Opinión

6/8/2019

Carta del PT de Uruguay a las organizaciones de la CRCI

Partido de los Trabajadores de Uruguay

Reproducimos a continuación un documento enviado por el PT de Uruguay a las organizaciones de la Coordinadora por la Refundación de la Cuarta Internacional (CRCI) sobre la crisis del PO. El texto en respuesta, del compañero Pablo Heller, puede leerse aquí


“El nacimiento de una fracción puede volverse inevitable, incluso en el seno del partido que tenga la mayor madurez y cohesión, por la extensión de la influencia de este a nuevas capas sociales, por la aparición de nuevos problemas, por un cambio radical de la coyuntura, por errores de dirección, etc. Visto bajo el ángulo del monolitismo, la lucha fraccional es un 'mal'; pero es un mal inevitable y en todo caso, incomparablemente menor que la prohibición de las fracciones. Por cierto, frecuentemente, sobre todo en los partidos jóvenes, se ven intentos de formar fracciones sin bases de principios, intentos que se deben a una falta de madurez política, a la ambición personal, al arribismo, etc. En estos diferentes casos, la tarea de la dirección del partido consiste en denunciar tales emprendimientos y desacreditarlos ante los ojos del partido, sin recurrir a medidas policiales. Sólo de esta manera se puede suscitar una fidelidad profunda al partido, cuando los conflictos momentáneos, incluso muy serios, no ponen en peligro su unidad. La existencia de fracciones entraña fatalmente fricciones y pérdidas de energía, pero este es el precio de la democracia interna del partido. Una dirección que tenga habilidad y autoridad se esforzará por reducir al mínimo las fricciones de las fracciones. Logrará esto con una política correcta, apoyándose en la experiencia colectiva, con una actitud leal con respecto a la oposición, con la creciente autoridad que se ejercerá, pero para nada mediante la prohibición de fracciones, lo que no hará más que envenenar la lucha y le dará una forma hipócrita. Quien prohíbe las fracciones, proscribe por eso mismo la democracia del partido y da el primer paso hacia un régimen totalitario.” (León Trotsky, 25/7/1939)


A las organizaciones de la CRCI


Compañeros: Queremos dejar planteadas algunas caracterizaciones sobre la crisis del Partido Obrero, así como nuestra posición sobre cómo encarar esta crisis en lo inmediato.


El PT ya se ha pronunciado rechazando la expulsión de la fracción conformada por a esta altura más de 900 militantes del Partido Obrero. No somos partidarios de publicar citas en nuestros documentos, método tan frecuente en las sectas, pero vimos conveniente iniciar este documento con una cita que no deja lugar a dudas respecto a cómo pararse frente a la emergencia de fracciones en el seno de un partido revolucionario. En el mismo documento, Trotsky afirmaba: “La IV Internacional nunca ha prohibido las fracciones y no se dispone a hacerlo. En nuestro medio, ha habido y hay fracciones. El debate siempre se refiere al contenido de las ideas de cada fracción, y no a su derecho de existencia. Desde el punto de vista de las concepciones bolcheviques sobre la democracia del partido, me parecería más escandaloso acusar a un adversario, que forma parte de la minoría, de emplear métodos 'fraccionales' en lugar de entrar en una discusión con él hasta el final. Si las divergencias son profundas, los métodos propios de las fracciones estarán justificados. Si las divergencias no son serias, el adversario perderá crédito. La lucha de fracción puede tener como efecto un acuerdo de principios más claro, o una escisión. Nadie ha encontrado otras salidas, haciendo abstracción del régimen totalitario.”


No compartimos el planteo del DIP (carta al PO del 5/7), en tanto podría interpretarse como una limitación del derecho a las fracciones en un partido revolucionario. Por otra parte, partir de una separación absoluta entre un partido revolucionario y uno no-revolucionario (o incluso uno abiertamente contrarrevolucionario) implicaría una visión metafísica, no dialéctica. En 1923, Trotsky y los 46 no caracterizaban a la dirección bolchevique ni al propio PC ruso como un partido contrarrevolucionario. Yendo más atrás, en 1918 y en plena crisis en torno a las negociaciones de la paz de Brest, y más adelante en la propia etapa de guerra civil, existieron agrupamientos y hasta fracciones en el bolchevismo gobernante, hasta que en 1921 en una resolución tal vez inevitable pero para nada ejemplar el X° Congreso prohibió transitoriamente las fracciones en el partido (prohibición que la burocratización y degeneración convirtió en permanente y en un modelo para los partidos comunistas estalinizados). La historia del bolchevismo, incluso (y especialmente) en el año 1917, es la historia de la más intensa lucha política interna y también pública. A nadie se le ocurría por ejemplo ocultar las Tesis de Abril de Lenin, publicadas sin embargo como una posición personal de su redactor en el periódico bolchevique, porque no era respaldada por la dirección del partido que la consideraba un grave error, planteo que los acercaba a los mencheviques -al punto que en marzo tanto Kamenev como Stalin se dirigían a la unificación de las viejas “fracciones” en un partido común. Cuando Kamenev y Zinoviev denunciaron públicamente en el periódico de Máximo Gorki la inminente insurrección de Octubre, Lenin los repudió como “rompe-huelgas” y propuso expulsarlos, planteo que fue rechazado por el Comité Central bolchevique. Hay que recordar que pese a esa dura polémica, Kamenev pasó junto a Trotsky y a Lenin en el Smolny la noche de la toma del poder. Días después, continuaba una fuerte crisis en el seno del partido por la insistencia de los mismos dirigentes conciliadores en cuanto a formar un gobierno de unidad “socialista” (con mencheviques y eseristas), es decir, con los dirigentes contrarrevolucionarios recién derrocados. Lenin recordará todas estas vacilaciones de Kamenev y Zinoviev en su célebre testamento, sin embargo, no planteaba la cuestión en términos disciplinarios sino políticos, y pese al riesgo que implicaban estos dirigentes defendía la unidad del partido. Digámoslo claramente: sin toda esa lucha interna, incluyendo las fracciones, el bolchevismo no hubiera sido nunca un partido revolucionario. Por supuesto que no defendemos la tesis absurda de que las fracciones son deseables, o una garantía para que un partido sea revolucionario. No queremos fracciones, no alentamos que los militantes conformen grupos internos a la primera dificultad o discrepancia. Muchas veces -sobre todo entre compañeros jóvenes- existe la tentación de a partir de un documento más o menos crítico o discrepante constituir un agrupamiento al seno del partido (tendencia, fracción). Evidentemente no es el método correcto. Una tendencia o fracción es un asunto serio, se delimita de otras posiciones a partir de toda una discusión donde debe buscarse la claridad, donde deben surgir diferencias de peso y no discrepancias coyunturales o secundarias. Por ejemplo, la fracción conformada en el PO no se proclamó prematuramente, sino que hubo toda una lucha de posiciones, un ida y vuelta de documentos, incluso hubo intentos de síntesis y acuerdos en torno a caracterizaciones y consignas que precedieron a la propia constitución de dicha tendencia. Compartimos con el DIP que no debe tomarse a la ligera la lucha fraccional, y ese no pretende ser nuestro mensaje, pero a la vez consideramos aún más grave pretender resolver una crisis y una lucha de fracciones a través de métodos administrativos y abiertamente burocráticos. Nuestra carta no pretendía hacer una analogía entre tal o cual experiencia del pasado con la crisis actual, sólo señalamos algo muy elemental: cuestionar el derecho a que una fracción del partido difunda sus posiciones públicamente es repudiar toda nuestra tradición, la del bolchevismo y la del trotskismo. Como al parecer se ha entronizado (en la dirección del PO, y en quienes la apoyan) la tesis de un centralismo democrático que se parece cada vez más a una caricatura burocrática, entendimos necesario abrir un debate internacional también sobre la cuestión de la democracia y el derecho a tendencia en la CRCI y en sus partidos.


En documentos previos al Congreso presentados por dirigentes del PO, se sostiene que el crecimiento del partido es incompatible con un régimen de conducción personal, y requeriría un régimen colectivo. Tal afirmación es bastante peculiar, porque deja muy mal parados precisamente a los actuales dirigentes, que se autodefinen como obsecuentes a una especie de tiranía que habría durado varias décadas. Más allá de esto, es necesario tener en cuenta que el crecimiento del partido, su inserción en nuevas capas sociales, la conquista de más posiciones sindicales, su participación en instituciones estatales, el creciente número de funcionarios y dirigentes rentados, también trae nuevos problemas sobre el propio partido. ¿Puede un partido revolucionario no sufrir las presiones que surgen de su propia incidencia en las masas? Por ejemplo, la influencia de la pequeña burguesía en el movimiento de mujeres, las dificultades que surgen de tener la dirección de sindicatos no sólo de base sino también nacionales, la existencia de organizaciones permanentes de desempleados (separadas de los sindicatos, por la negativa de la burocracia a organizar a los desocupados) y el desafío de politizar a su sector más activo, la dirección de centros estudiantiles y la propia Federación en la universidad (en alianzas más o menos duraderas con corrientes democratizantes y populistas). Construir el partido de la clase obrera no dando la espalda a estos elementos sino interviniendo decididamente en todos los frentes de lucha de los explotados, implica un desafío muy grande. Inevitablemente, por otra parte, este desarrollo partidario estará acompañado de fuertes debates y también de crisis, por lo que el problema de las fracciones es también el de la defensa de la unidad del partido, es decir, que no se rompa a la primera divergencia seria.


La forma en que se tratan las divergencias por parte del CN del PO es realmente llamativa. Todo el tiempo se atribuye a la oposición (la anterior minoría en el CN, la actual fracción) el método de levantar diferencias ficticias y arbitrarias, con la finalidad de fracturar al partido. Pese a tal afirmación, no se caracterizan las causas de la crisis ni las bases materiales de la misma (y de la oposición). Recién luego de la expulsión, se afirma que la oposición es “pequeño burguesa”, lo cual no se fundamenta y parece un arma arrojadiza más que una caracterización. En uno de los documentos precongresales, Gabriel Solano afirmaba que “Altamira y Ramal nos tuvieron debatiendo durante meses” sobre la iniciativa o no de la burguesía en la época de la decadencia capitalista. La misma queja aparece respecto al período anterior, donde supuestamente el CN habría quedado enfrascado en discusiones permanentes por la intervención de Ramal y Altamira. De allí surgió la conclusión que desprecia abiertamente la discusión planteada: “el problema que tenemos es debatir problemas que no tenemos en vez de poner el foco en los problemas que debemos superar”, y el planteo de una dirección “homogénea” (es decir, excluyendo a la minoría, que todavía no había constituido una fracción): “La dirección que sea electa en el próximo Congreso deberá superar esta fragmentación partidaria y enfocarse en la superación de los problemas reales del partido”. Con este planteo, la anterior mayoría del CN se planteó una “salida” a la crisis: la exclusión de la minoría de la dirección, a la cual se azuzó por otra parte para que se proclamara como tendencia o fracción. ¡Un hecho inédito! ¿Cuándo hemos visto en la historia del movimiento obrero y revolucionario que una dirección provoque a una minoría para que se constituya en fracción? Es realmente un hecho inusitado e irresponsable –si el planteo no era una mera chicana, del estilo K (“¡armen una tendencia y ganen la elección!”). Al plantear de esa forma el desarrollo del Congreso, la mayoría se definía ella misma como fracción “homogénea” frente a los dirigentes que estaban en minoría en el CN anterior. En este contexto, no es posible hacer abstracción de los métodos con los cuales se ha llevado adelante este objetivo de aislar a la minoría y excluirla de la dirección así “homogeneizada”: hacemos referencia a la intrusión en el correo electrónico de Ramal, para sustentar una acusación de supuestas conspiraciones con “enemigos del partido”. En la reunión que mantuvimos en Montevideo con los compañeros Santos y Heller, creímos entender que dicha intrusión se había producido en el local central del PO y por ello afirmamos en una carta que había sido realizada por un militante o dirigente que sorprendió el correo abierto (una conclusión lógica, dado que es impensable que otra persona accediera a esa computadora sin ser al menos militante, o incluso funcionario o dirigente). La Comisión Internacional del PO se ofendió con tal afirmación y dijo que mentíamos. Releyendo los textos de los BI, vemos que hay una referencia a que los correos electrónicos fueron entregados (en una carpeta que contendría aún más documentos) por una fuente “anónima”. Aceptar denuncias anónimas tiene por supuesto otras aristas, porque podría ser el resultado de una infiltración en el partido, y una acción de provocación para romperlo. Es inconcebible que la dirección del PO haya aceptado este método, máxime cuando las “denuncias” no implicaban una acción de Ramal sino apenas la recepción de un correo de un elemento que había sido separado, descompuesto y hostil a la dirección, es decir, ¿se tiene tan naturalizado el hecho de poder acceder al correo personal de un dirigente, como para aceptar tal “prueba” en su contra? Hay aquí dos aspectos a analizar: ¿hay una acción de infiltración o espionaje de algún aparato (que interviene a través de un “anónimo”)? ¿es tolerable que en un partido revolucionario se acepte y utilice el espionaje sobre dirigentes o militantes? La respuesta que nos dio la Comisión Internacional del PO defiende la utilización de estos métodos, en lugar de retractarse. La CRCI tiene que pronunciarse al respecto.


Otra cuestión que surge en toda esta crisis es cuál es el rol de la Comisión de Control. Se supone que la misma no existe como una especie de tribunal inquisidor, ni aún como una comisión de disciplina sobre los militantes. Por el contrario, surge precisamente para tener ciertas garantías contra posibles abusos a los derechos militantes.[1] Para tomar resoluciones disciplinarias (incluso la separación) existen los organismos partidarios cotidianos –como las células y el comité central. Cuando un militante entiende que no se respetan sus derechos, tiene derecho a recurrir a la Comisión de Control que puede aconsejar al Comité Central algún curso de acción, y que es independiente para realizar un informe al Congreso (con independencia total respecto al CC). Según los textos de la fracción pública (FP), en el Congreso hubo un extenso informe de la Comisión de Control en contra precisamente de los dirigentes de la minoría, y se impidió que Altamira pudiera responder dicho informe. Luego del Congreso, el CC considera una grave falta de algunos militantes (Ramal, Altamira, Ferro) el haberse negado a concurrir a la Comisión de Control ante lo que consideraban una falta de garantías y además por el hecho de que no había adoptado posición sobre el espionaje denunciado. Un integrante de la Comisión de Control publicó en facebook un “poema” (de alguna forma hay que llamarlo) contra Altamira, llamándolo “ocioso” y básicamente deseándole la muerte. En cualquier lugar más o menos sano, le hubieran pedido de inmediato que diera un paso al costado, dejando ese lugar a otro compañero que al menos diera la apariencia de cierta imparcialidad y trato respetuoso a los compañeros. Sin embargo, la dirección del PO decidió designar a este mismo personaje en la Comisión Internacional… ¡para que trabaje en común con Altamira! La no concurrencia a la Comisión de Control se convierte de pronto en una grave falta, exigiéndose en Boletines Internos que se modifique esta actitud con amenazas veladas en cuanto a que se está violando el centralismo democrático y colocándose por fuera del partido. ¿Se puede concebir una distorsión mayor del objetivo de una Comisión de Control?


Reiteramos nuestra posición en cuanto a conformar un tribunal internacional para analizar la denuncia de espionaje realizada por Ramal. Existen antecedentes donde nuestra corriente impulsó tal tribunal ante acusaciones de tipo moral. En este caso, debería aclararse el asunto de la denuncia “anónima”, que puede implicar habilitar cualquier tipo de intromisión y hasta infiltración hacia el partido. La CRCI tiene la palabra.


Más arriba, hicimos mención a la protesta del compañero Solano respecto al debate sobre la “iniciativa estratégica” de la burguesía. En realidad, dicha polémica fue iniciada por otro dirigente de la mayoría (Pablo Giachello) contra un artículo de la revista de la CRCI “World Revolution” escrito por Jorge Altamira. Entendemos que esta discusión es fundamental. No se comprende por qué este debate quedó confinado al BI del PO, cuando lo correcto hubiera sido realizar la polémica en la propia revista. Negar incluso la posibilidad de que la iniciativa pase a la izquierda revolucionaria, es negar toda la caracterización de la descomposición capitalista, de la bancarrota de los Estados (su agotamiento para realizar salvatajes financieros) y de la consiguiente crisis inevitable de los regímenes políticos. Nuestra corriente ha librado una lucha sistemática para poner de relieve ante la vanguardia obrera la etapa histórica en la que nos encontramos, en la cual todas las clases se ven forzadas a intervenir con independencia de con qué comprensión o conciencia lo hagan. Decir que la izquierda revolucionaria no puede tener la iniciativa, es justificar a todas las corrientes y partidos que la miran pasar mientras se desvían al terreno del cretinismo electoral y parlamentario, por ejemplo, la izquierda de Francia ante el movimiento de los chalecos amarillos, o la izquierda de Brasil cuando ya en 2013 fue incapaz de tomar la iniciativa ante la rebelión contra el aumento del boleto. Varoufakis afirmaba en 2014 que “la izquierda no está preparada aún para un cambio radical” por lo que debe “hacer campaña por la estabilización del capitalismo europeo”. Sin llegar a una encerrona tan grande, el planteo de Giachello conduce a una actitud contemplativa, de expectativa y no de preparación de la rebelión que tiende a configurarse ante la imposibilidad del régimen de encontrar una salida a su crisis. El asunto es con qué política intervenimos para ayudar a la vanguardia obrera a tomar la iniciativa, es decir, si ponemos de relieve que la propia bancarrota capitalista tiende a poner en crisis a los regímenes políticos, y si ante una crisis de régimen levantamos consignas de poder. Si partimos de la premisa de que no existe ni siquiera potencialmente una iniciativa de la izquierda revolucionaria, nos privamos de preparar esa iniciativa, nos condenamos a ser sorprendidos por los acontecimientos. Algo que va en contra de toda la historia del Partido Obrero –basta recordar los pronósticos y la intervención que ellos permitieron en caso del Cordobazo y el Argentinazo. Por otra parte, el lenguaje es sabio: la iniciativa no es algo dado; hay que “tomar” la iniciativa. Las condiciones no sólo existen o no existen, las condiciones también se crean.


El debate en el Partido Obrero no es caprichoso ni antojadizo. La afirmación de que son diferencias inventadas o magnificadas artificialmente, no permite abordar con seriedad la discusión. Existe una divergencia fundamentalmente de caracterización de la etapa política. Mientras que el CN defiende que la burguesía ya armó un relevo más o menos ordenado a la crisis del macrismo, y que por lo tanto la crisis está relativamente controlada, la oposición entiende que la fragmentación de la burguesía y del régimen político no se resuelven con la elección, por lo que la crisis no se clausura, sino que se reabre rápidamente. A partir de su caracterización, el CN impulsa una política centrada en la disputa con el kirchnerismo (posible relevo, con el que se disputa influencia en las masas), en tanto la oposición reclama colocar consignas de poder, y en particular una consigna transicional como la asamblea constituyente soberana (que gobierne). Hace muy poco, un editorial firmado por el compañero Pitrola afirmaba que había “un salto cualitativo en la crisis” y planteaba “que se vaya ahora mismo (el gobierno) con un Cordobazo nacional”, es decir, una insurrección de masas. El artículo concluía con las siguientes consignas: “¡Fuera Macri y todo el régimen del FMI ya mismo! Con millones de trabajadores en las calles. Paro activo nacional ya de 36 horas. Por un Congreso de todos los sindicatos con mandato de las bases, mediante asambleas para discutir un plan de los trabajadores de salida a la crisis a partir de nuestras reivindicaciones. Al servicio de esta perspectiva el PO ha formulado el planteo de Asamblea Constituyente, libre, soberana y con poder, para reorganizar el país sobre otras bases sociales, la de los trabajadores.” (PO, 8/3). Un planteo que no se continuó, por lo que o bien estaba decididamente errado, o más probablemente refleje un abordaje empírico de la situación política y la intervención partidaria; es decir, cuando se agudiza la fuga de capitales y la devaluación, se visualiza la necesidad de dar una respuesta enérgica, y luego esto se disipa, y se pasa a otras consignas y tareas. Por su lado, la fracción de oposición interviene con una caracterización definida y una estrategia clara, y protesta ante el abandono de las consignas de poder, o su utilización como un complemento más o menos secundario en un “sistema” de consignas. Es un hecho objetivo que lo spots del FIT-U no levantan en general ni siquiera en forma propagandística consignas como el gobierno de trabajadores, mucho menos planteos transicionales ante la envergadura de la crisis.


El otro debate instalado en el PO tiene que ver con el régimen interno, de partido. La forma en que la dirección está afrontando la crisis, vuelve muy verosímiles todas las críticas a abusos y falta de democracia interna que ya levantaba la oposición. La resolución puramente administrativa de la crisis, a través de expulsiones, ha recibido críticas de organizaciones de la CRCI, e incluso de dirigentes del propio PO (como el compañero Crespo, que hizo pública su discrepancia en las redes). Pese a que se han seguido sumando adhesiones a la fracción opositora, la dirección fue escalando en sus medidas, cambiando cerraduras a los locales, y hasta recurriendo a la justicia electoral para tomar el control del partido allí donde es minoría (Tucumán). Este último aspecto es realmente grave, en tanto se recurre al Estado para que desempeñe un papel de árbitro en la crisis partidaria. Según denunció una militante, la dirección del PO modificó la carta orgánica de la personería nacional un mes antes de las expulsiones, para incorporar la figura de la intervención. “En nombre de incorporar la paridad de género se modificó y presentó a la justicia una carta orgánica que modifica la original (del año 2013) y que no contemplaba esta figura”. Estamos ante una acción meditada, por lo tanto, y no una improvisación, lo que lo hace doblemente grave.


Las acciones emprendidas por la actual dirección del PO tras el Congreso, en particular las expulsiones e intervención de regionales, apelación al Estado burgués para definir una lucha al interior del partido, constituyen una respuesta de aparato. Es imposible caracterizar correctamente la crisis del PO sin tomar en cuenta este elemento fundamental. Una respuesta de aparato revela la existencia de un aparato burocrático, no simplemente una idea errónea sobre el “centralismo” necesario en una organización revolucionaria. La mentalidad de aparato no es un clavel del aire, tiene raíces en la propia organización. La idea de “homogeneizar” sobre la base de exclusiones y sanciones, en oposición a cohesionar al partido a partir de la democracia interna, la intervención en la lucha de clases y el balance crítico del propio partido, obedece a las aspiraciones de un aparato que cree haber encontrado la vía para su crecimiento y desarrollo en una política crecientemente electoralista y parlamentarista -que todavía no está plenamente desplegada, pero que sólo puede agudizarse en caso de consolidarse la expulsión de la FP.


Si vamos a hacer analogías, tal vez la más interesante sería la de la crisis del MAS a fines de los '80. Naturalmente, en el caso del MAS la dirección empujaba al partido a la derecha y a la integración al Estado capitalista, pero esto no iba en contradicción sino en sintonía con toda la historia del morenismo. En cambio, en el Partido Obrero una línea de adaptación al parlamentarismo se contradice con su propia historia y exige sacrificar a su propio fundador y principal teórico. Es realmente intructivo analizar cómo se paraba el PO frente a los inicios de la crisis del MAS, lo que se puede leer en el libro “La estrategia de la izquierda en la Argentina” de Jorge Altamira. En primer lugar, porque Altamira defendía allí el derecho a las fracciones, lo cual no puede ser ninguna novedad para ningún militante medianamente informado. “El centralismo democrático no admite, por principios, ninguna clase de restricción al debate de las ideas -las que pueden ventilarse en forma de documentos internos, en la prensa partidaria y aún en la prensa y medios de comunicación externos al partido. El militante revolucionario tiene el derecho y la obligación de pensar con su propia cabeza, en tanto aplica en la práctica y en el terreno de la organización las resoluciones votadas por la mayoría. No es la discusión franca sino la intriga y la camarilla lo que está reñido con la pertenencia al partido revolucionario.”


Vale la pena reproducir otras citas del mismo texto: “Un partido que adhiere a la dialéctica materialista no puede nunca ufanarse del gradualismo y de la regularidad de su desarrollo, ni tampoco de la ausencia en su seno de vigorosas y desgarradoras divergencias políticas (y hasta de enfrentamientos mezquinos y de camarillas). Una dirección que proclama a los cuatro vientos que es inmune a los choques políticos, a las posibilidades de escisión, a los retrocesos y a las crisis, pretende con ello dar una imagen de respetabilidad, orden y eficacia, que naturalmente apunta a una determinada parte del cuerpo electoral.” “El trabajador que se forma en un cuadro de estas características tiene más chances de convertirse en un puntero electoral o en un burócrata que en un militante revolucionario. Que el bolchevismo ruso hubiera protagonizado sus mayores crisis en momentos tan ricos y convulsivos como en las postrimerías de la revolución de febrero y en las vísperas de la revolución de octubre de 1917, no parece haberle enseñado nada a la dirección del Mas.”


“Se puso en evidencia de este modo que el partido que se declara campeón del 'socialismo con democracia', es en realidad una organización burocrática. En el Mas las divergencias políticas solamente están autorizadas en los periodos previos a los congresos, cuando también se pueden formar tendencias y fracciones sobre la base de esas divergencias. Fuera de las vísperas de los congresos, las divergencias y la formación de fracciones están prohibidas, lo que equivale a decir que se suspende el derecho a pensar con la cabeza propia. En el Mas se ha expulsado a compañeros por el sólo hecho de recibir Prensa Obrera por una vía independiente de su dirección regional.”


“La dirección del Mas ha preferido la vía de la escisión porque necesita más que nunca conservar todo el control organizativo capaz de asegurarle la aplicación de una política electorera sin principios de cara a las elecciones del '89, en las que juega una apuesta definitiva para meter a Zamora como diputado y obtener como consecuencia de esto, el 'reconocimiento oficial' del Estado con todas las prebendas que de aquí se puedan derivar.” “La escisión del Mas se explica, por lo tanto, como una consecuencia de su evolución política derechista y del absoluto compromiso de su dirección con un electoralismo reñido con los principios más elementales de la táctica marxista. Cualquier otra dirección que no estuviera tan decididamente jugada a una política de integración al Estado burgués hubiera impedido por todos los medios, incluidas las concesiones, la escisión que ahora se ha corporizado en el PTS.”


Las comparaciones son odiosas. Y las analogías pueden ser, ¡esperamos!, injustas. Queremos creer que la dirección del Partido Obrero será capaz de revertir las expulsiones y todas las medidas burocráticas de intervención de regionales e intervención de la justicia en el principal partido de la CRCI.


El documento de la fracción pública del PO proclama su condición de fracción internacional. Cabe recordar que Jorge Altamira es nada menos que el redactor del programa de la CRCI (Tesis Programáticas de 2004). La CRCI tiene que pronunciarse ante esta declaración de la FP. El PT propone que la CRCI reconozca a la fracción pública del PO, y que exija su reincorporación plena al partido. Las divergencias deben ser debatidas en el marco de un Boletín Interno Internacional, discusión que permitirá elevar nuestra comprensión de la etapa y de las tareas de los revolucionarios en la actual crisis capitalista.


Con saludos revolucionarios, Comité Central del Partido de los Trabajadores (Uruguay)


Notas


[1] “En el IX Congreso surge una nueva oposición. El grupo del «Centralismo Democrático» que cuenta con VIadimir Smirnov, Osinsky y Saprónov, denuncia la centralización excesiva y el abuso de los métodos autoritarios. Sus protestas suscitan la creación de una Comisión de Control que invita a que todos los abusos le sean denunciados «sea cual fuere la posición o cargo de las personas incriminadas».” (Pierre Broue, El Partido Bolchevique)