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15 de febrero de 2020

¿Cómo combatimos el calentamiento global? (Parte I)

Por primera vez en la historia de los registros climáticos, se vio en la Antártida una temperatura superior a los 20°C. Ya la semana anterior a este pico del día jueves 13, el Servicio Nacional de Meteorología había apuntado en la base argentina Esperanza el valor histórico más alto, arriba de los 18°C.

Estamos ante el punto de llegada de una evolución constante durante las últimas cinco décadas, que tuvo en la península Antártica una de las regiones del planeta con mayor aumento de temperatura (casi 3°C), lo que generó que la cantidad de hielo derretida se multiplicara por seis entre 1979 y 2017 (Noticias de las Ciencias, 11/2).

El impacto de este calentamiento es notorio sobre las pautas climáticas y oceánicas de todo el planeta, y particularmente en el aumento del nivel del mar -en esos glaciares se encuentra el 90% del agua dulce del mundo. Mientras tanto, las consecuencias sobre la biodiversidad ya se hacen sentir, como ejemplifica un estudio de Greenpeace que arroja que las colonias de pingüinos en la Antártida han disminuido hasta en un 77% desde la década de 1970, por el retroceso de hielos y la suba de las temperaturas del océano (La Tercera, 14/2).

A nivel global, la última década fue la más calurosa de todos los tiempos, y el enero de 2020 superó todos los registros. La magnitud de los incendios forestales en Australia llamó la atención del mundo entero acerca de los efectos de esta situación. El derretimiento de los hielos también preocupa en el otro extremo del planeta, el océano Ártico, donde las temperaturas del mes pasado superaron en 5°C el promedio de las últimas cuatro décadas. Investigaciones científicas alertan además sobre el crecimiento de las zonas áridas a partir de la alteración de los ecosistemas que superan umbrales críticos de sequedad.

Este panorama no es ya ningún secreto. Las masivas movilizaciones de jóvenes en distintas latitudes, pero principalmente en Europa, han impactado en la opinión pública internacional. Con bombos y platillos se buscó dar repercusión a las cumbres climáticas de la ONU, el tema fue eje de exposiciones en Davos, los partidos verdes cosecharon sus mejores elecciones europeas, y el Green New Deal se convirtió en parte de la plataforma electoral del ala izquierda del Partido Demócrata en Estados Unidos –liderada por Bernie Sanders.

El capital y sus límites

A pesar de la repercusión política de la crisis climática, sigue agravándose el calentamiento global, con la emisión de gases de efecto invernadero como su principal causa. El año 2019 fue el de mayor cantidad de esas emisiones, y enterró definitivamente la entrada en vigencia del Acuerdo de París, que se proponía reducir un 45% la generación de estos gases para 2030 y alcanzar la neutralidad (emitir lo que la Tierra puede absorber) para 2050. En particular, crece en flecha la utilización de petróleo y gas.

El fracaso de aquel Acuerdo, tras casi tres décadas del inicio de las conferencias internacionales para tratar la cuestión, evidencia la incapacidad de los Estados capitalistas en reorientar la producción y la economía hacia formas no depredadoras del medio ambiente. Por el contrario, se agudizan cada vez más las tendencias a la anarquía de la competencia capitalista, en un mercado mundial surcado por las guerras comercial, monetaria, además de los choques militares.

Sin embargo, importantes sectores del capital financiero internacional y de las potencias imperialistas han trazado ambiciosos planes basados en la promoción de “finanzas verdes” (orientar la inversión financiera hacia empresas no contaminantes) y de certificados que indiquen a los clientes los productos que no generan daño ambiental. Para patrocinarlo, la última conferencia climática de la ONU (COP25) incluyó por primera vez a grandes empresarios. Estas iniciativas no pasan, en realidad, de meras estrategias comerciales. El mejor ejemplo es el intento –fallido- de poner en pie un Mercado de Carbono, que pretende convertir en una mercancía la capacidad de absorción de los bosques y los derechos de contaminación. Angela Merkel, por su parte, busca reposicionarse en medio de la crisis de su gobierno con un plan de descarbonización de Alemania que consumirá 40.000 millones de euros en subsidios a empresarios del sector; un negoción. 

Los programas tipo Green New Deal están condenados al fracaso, porque pretender reorientar la producción capitalista hacia formas ecológicas a partir de estímulos crediticios es un planteo autista. La tasa de interés internacional promedio tiende a 0% (un tercio de la deuda global tiene tasas negativas) mientras la economía mundial marcha hacia la recesión -y caen los niveles de inversión de capital. Las guerras comerciales y la proliferación de conflictos bélicos ahuyentan toda perspectiva de firmar acuerdos productivos en gran escala. Las tendencias a la desintegración de la Unión Europea ejemplifican estas limitaciones. De fondo, se trata de la imposibilidad de comandar una transformación ecológica sin destruir el dominio del capital, caracterizado en esta etapa por la competencia despiadada entre grandes monopolios respaldados por sus Estados imperialistas.

En ello radica la impostura de esos programas, que bregan porque Europa o Estados Unidos se conviertan en líderes de la acción climática. Su liderazgo de la economía mundial se vincula a la expoliación y el saqueo de las naciones oprimidas. En efecto, muchas de las prácticas prohibidas por sus efectos ambientales en el viejo continente y en América del Norte son practicadas por los capitalistas de esas nacionalidades en el resto del planeta –como sucede con el fracking y la megaminería a cielo abierto.

Saqueo imperialista y postración nacionalista

Al mismo tiempo, la cuestión ambiental también es utilizada como una herramienta de las potencias imperialistas. La promoción de energías renovables (en la medida en que requieren grandes inversiones de capital, y por lo tanto importantes créditos) se volvió un mecanismo de sometimiento de otros países vía la deuda externa. Macron, por su parte, aprovechó los monstruosos incendios del Amazonas para presionar por sanciones contra Brasil en búsqueda de amplificar las ganancias de los agronegocios galos, y cuestionó el manejo del Estado carioca sobre los recursos naturales en pos de abrir a la francesa Total la explotación el petróleo pre-sal destruyendo los 9.500km2 de corales del arrecife amazónico (grandes generadores de oxígeno).

En este terreno, el de la depredación de los recursos naturales en América Latina, hay que tomar nota de la postración del nacionalismo burgués, que en nombre del desarrollo ha enfrentado a importantes movimientos populares que protagonizaron verdaderos levantamientos para defender sus condiciones de vida. Evo Morales reprimió las imponentes movilizaciones indígenas que cruzaron el país para impedir la construcción de la carretera que se quería trazar sobre el Tipnis (territorio indígena y reserva natural) con el fin de entregar la zona a la explotación petrolera de Total y Petrobras. Rafael Correa también apeló a la represión contra los indígenas de la Conaie y sindicatos que se plantaron contra la ley que buscaba atraer a los pulpos internacionales de la megaminería a extraer minerales en zonas protegidas, en un país que carga con uno de los mayores pasivos ambientales por los sucesivos derrames que provocó la rapacidad petrolera de Chevron en la región amazónica del país, y por los cuales las comunidades campesinas e indígenas nunca consiguieron ser indemnizadas. Cristina Kirchner, por su lado, le dio la espalda a Ecuador en esa pulseada, en pos de firmar el leonino acuerdo secreto entre YPF y la petrolera yanqui para entregarle la explotación de Vaca Muerta burlando el cepo cambiario –lo que hoy pretenden emular Alberto Fernández y Guillermo Nielsen “off shorizando” las inversiones de los pulpos del fracking. Mencionemos, de paso, que también el modelo Barrick Gold que promociona hoy Fernández tuvo en los Kirchner a acérrimos defensores contra las puebladas de Famatina, Esquel o Andalgalá, antecedentes de la que vimos hace semanas en toda la provincia de Mendoza.

Ninguno de esos mega emprendimientos sirve a un desarrollo nacional en sus países, sino que por el contrario llevaron a los gobiernos a moldear los regímenes económicos en beneficio del saqueo de los pulpos imperialistas. Lo que queda a las poblaciones es un deterioro notorio de sus condiciones de vida y de la riqueza productiva de esas regiones, por los enormes pasivos ambientales.

La lucha contra el cambio climático está por todo ello asociada a la lucha contra el imperialismo y el capital. Como tal, solo puede vencer si es tomada en sus manos por los trabajadores y todos los explotados. La juventud que ha puesto en pie este movimiento imponente ha levantado consignas que identifican la responsabilidad del capitalismo y llaman a destruirlo, pero sin llegar a cuestionar el dominio del capital en la producción social. El control del proceso productivo por comités de obreros y científicos, la expropiación sin pago de las multinacionales contaminantes, la ruptura con el imperialismo, son planteos fundamentales que deben servir de puente a la lucha por terminar con este régimen social de rapiña. Para combatir el calentamiento global es necesario, entonces, luchar por una reorganización social, por socialismo.

 

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