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21 de agosto de 2019

El Amazonas bajo fuego

Cuando el lunes por la tarde se oscureció el cielo de Sao Paulo, el humo de los incendios forestales que castigan al Amazonas a más de 2.700 kilómetros de distancia rompió el cerco que mantenía en silencio este gigantesco drama.

Casi como una trágica ironía, la mayor reserva forestal del mundo, cuyos árboles producen el 20% de la cantidad de oxígeno que hay en la atmósfera, está siendo devorada por el fuego. Más de 9.500 focos de incendio fueron identificados en las imágenes satelitales del Instituto Nacional de Pesquisas Espaciales (INPE).

La extensión de los incendios llevó a algunos estados amazónicos, como Amazonas y Acre, a declarar situación de emergencia o alerta ambiental, ya que el humo interrumpió distintas actividades como el tráfico aéreo, y sobre todo agravó los padecimientos por enfermedades respiratorias. En Porto Velho, capital de Rondonia, desde el día 11 de agosto la atención de niños que acuden a los centros de salud por problemas respiratorios se triplicó (Folha de Sao Paulo, 20/8). Intensas nubes negras afectaron también gran parte de los estados de Mato Grosso do Sul y Paraná.

Los focos de incendio, a su vez, están teniendo efectos devastadores en 68 zonas protegidas o reservas indígenas de la región amazónica. El más dañado es el Parque Nacional Ilha Grande, en el estado de Paraná, donde el fuego ya destruyó 32.500 hectáreas. Las consecuencias serán duraderas, considerando que desde su asunción el gobierno de Jair Bolsonaro recortó un 24% el presupuesto del Ministerio de Medio Ambiente y un 90% el de la Fundación Nacional del Indio.

El INPE también difundió un relevamiento que abarca desde el 1 de enero hasta el pasado 18 de agosto, en el que contabiliza un incremento del 83% en los incendios forestales en el país respecto del año anterior, registrando 72.843 focos de incendio de los cuales más de la mitad fueron ocasionados en la cuenca del Amazonas.

Rapiña capitalista

Detrás de la destrucción del principal pulmón verde del planeta se encuentra la rapacidad del capital, en primer lugar agroganadero. Es un poderoso sector, ya que Brasil depende en gran medida de la exportación de carne y soja, sobre todo desde la recesión económica del 2014. Secundado también por los intereses de las madereras, mineras y pesqueras, vienen orquestando una acelerada depredación de la región, que se expresa en la casi duplicación de los desmontes sobre el Amazonas.

El 10 de agosto, los grandes terratenientes del estado de Pará organizaron el “Día del Fuego” y coordinaron la quema de pastizales y áreas de deforestación, para reclamar que “queremos trabajar y la única forma es derrumbar” (ídem, 14/8). Diversas organizaciones y hasta entes oficiales denuncian que los incendios forestales tienen a los hacendados como responsables. No es casual que hayan aumentado exponencialmente en Mato Grosso y Pará, dos estados agrícolas donde se ha estimulado la deforestación en pos de ampliar el campo de acción de los pools de siembra.

Los acaparadores de tierra -como se los llama en Brasil- aseguran sentirse respaldados por el presidente (Folha do Progresso, 5/8), en alusión a los permanentes ataques de Bolsonaro a quienes denuncian el avance sobre el Amazonas. Ya desde su campaña electoral, el actual mandatario se manifestaba partidario de flexibilizar los controles para estimular “actividades económicas”. El pasado 2 de agosto, el gobierno despidió a Ricardo Galvao, director del INPE, por difundir los datos acerca de las escandalosas cifras de deforestación.

Este año, se cancelaron las supervisiones que el Instituto Brasileño del Medio Ambiente realizaba durante cada estación seca en Novo Progresso, debido a la falta de apoyo tanto del mandatario de Pará como de la Fuerza Nacional, vinculada al Ministerio de Justicia. A su vez, “la mayoría de las demandas presentadas contra los autores de incendios en el municipio fueron finalmente archivadas y prescritas. Las multas, incluso las millonarias, son ignoradas” (ídem, 20/8).

Bolsonaro culpa a las ONG

Bolsonaro salió rápidamente a desmentir esas denuncias, asegurando que la propagación de los incendios se debe a la sequía y al hecho de que estamos en la época del año en el cual se realizan los desmalezamientos en las explotaciones agrarias (temporada de queimada). Como no da puntada sin hilo, deslizó además que “puede haber (…) una acción criminal de esos 'oenegeros' para llamar la atención contra mi persona, contra el Gobierno de Brasil”, alegando que se trataría de una revancha porque su gobierno ha “cortado el dinero público que iba para las ONG” que operan en la región amazónica.

Según el Instituto de Pesquisa Ambiental de la Amazonía (Ipam), el aumento de los incendios “tiene relación con la deforestación y no con una sequía más fuerte”, ya que además no se registran importantes variaciones de temperaturas ni humedad. En un informe publicado el martes 20, el Ipam muestra que los diez municipios amazónicos que más registraron brotes de incendios también fueron los que tenían las tasas de deforestación más altas.

Por otro lado, la repercusión internacional que tuvo la difusión de las imágenes satelitales del desastre que está generando el fuego también acicateó las derivaciones políticas que viene teniendo la depredación del Amazonas. Alemania y Noruega habrían detenido la provisión de los fondos que desde 2008 financian el Fondo Amazonia para proyectos de preservación de la selva brasileña, lo cual fue respondido sugestivamente por Bolsonaro: “así Alemania dejará de comprar la Amazonia a plazos” (El País, 21/8). La fraseología nacionalista pretende emblocar a los trabajadores cariocas detrás del gobierno, ante la utilización que hacen de la cuestión los gobiernos imperialistas, como el francés, que amenaza con torpedear el acuerdo Mercosur – Unión Europea si no se restringe el ingreso de productos agropecuarios brasileños, alegando que infringen las normas establecidas en el Acuerdo de París sobre cambio climático. Ni Bolsonaro ni los Macron y Merkel ofrecen una vía de salida al desastre ambiental en curso, porque actúan como garantes de sus respectivos pulpos agrícolas, ganaderos, mineros y petroleros.

Contra esta devastación deben movilizarse los trabajadores, las comunidades indígenas, los defensores del medio ambiente, porque solo se podrá detener derrotando la ofensiva de los grupos capitalistas que buscan apropiarse del Amazonas para explotar sus riquísimos recursos.

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