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15 de agosto de 2019 | #1560

A un año del 8A

Por Rosalía Rodas
Plenario de Trabajadoras

En el aniversario de aquella madrugada en la que el Senado votó contra el proyecto de ley por el derecho al aborto, los agrupamientos anti derechos convocaron, a instancias de las iglesias católica y evangélicas, a un "festejo" en el Congreso. Fue una provocación contra el movimiento de mujeres. Estos grupos reaccionarios, lejos de defender la vida, celebran la continuidad de las muertes de mujeres pobres.

Esa acción, muy minoritaria, se vio engrandecida por la deserción de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, que se limitó a organizar un “twitazo” y confinar nuestro reclamo a las redes sociales. La razón por la que se oponen a convocar a ganar la calle es que la mayoría de los agrupamientos que componen la Campaña son parte de los partidos patronales que no quieren que la lucha por la legalización del aborto se cuele en la campaña electoral. Por sus compromisos con las iglesias y con la orientación del FMI, bloquean el desarrollo de este gigantesco movimiento de lucha que irrumpió con la ola verde. Esto vale en especial para los Fernández, que hacen campaña para congraciarse con “los mercados”.

Una escuela de lucha

Sin duda alguna, el año 2018 será recordado como el año de la lucha por el aborto legal. Si esta reivindicación es una bandera histórica del movimiento de mujeres, la particularidad del año pasado fue la enorme adhesión que obtuvo en amplias capas de la población. Es para destacar que esa lucha se dio principalmente en la calle, con movilizaciones sistemáticas, y también con acciones en los lugares de trabajo y con tomas de escuelas y facultades. Ya el pañuelazo del 18 de febrero mostraría el primer indicio de lo que vendría. Luego, el derecho al aborto se convirtió en eje de la masiva movilización y paro en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, el 8 de marzo, a pesar de la negativa de la burocracia sindical que borró este punto de la convocatoria y montó un operativo tapón contra la movilización.

Los meses siguientes estarían marcados por la convocatoria callejera de secundarias y secundarios, de pibas de los barrios, de disidencias que se organizaron por las redes sociales para asistir y empezaron a plantar bandera frente al Congreso. Vinieron “los martes verdes”, acompañando los debates parlamentarios durante más de dos meses, y la vigilia del 13 de junio donde un millón de personas  -en pleno invierno- pasó la noche rodeando el Congreso hasta conquistar la media sanción en Diputados por 131 votos contra 123. Era indudable que esa victoria era producto de la presión que ejerció esa movilización histórica.

Para ese momento, ya habíamos logrado colocar en el debate frente a la opinión pública que la clandestinidad del aborto no salva ninguna vida, sino que sentencia a la muerte a miles de mujeres pobres, a la cárcel a las que sobreviven, a parir a las niñas violadas. Al mismo tiempo, la separación de la Iglesia y el Estado, y la educación sexual laica y científica, se convirtieron en reclamos de masas. Pusimos también sobre la mesa que además de un problema de salud pública -como el acceso a la anticoncepción gratuita para evitar los embarazos no deseados y las enfermedades venéreas- la clandestinidad del aborto empalma además con un régimen de avasallamiento de los derechos de las mujeres cuando efectivamente son madres: la falta de licencias por maternidad y paternidad, y el ataque a sus derechos laborales; los salarios de pobreza, la precarización y la desocupación; la falta de acceso a la vivienda y el vaciamiento de la educación y la salud públicas. La ola verde se transformó en una marea que arrasó con prejuicios, tiró abajo condicionamientos y logró sumar un masivo apoyo.

Todo este proceso fue una escuela de lucha para todos y todas las que participamos, pero en particular importan las conclusiones políticas que se desprenden del 8A, cuando el rechazo del Senado a la legalización del aborto frustró la expectativa de dos millones de personas que se concentraron en los alrededores del Congreso bajo la lluvia. En esa sesión, pudimos observar claramente la relación entre los poderes del Estado, sus partidos, y las iglesias. Vimos el precio que éstas se cobran por su rol en la contención social, sobre todo en tiempos de crisis, para evitar la organización y la lucha de los trabajadores contra el hambre y la desocupación -incluso mediando para desactivar grandes conflictos obreros. Todos los bloques políticos, desde Cambiemos al FpV y el PJ, aportaron votos para rechazar el proyecto; una radiografía del sometimiento de estos partidos a la presión clerical. Cristina Kirchner, que osó votar a favor luego de cajonearlo durante todo su gobierno, llamó al movimiento a reconciliarse con los curas.

La lucha sigue

Luego de la derrota en el Senado, la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto (mayoritariamente integrada por sectores ligados al kirchnerismo y al pejotismo) llamó a las millones de pibas a volver a sus casas y “votar bien en 2019” para tener “aborto legal en 2020”. Un año después, la incorporación de candidatas verdes en listas plagadas de celestes, tanto en el Frente de

Todos como en Juntos por el Cambio, vuelve a mostrar los enormes límites de esta política de desmovilización y lobby parlamentario.

Desde el Plenario de Trabajadoras hemos impulsado la continuidad de esta pelea desde el mismo 8 de agosto, llamando a organizarnos para reclamar una consulta popular vinculante, con el objetivo de seguir movilizadas para sacar de las garras de los dinosaurios del Congreso la decisión sobre este derecho. Por eso, en oposición a los que hoy mezclan pañuelos verdes y celestes con el pretexto de que lo importante es un recambio electoral al gobierno de Macri, el Frente de Izquierda-Unidad levantó bien alto la consigna del derecho al aborto durante la campaña electoral, porque nos empeñamos en defender la independencia política de este enorme movimiento de lucha, como el camino que lo llevará más temprano que tarde a conquistar el aborto legal y todas sus reivindicaciones.

El 8A dio una lección política sobre la naturaleza de clase de un Parlamento de enemigos de nuestros derechos. Más que nunca, seguimos la lucha por el derecho al aborto legal y por la separación de la Iglesia del Estado.

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