16/10/2003 | 821

Edward Said, un luchador de la causa palestina

A los 67 años de edad, el 25 de septiembre último, murió de leucemia Edward Wadie Said, intelectual y luchador de la causa palestina. Said nació en Jerusalén el 1 de noviembre de 1935. Su padre, Wadie, era un cristiano integrante de una próspera familia; su madre, la hija de un sacerdote bautista de Nazareth. En su libro Out of Place (1999), Said describe las memorias de su infancia y adolescencia. La Guerra del ’48 y la expulsión masiva de palestinos con la creación del Estado de Israel, llevó a la familia Said a Egipto. De allí marcharon a los Estados Unidos, donde Edward cursó sus estudios y se graduó en la universidad.


Edward Said fue uno de los principales expertos en literatura contemporánea de fines del siglo XX. Como profesor de inglés y literatura comparada en la Universidad de Columbia, de Nueva York, ha sido apreciado como el representante del post-estructuralismo de izquierda en Estados Unidos. Pero no sólo abrazó la literatura, sino que mostró también una pasión increíble por la música.


Su libro más influyente, Orientalism (1978), que le valió el reconocimiento internacional, muestra la relación entre el «iluminismo» europea y el colonialismo del siglo XVIII, explicando cómo el atraso de los países oprimidos era en interés de los países imperialistas en expansión.


La influencia de Said fue mucho más allá de la literatura, la música y el mundo académico; fue visto en dicho mundo como el defensor de la causa palestina ante los norteamericanos. Allí se ganó el odio del lobbysionista, que lo llamó «profesor de terrorismo» y lo calificó una y mil veces de «antisemita», aunque su amistad con intelectuales y activistas judíos siempre fue notoria. En su libro The Question of Palestine (1979), Said explica no sólo los mitos del sionismo y sus derechos únicos sobre Palestina. También esboza la crítica a los acuerdos fomentados por el imperialismo, como la paz firmada entre Egipto e Israel en 1977. En ese mismo libro cita su famosa entrevista con el entonces general en jefe del Ejército israelí, Mordechai Gur (Al Hamishmar, marzo de 1978), donde el alto militar israelí reconoció la política de terror masivo aplicada por el Ejército en el Sinaí, Cisjordania, el sur del Líbano, etc. Ya entonces Said denunciaba el carácter encubridor hacia el terrorismo israelí por parte de los norteamericanos.


La Guerra de los Seis Días, con la ocupación de Cisjordania y Gaza, y una nueva ola de refugiados como la del ’48, lo introdujo en la política. En 1977 fue electo, como intelectual independiente, para integrar el Consejo Nacional Palestino, una especie de parlamento en el exilio y la máxima instancia del movimiento de liberación nacional, aunque no adhería a ninguna de las fracciones. En ese entonces, Said proponía la llamada solución de los dos Estados, que fue adoptada en la reunión de Argelia del CNP en 1988. De hecho, fue miembro del CNP durante 14 años, hasta su renuncia en 1991 por su oposición a Arafat, a quien criticaba por su acercamiento al Estado sionista y al imperialismo.


Said fue el primero en atacar los acuerdos de Oslo. A su juicio, dichos acuerdos fueron un símbolo «de la rendición palestina» frente a Israel y a Estados Unidos. Es que Oslo liquidaba la cuestión palestina, renegando del derecho al retorno de los refugiados y dándole a Israel la supremacía sobre todo el territorio, cuando a los palestinos sólo se les otorgaba una soberanía formal. La crítica de Said alcanzó hasta los últimos detalles: el hecho de que la dirección palestina firmaba documentos en inglés, idioma que los negociadores no conocían adecuadamente; el hecho de que no hubiera abogados palestinos durante las negociaciones, etc. Según Robert Fisk, Said, como todo académico, quería la exactitud. Así lo retrata en una de sus últimos encuentros con él: «La vez anterior que lo vi estaba furioso por el fracaso de los palestinos en Boston para arreglar las diapositivas en el orden correcto para una conferencia sobre el derecho al retorno de los palestinos a Palestina» (The Independent, 26/9).


Su crítica a la dirección palestina le hizo ganar el odio de ésta, al punto que Arafat prohibió sus libros en los territorios ocupados. Un aspecto interesante de su crítica a las posiciones de la OLP era la marcada insistencia por ganar a las masas israelíes, explicando que el objetivo de la lucha palestina no es deportar a los judíos de Medio Oriente: «A lo que nos oponemos es a que los israelíes nos dominen y continúen ocupando y despojándonos de nuestra tierra». Aunque Said no lo especificó en un sentido clasista (ganar a los trabajadores judíos a que apoyen la causa palestina), sino liberal, en un artículo de 1998, reproducido enThe End of the Peace Process. Oslo and After (2000), llamaba a trabajar con los israelíes que estaban en contra de la política de Netanyahu en una lucha secular común y democrática. Al mismo tiempo, denunciaba a los dirigentes palestinos que se regodean de sus nuevas relaciones con ex-agentes del Mossad y el Shin Bet.


Sus críticas señalaron la dictadura y corrupción del nuevo régimen implantado en la Autoridad Palestina. La falta de democracia, la cuenta bancaria secreta de Arafat, los monopolios de palestinos asociados al gobierno en sociedad incluso con miembros de los cuerpos de seguridad israelíes: todo esto fue denunciado por Said sin escrúpulos. «Que quede claro – decía en ese mismo artículo – : el gobierno israelí desea una autoridad débil, corrupta e impopular. La Autoridad Palestina no ha sido creada para la democracia o un diálogo de iguales».


Luego de los acuerdos de Oslo, la situación de los palestinos empeoró; devino imposible para ellos viajar libremente de un lugar a otro del territorio; Jerusalén fue declarada fuera de sus límites; los asentamientos de colonos en los territorios siguieron creciendo, como también las rutas «circunvalantes» que dividieron a Cisjordania y Gaza en pequeños cantones; asimismo, cientos de casas fueron destruidas y otras tantas parcelas fueron despojadas a sus dueños, ya sea para la construcción de nuevos asentamientos, ya sea para las nuevas rutas.


Es así que Said cambió su concepto de fines de los ’70 (dos Estados para dos pueblos), por el de un Estado democrático y secular que debía surgir de los «muertos y embalsamados» acuerdos de Oslo. Un «Al-Andalus» nuevo donde la civilización llegue a un alto grado de desarrollo en una diversidad multicultural, multirreligosa y multiétnica (Al-Hayat, 30/6/98).


Said también desarrolló una crítica en contra de los regímenes árabes y su relación negativa con la causa palestina. En uno de sus últimos artículos escribió que el éxito de la propaganda israelí en el mundo se ha debido, en gran parte, no solamente a las campañas cuidadosamente planificadas y minuciosamente ejecutadas, sino también al hecho de que el lado árabe ha sido prácticamente inexistente. Said acusó de política criminal el hecho de que los líderes árabes hayan permitido que la lucha palestina quedara aislada. Said denunció que dichos líderes buscaban congraciarse con el gobierno norteamericano y convertirse en clientes de los Estados Unidos, para asegurar para sí mismos su permanencia en el poder. Esta identificación con el imperialismo norteamericano, dijo Said, se ha incrustado tan profundamente que incluso la ha suscrito el liderazgo palestino.


Desafortunadamente, Said no fue capaz de ver que la resolución de la cuestión palestina debería pasar por una revolución social, que uniera en un futuro común a las masas árabes y judías bajo la dirección de la única clase social, la clase obrera, interesada en liquidar la opresión, la segregación religiosa y el régimen de apartheid vigente en Palestina. La resolución, por ejemplo, de la cuestión de los refugiados, no podría ser nunca concebida sin un cambio en las relaciones de propiedad.


Aunque en los últimos cuatro años la salud de Edward Said se hizo más débil, siguió comprometido en todo lo concerniente a la lucha palestina. En julio de 2000 visitó el Líbano y fue fotografiado por la prensa cuando, con un grupo de jóvenes libaneses del sur, arrojaba piedras a los soldados israelíes apostados en la frontera. Su hija, Najla, mandó una declaración hace unos días después de recibir numerosas condolencias por parte de activistas palestinos tras la muerte de su padre: «En los últimos días mi padre lloraba por Palestina, y por su pérdida de movimiento y energía para escribir, escribir y escribir. Me animó, desde su cama, a continuar la lucha, continuar… superar las pequeñas diferencias con tus colegas y escribir y actuar». Desde estas páginas rendimos nuestro humilde homenaje a Edward Said y le decimos: a continuar la lucha por una Palestina laica, democrática y socialista.

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