10/06/2015 | 1367

Juliana Awada, la gran precarizadora

Bajo Flores

Grandes marcas de ropa contratan fábricas de confección de prendas formalmente habilitadas como tales, pero que terminan tercerizando la producción en talleres clandestinos. La explotación a la que son sometidos costureros -por lo general oriundos de países limítrofes, que trabajan y viven en condiciones de precariedad y hacinamiento- es inhumana. La industria textil se sostiene, en gran parte, por la mano de obra esclava. Ello hace que el negocio genere ganancias cada vez más altas.


Para poder opacar todo lo sucedido, hoy en día, algunos talleres clandestinos de las grandes fábricas blanquean a unos cuantos trabajadores como una salida rápida, pero sólo a los trabajadores con más antigüedad, dejando de lado los años de trabajo sin ninguna remuneración, como sucede con Cheeky, la empresa de ropa para chicos. Al mismo tiempo, exigen mantener la misma producción que hacían en 12 horas, ahora en 8 horas.


Esto es uno más de las tapaderas de las grandes fábricas que lo único que hacen es confundir a los trabajadores. La marca Cheeky, después de haber tenido varias denuncias años atrás, ni siquiera se mudó de distrito y sigue su producción con talleres esclavos en la Capital Federal, a sabiendas que los cuerpos de inspectores que dirige su marido seguirán haciendo la vista gorda.

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