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2 de abril de 2020

Sobre la explotación de la mujer en el hogar y la cuarentena

Pasados los días de cuarentena son números los comentarios, videos, memes en las redes sociales, haciendo referencia al hartazgo de las mujeres debido a las tareas dentro de sus hogares. El trabajo doméstico diario, no remunerado, que está a cargo mayoritariamente de las madres se intensifica más cuando niñez, adultos mayores y un sector de trabajadores permanece todo el día en sus casas. Además de los trabajos de cuidado y limpieza, se suman el cumplimiento de horas de trabajo a distancia de muchísimas trabajadoras, y el seguimiento de la realización de las tareas escolares virtuales de sus hijas e hijos.

La familia y la esclavitud doméstica de las mujeres trabajadoras

Las mujeres, bajo la organización social capitalista, además de ser el sector asalariado peor pago y más precarizado, cargamos sobre nuestras espaldas con una doble jornada laboral: la remunerada y la no remunerada (el cuidado del hogar). El no reconocimiento de la labor en el hogar tiene un objetivo preciso en la sociedad actual, no ocasionar ningún costo al Estado y sus empresarios por el trabajo de cuidado, lavado, alimentación, que hoy llevan a cabo las mujeres de manera gratuita. “La familia individual moderna se funda en la esclavitud doméstica franca o más o menos disimulada de la mujer, y la sociedad moderna es una masa cuyas moléculas son las familias individuales” (Engels, 1884).

El lugar de la mujer en la familia se apoya en discursos retrógrados y oscurantista sobre el rol materno como destino único y natural de las mujeres. En ese sentido, cual hembra que se hace cargo de su cría, la mujer, de manera natural, cumpliría con todos los trabajos de cuidado materno. Sobre este tipo de discurso las iglesias católicas y evangelistas se dedican a diario, predicando el sostenimiento de la familia a costa del aguante de todo tipo de sumisión, abusos y violencias a mujeres y niñes.

La sociabilización de las tareas domesticas

Si la organización de la familia es una cuestión que remite a la organización social capitalista donde cada familia se hace cargo de su supervivencia, y la mujer en este esquema tiene la mayor responsabilidad, la salida a esta situación no corre por cuenta de cada familia, sino que requiere una reorganización social. El Estado debe garantizar la sociabilización de las tareas domésticas, con sala de cuidado materno paternal en cada barrio, lugar de trabajo y estudio; clubes deportivos y culturales; lavanderías; lugares de cuidados adecuados para los adultos mayores.

Si bien cualquier compañero que luche con nosotras por la emancipación de la mujer comprenderá que no puede abandonar a la mujer a las tareas actuales del hogar (y si no lo comprende, pone en duda su propia lucha), el cese de la de explotación dentro de nuestros hogares no va a depender de la comprensión y voluntad individual de la persona con la que vivimos, un universo totalmente desigual, porque la comprensión por la que hoy es la mujer colocada en ese rol, es la consecuencia de la formación social y política de la clase social que detenta el poder, a la cual este ordenamiento social reporta beneficios para viabilizar su objetivo central: el beneficio capitalista.

Por otra parte, la emancipación de la mujer no se logrará ni con la distribución de los ingresos de la propia clase obrera ni con la distribución de los esfuerzos femeninos al interior de nuestra clase, aunque esta última opción deba ser impulsada como una forma de transición hacia la socialización de las tareas del hogar y como una forma de educación popular sobre la construcción de una familia en la que no haya lazos de sometimiento, ni violencia. Solo se logrará liberar a la familia trabajadora del peso de las tareas de cuidado y limpieza a partir de una planificación de estas tareas bajo la responsabilidad un Estado diferente en manos de otra clase social o de los organismos que esa sociedad produzca para su planificación.

Aborto legal, ESI científica y laica, y separación de la Iglesia y el Estado

El aborto legal, los anticonceptivos gratuitos y la educación sexual científica y laica, son una necesidad para la reorganización de una sociedad que rompa con las ideas sumisión y violencia contra las mujeres. La condena a abortos clandestinos a cientos de mujeres trabajadoras y jóvenes al año y la imposibilidad de elegir sobre nuestros cuerpos y nuestras maternidades, parten de la imposición de la idea del destino único como madres que tendríamos las mujeres. Para garantizar estos derechos es de primer orden la separación del Estado y las iglesias. Sus ideologías de antaño, sin fundamentos científicos, deben dejar de incidir en la salud, la educación y la organización de los barrios que llevan a cabo actualmente a través de la tercerización de servicios del Estado a estas, subsidiándolas para que se hagan cargo de las instituciones de contención como hogares para niñes y jóvenes, y comedores.

La cuarentena y las mujeres trabajadoras

La situación de encierro ante la pandemia nos muestra de cuerpo entero cómo la familia sigue siendo hoy una institución de opresión a las mujeres. El recrudecimiento de las tareas domésticas es la reproducción más aguda de la explotación diaria con la que cargamos. El escenario empeora para las miles de mujeres que sufren violencia: 70 fueron víctimas de femicidios en lo que va del año, y la única posibilidad que ofrece el estado es llamar al 144, donde no nos ofrecen ninguna solución real para no convivir con el violento.

Para crear una sociedad sobre la base de la no explotación de las mujeres dentro de los hogares es necesario posibilitar de manera concreta que las mujeres se puedan desarrollar socialmente sin el yugo del cuidado de la familia y todos los tipos de violencia que estas implican. Mientras el Estado no se responsabilice de garantizar los servicios de cuidados a las familias, sus miembros perpetuán la única forma de organización que conocen en este régimen social donde la mujer carga con la responsabilidad.

La sociabilización del trabajo doméstico; el pleno acceso al aborto legal, seguro y gratuito en hospitales públicos y privados; el fin de la precarización y desocupación de las mujeres trabajadoras; el freno a la violencia y los femicidios, poniendo presupuesto que revierta la situación de violencia; chocan con los interés de las clases dominantes, y sus Estados, que están preocupadas en cómo salvar las crisis que afronta el sistema capitalista, pagando la deuda externa a costa de la penurias del conjunto de los sectores populares.

La lucha por una salida anticapitalista, es decir, por una reorganización económica y social sobre las bases de necesidades del conjunto de los sectores de explotados y explotadas, es la única estratégica que tenemos las mujeres por terminar de una vez y definitivamente con todas la formas de opresión y violencia.

 

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