12/05/2021

Hasta la victoria siempre Oscar

Unas palabras sobre nuestro amigo y compañero Oscar Ambroggio.
Oscar Ambroggio

Oscar era un tipo tranquilo, entrañable. Era imposible no quererlo. Reservaba todas las manifestaciones de su ira para volcarlas contra las injusticias de esta sociedad. Su rabia, su cólera, e incluso la posibilidad de que anidara, en una persona como él, un sentimiento tan infame como el odio, se despertaban exclusivamente para enfrentar la brutalidad del capital. Y sobre todo a su aparato represivo.

Recuerdo una vez, fiscalizando en barrios Liceo y Newbery, al norte de la ciudad de Córdoba, que tuvimos que frenarlo porque no paraba de gritarle a un gendarme. Hasta ese momento creí que lo conocía, pero me faltaba todavía ese Oscar, el que no dudaba en abandonar su actitud impasible para hervir de furia contra la violencia del uniforme, una más de las formas de la violencia del Estado contra el pueblo.

Oscar hizo la colimba durante pleno terrorismo de Estado. Contaba muchas historias sobre ello. Como sabía trabajar -lo hacía pintando autos- y se daba maña en el oficio lo conchabaron para pintar la casa de algún oficial y por ahí hasta hacerle algunos trabajos y arreglar algunas cosas. Contaba que había algunos bocones por allí que se la daban de subversivos y él de entrada sospechó que podían ser señuelos para cazar alguno adentro del servicio. Prefería, y era mucho más inteligente, hacerse el pintor silencioso y desinteresado. Algunos años después, según contaba, se cruzó con otro de estos compañeros silenciosos de la colimba en un recital de Quilapayún y no hizo falta que cruzaran palabra para entenderse.

Oscar había militado en el peronismo y por responsabilidad, capacidad y tenacidad había escalado en la estructura de su organización. Llegó a ser responsable de la distribución de prensa en el amplio sector de la zona sur de la ciudad. Oscar había visto desaparecer compañeros en sus narices, a través de las ventanillas de un colectivo, mientras le hacían señas de que no se bajara y él dejaba pasar la parada acordada y seguía viaje. Era el momento de pasar a la clandestinidad. Pero se fue con su familia a la zona norte y se escondió, como los sabios, a la vista de todos.

En algún momento Oscar recibe una directiva interna de su organización que manda a la reconciliación con el Estado y los responsables del golpe que había desaparecido a sus compañeros y masacrado a su clase. Pero esa no era una tarea para él; no la podría haber asumido. Transar no era lo suyo.

Oscar se inclinó hacia el trotskismo y al Partido Obrero y comenzó una militancia que no abandonó nunca más, ni hasta el último momento.

No me puedo resignar a decirle “hasta la victoria, siempre”. No solo porque prefiero tenerlo acá y ahora, sino porque sé que no hará falta esperar hasta la definitiva victoria final para volver a verlo. Porque Oscar estará presente en cada uno de los pasos que construye el camino hacia esa victoria, en los debates, en las asambleas, en las marchas, en la agitación, en la construcción de un partido de la clase obrera. En el abrazo de sus hijos.

Oscar hacía del mundo un lugar mejor, más habitable. No solamente por su lucha, sino simplemente con su vida, su presencia, su manera de ser bueno. Oscar fue una de las mejores personas del mundo. Es el ejemplo mismo de lo que hace el socialismo, la conducta socialista, con el espíritu humano. Ahí están sus hijos como muestra de su enorme generosidad. Lo vamos a extrañar mucho. El mundo lo va a extrañar. Y siempre vamos a querer que esté acá y acá cerquita de nosotros lo vamos a sentir.

No es una despedida decir “hasta la victoria”. Es el reconocimiento de que Oscar ya es parte de ella.

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