarios agitaban banderas verdes y nos gritaban. Nosotros cantábamos. Se veía que no íbamos a poder hacer el corte”.


“Pasamos un puentecito y había un espacio para subir al terraplén. Yo traté de subir pero sentí una jauría de perros que venía a los gritos por la vía y tirando piedras. Era una lluvia de piedras, era imposible subir”. A María la alcanzó un piedrazo en el estómago. Otras compañeras también resultaron heridas en esa primera agresión, entre ellas, Elsa.


Luego, durante la asamblea, María atendió a varios heridos y le hizo el cabestrillo a Elsa para resguardar su brazo. La columna comenzó a retirarse. Habían recorrido cien metros cuando desde el fondo comenzaron a llegar gritos de alerta porque la patota se venía a la carrera.


María: “yo seguí para adelante. Iba conversando con Nancy y Elsa. Atrás se sentía bullicio. Iba conversando con Elsa. En la esquina había agua y barro. Yo salté y seguí caminando. Elsa se quedó atrás. En eso, un compañero me dice ‘se resbaló Elsa’. Me di vuelta y la vi en el piso. Creí que estaba desmayada. Entonces le veo en la sien un pedazo de carne desprendido y un orificio hondo. Grité ‘escóndanse, nos quieren matar’”. Corrió desesperada y en una esquina se encontró con un grupo de compañeros muy agitados y a Mariano, tirado contra la pared. Le subió la remera y encontró el orificio del disparo. “Tenía una pierna doblada, se había hecho pis, tenía los ojos abiertos, la nuez dura, no reaccionaba. Sentía como que era un sueño, que no estaba pasando”. Se enteró a bordo de un colectivo que Mariano había muerto. María fue hasta Corrientes y Callao, donde junto a un puñado de compañeras y compañeros cortaron el tránsito, el punto de partida de una movilización que todavía no acaba.