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25 de agosto de 2016 | #1425

DEBATES: los negocios criminales de Monsanto

Recientemente, en una columna de debate(*) en Prensa Obrera online, un autor planteó que hay un error común en la apreciación sobre las multinacionales que actúan en el medio agropecuario: “Se expanden ideas como que un Organismo Modificado Genéticamente (OMG) tiene necesariamente que ir asociado al glifosato o a una multinacional”, siendo que “las técnicas de modificación de los genes de plantas y animales son un gran avance para el desarrollo de plantas que toleren más la sequía, produzcan alguna vitamina (arroz dorado, por ejemplo), trigo sin gluten (para quienes padecen celiaquía) o producir más con la misma superficie sembrada”. Aquí abrimos la polémica.
 
La preocupación del autor es que se tire el niño con el agua sucia. Una cosa es combatir el uso que el capital aplica a un avance tecnológico y otro ignorar el salto que supone la ingeniería genética, una creación del siglo XX, que es cuando se logró modificar el patrimonio genético de las especies vivas por primera vez.
 
Cómo se plantean las cosas
 
Una verdad aparentemente inobjetable se torna abstracta en determinado medio social.
 
La ingeniería genética ha sido apropiada por el capital financiero. Un puñado de empresas controla los OGM y los herbicidas. Tomemos un ejemplo: hace 20 años (1996) fue aprobada la comercialización del primer cultivo transgénico en la Argentina. Monsanto introdujo la semilla de soja RR, cuya ventaja económica reside en que contiene un gen resistente al herbicida glifosato, que también comercializa la empresa. El denominado paquete tecnológico compuesto por esta combinación de semilla y herbicida único, junto a la técnica de siembra directa, provocó una importante caída de costos de producción y una difusión extraordinaria de la soja en tiempo récord, al punto de cubrir 23 millones de hectáreas, tres veces más que veinte años atrás.
 
Este desarrollo vertiginoso cubre todo el planeta. Aún en Europa, donde existe una serie de límites al consumo de los transgénicos en la alimentación humana, los animales -terneros, cerdos y pollos- son engordados con granos transgénicos. La soja, además de alimento animal, se utiliza para fabricar lecitina, que se encuentra en el 80% de la llamada comida industrial -salsas, harinas, etc.
 
El gran motor de este desarrollo ha sido el capital financiero aplicado al campo, que controla desde los fertilizantes y semillas hasta la comercialización y el trading, pasando por la siembra y la cosecha, apropiándose de una parte significativa de la renta agraria. De la mano de este proceso -y de la crisis capitalista internacional- se ha producido una feroz concentración. En la década del ’90 cuatro empresas manejaban el 25% del total de las ventas de agroquímicos; en 2011 manejaban el 60. Tras la fusión planteada entre Dow Chemical y DuPont, “80% de las ventas de semillas de maíz en Estados Unidos y 70% del mercado mundial de pesticidas quedaría en manos de sólo tres compañías” (Ambito, 15/8).
 
Una de ellas es Monsanto, que hoy controla el 90% del mercado mundial de transgénicos y los diseñó para que necesiten sus propios agroquímicos.
 
Amenazas para la mayoría
 
Las tres o cuatro grandes multinacionales que dominan el mercado mundial de OGM y herbicidas controlan la investigación, el desarrollo, las patentes, la
producción y… los Estados -agentes de este proceso. Esto hace que, al día de hoy, casi el 100% de los alimentos transgénicos que existen han sido creados no para ser resistentes a la sequía, sino para ser inmunes frente a los herbicidas o a los insectos. La tecnología, en estas manos, juega un papel depredador. Para uno de los mayores expertos: “el problema con los transgénicos y la razón de que no sea un mal menor es que el salto que se ha dado del laboratorio al supermercado se ha hecho sin los plazos ni las pruebas adecuadas” (Gilles-Éric Seralini, en www.latierraquepisamos.wordpress.com). Una carrera que está dictada por el beneficio capitalista.
 
El desarrollo de la dupla soja transgénica/glifosato expande exponencialmente el uso de los herbicidas. El glifosato comenzó con aplicaciones entre 0,5 y 1,5 litros por hectárea; hoy se plantean casos de 10 litros por hectárea. Existen fumigaciones autorizadas a metros de zonas pobladas.
La existencia de un monocultivo sojero conlleva la pérdida de biodiversidad, que no es fácilmente reparable. Supone el peligro de la contaminación génica; es decir, de que las plantas transgénicas desplacen plantas de variedades originales, y con ello desaparezcan las variedades que desde hace cientos de años se plantan sin inconvenientes.
 
Pero además, ¿en cuánto puede cuantificarse la depreciación de los suelos y del ecosistema agrícola que el monocultivo está provocando? ¿Cómo puede estimarse la pérdida de germoplasma de variedades que se han dejado de cultivar? ¿Cuántos empleos se perdieron o no se crearon por el complejo soja, que utiliza poca mano de obra? ¿Cuál es el planteo de industrialización que presupone el monocultivo sojero? ¿Cómo se mide el aumento de cáncer de mama, de infertilidad y de las alergias que, según una fuerte hipótesis, nace de los productos químicos que ingerimos a través de la comida?
 
Este escenario de barbarie no cambia porque “las mismas multinacionales que producen OMG, también produzcan semillas ecológicas”, o que “los OMG pueden ser desarrollados por entidades públicas, sin fines de lucro”, o jpor el hecho de que  “el Estado cubano tiene líneas de investigación con OMG”.
 
Para que la ingeniería genética sea patrimonio de la humanidad es necesario desenvolver la lucha contra quienes la han convertido en instrumento de una tierra arrasada y de un eventual crimen social. La consigna “Fuera Monsanto” debe ser patrimonio de la clase obrera, para quebrar la cadena del monocultivo y la selección genética en manos del capital. Es preciso apropiarse de la tierra y su producción a través de la nacionalización de los latifundios; el arrendamiento en favor de cooperativas y campesinos sin tierra y un centro único de investigación y producción de semillas en manos del Estado y control de los trabajadores.
 
O, en palabras del autor que planteó el debate: “que la tecnología (…) sea de libre uso; que no exista el secreto en la investigación y se compartan todos los hallazgos científicos inmediatamente (…) Que los campesinos no tengan que pagar las regalías para enriquecer aún más a las multinacionales agropecuarias. Se debe expropiar esa tecnología, como tantas otras, para beneficio de la sociedad en su conjunto y no para el de la burguesía y los terratenientes”.
 
 
*Alejandro Marzeñuk: “Sobre Monsanto y los transgénicos”, www.cor.to/transgenicos
 
Leé también:
- Lea Ross: ”Una respuesta a ‘Sobre Monsanto y los transgénicos’”, 
- Raúl Stevani: ”Monsanto va por más”, www.cor.to/monsanto
 

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