21/05/1998 | 585

En las vísperas del IX° Congreso del Partido Obrero

En el balance de las elecciones del 26 de octubre, el Partido Obrero destacó tres aspectos principales de la situación política. El primero fue la posibilidad de la división del peronismo. El segundo aspecto era la inevitabilidad de la ‘menemización’ de la Alianza, es decir, la tendencia a transformarse en un reem­plazante o un sustituto de Menem, como portavoz de los grandes intereses capi­talistas internacionales y de los grandes pulpos nacionales. El tercero es que, al menos en una vanguardia, existía em­brionariamente, pero en forma clara, un desplazamiento de los trabajadores, del peronismo y del seguidismo a los parti­dos o movimientos patronales hacia una política de independencia de clase, de formación de un Partido Obrero. Es así como interpretamos los resultados del Partido Obrero que, por primera vez, aparece como el partido más votado de la izquierda y con una escala de creci­miento porcentual de características inusitadas. Eran votos de trabajadores que habitualmente habían votado al peronismo. Ya se había observado du­rante la campaña electoral que en los actos, reuniones y manifestaciones del Partido Obrero había dos grandes ca­racterísticas: una gran asistencia, in­cluso en zonas rurales, de mayoría pero­nista, y dentro de todo eso, mayoría de mujeres.


El hecho de que el Partido Obrero esté impulsando hoy un movimiento in­dependiente de mujeres trabajadoras, que acaba de sacar un periódico que se llama Trabajadoras es una expresión práctica de esta conclusión política.


División del peronismo


La división del peronismo es un he­cho. Menem está en una franca guerra contra Duhalde y Duhalde está en una franca guerra contra Menem; es una división en el poder que además afecta a la sucesión de 1999.


En el curso de su gobierno, el mene- mismo se ha hecho representante de un círculo cada vez más estrecho de intere­ses capitalistas. Como consecuencia del gran endeudamiento del país, de una deuda externa que llega a los 150.000 millones de dólares, ha caído bajo una feroz dependencia de los grandes bancos y, en particular, de una constelación encabezada por el Citibank, que contro­la los teléfonos y que ha pasado a contro­lar la mayor parte de los medios de comunicación, y que pretende seguir avanzando en el campo de la prensa y de los seguros.


Duhalde es el jefe del Banco Provin­cia; está rodeado de importantes grupos capitalistas y hay grandes pulpos norte­americanos metidos con el Banco Pro­vincia, en la financiación de la salud; en las aseguradoras de riesgo de trabajo; en la privatización de las prestaciones previsionales. Duhalde pretende privatizar el 49% del Banco Provincia, lo que significa ponerlo bajo el control de la Bolsa y de Wall Street. El Banco Provin­cia es uno de los factores fundamentales de choque entre Menem y Duhalde. Uno representa los intereses de la coloniza­ción completa a manos del Citibank; el otro representa una constelación de in­tereses (por ejemplo, en el directorio del Banco Provincia se encuentran la Socie­dad Rural, la UIA bonaerense, etc.)* incluidos capitales norteamericanos.


El empantanamiento se ha agudiza­do por el agotamiento del ‘plan’ econó­mico. Esto da lugar a una lucha mortal; ésta es la razón por la que el grupo Citibank es el puntal de la re-reelección de Menem.


Pero hay una cuestión de conjunto mucho más decisiva. El movimiento que debutó para realizar grandes conquis­tas populares, o para traducir al campo legal toda una serie de conquistas popu­lares, se ha transformado en el mayor verdugo de los trabajadores en este país desde Uriburu. No pasa un día sin que se dé un golpe contra los trabajadores. El peronismo está completamente ago­tado; la prueba de ello es que no cumple ninguna de las tareas para las que nació históricamente: la independencia bur­guesa del país, apoyada en un movi­miento popular.


Para las masas y los trabajadores, el peronismo se ha convertido en una car­ga. El hecho significativo es que la gente que todavía en el 95 votó por Menem es la protagonista fundamental de los cor­tes de ruta. El peronismo no tiene ban­deras populares; es un partido que vive del presupuesto, del robo, del privilegio, de la corruptela; la posibilidad de que se le acabe la mamadera del presupuesto lo destruye.


En 1989, un sector de la izquierda argentina, el Movimiento al Socialismo, cometió el error gravísimo, de decir que se había creado una situación revolucio­naria por causa de los saqueos; que Menem no iba a poder gobernar, que el retomo del peronismo al gobierno lleva­ba a su división, y que con la división del peronismo llegaría la toma del poder por el Mas. El peronismo no se dividió, pero el Mas sí. El PO sacó otra conclusión: no había ninguna situación revolucionaria y, además, los trabajadores iban a pagar con dolor y sufrimiento el haber votado por Menem. En un afiche, ‘La Casa Rosada no cambia de dueño’, se de­cía que sólo cuando hubieran sufrido las consecuencias de haber votado como votaron, podrían los obreros empezar a rebobinar y sacarse al peronismo de encima. Por eso ahora se plantea la posibilidad de la derrota electoral del peronismo, la posibilidad de la división del peronismo y, según las característi­cas que adopte la crisis, que caiga Me­nem antes de la finalización de su man­dato.


‘Menemización’ de la Alianza


Cuando Graciela Fernández Meijide fue a ver al arzobispo Gandiz, éste le deseó la ‘mejor de las suertes’. Los obispos no dicen estas cosas en forma gratuita. La iglesia es muy estricta. Cuando Roque Fernández discrepó con el FMI, y hasta Menem discrepó con el FMI, e incluso Erman González decía discrepar con el FMI, el único que no discrepaba con el FMI era el Chacho Alvarez.


El punto de partida de la Alianza fue el frente que una serie de partidos de izquierda formaron en 1992, el Frente del Sur. El Partido Obrero dijo en ese momento que iban a terminar como agentes del FMI. Este frente llevaba como candidato a un director de cine, Solanas, es decir, que no quería ganar a la opinión pública sobre la base de la lucha popular; le quería ahorrar al pue­blo la necesidad de pensar en un progra­ma. Esto volvió a repetirse con candida­tos como David Viñas o como el ‘isabeliano’ Alejandro Otero.


Marx dice en el Manifiesto Comunis­ta: “nos negamos a no decir lo que queremos”. ¿Qué nos dice esta izquier­da?: ‘Nos negamos a decir lo que queremos’, cuanto más podamos ocul­tar nuestros fines, mejor.


Pino Solanas, el Partido Comunista, el Frente Grande, el Chacho Alvarez, la Fernández Meijide, representan a la pequeña burguesía que quiere sustituir a la clase obrera como dirección política del movimiento nacional. Son los escri­tores, los abogados, los teólogos, los his­toriadores; que dicen que se puede vivir en un capitalismo honesto, un capitalis­mo sin corrupción, un capitalismo con auténtica división de los poderes, un capitalismo que respete al obrero.


En 1998 esta pequeña burguesía ya ha hecho toda una evolución política: parte de ella defiende la convertibilidad, defiende el sueldo de 200 pesos de los docentes, y defiende la flexibilidad, y toda ella ayuda a reventar la huelga de Río Turbio. Es decir, esta pequeña bur­guesía hace un ciclo político completo y revela, una vez más, que cuando quiere cumplir una función dirigente, termina como agente del imperialismo. Ya en 1992 habíamos dicho que esta pequeña burguesía terminaría en brazos del im­perialismo. El comentario de moda, era que, como de costumbre, desarrollábamos un hábito imperdible por la exage­ración. Pero el Frepaso ha batido todas las expectativas, es un agente directo del imperialismo. La pequeña burgue­sía ve realizar sus intereses sociales cuando ocupa una banca en el parla­mento, cuando llega a una gobernación, cuando puede repartir entre su clientela una parte de su presupuesto; y al igual que Alfonsín, que también representa­ba a la pequeña burguesía, se conforma si puede convertir al centro de la ciudad de Buenos Aires en una variante del centro de la ciudad de París.


Tenemos entonces que el peronismo está en crisis y puede dividirse; y que se estructura una oposición que a la veloci­dad del sonido va perdiendo todo su plumaje popular. Esta combinación es históricamente explosiva: combinada con una organización de los trabajado­res detrás de un programa consecuente y de un partido revolucionario, crea una crisis de poder.


La clase obrera


El análisis del movimiento obrero y de las masas de este país exige pensar contradictoriamente. Los trabajadores están sufriendo la peor ofensiva que hayan conocido en toda su historia y al mismo tiempo hay unas luchas tremen­das.


En los últimos días hubo dos pronun­ciamientos de los presidentes de Ford y Renault, respectivamente, que amena­zaron casi con retirarse del país, si no se los autorizaba a pagar los salarios (infe­riores) que pagan Fiat, Toyota, Chrysler y General Motors, que ingresaron recientemente, con modalidades de con­tratos precarios, por seis meses, pasan­tías, contratos de aprendizaje, etc. La perspectiva es de un enfrentamiento muy serio, que ya se viene desarrollan­do, con los obreros de Renault y de Ford. Pero esto demuestra también hasta qué punto el progreso general del capitalis­mo en su aspecto tecnológico, es al mis­mo tiempo un proceso de degradación social y cultural. Porque para* que un patrón le pueda pagar a un obrero 400 pesos necesita un obrero reducido a apéndice inhumano de la máquina. Esto desnuda la característica civilizadora propia del desarrollo capitalista. Cuan­do Marx dice que el burgués aún bajo el capitalismo revoluciona constantemen­te la producción, quiere decir que juega un papel de socavamiento del propio mundo capitalista. Al aumentar cons­tantemente la productividad para tener obreros desempleados y para bajar los salarios, está socavando su propia domi­nación.


¿Cómo razona una dirección oficial del movimiento obrero? ‘Hay que ceder en todo para mantener un mínimo cuadro de ocupación. Si no cede­mos, si luchamos por aumentos sa­lariales, es peor’; es decir, que actúan como rehenes del capital. Por lo tanto ceden en toda la línea pensando que otra alternativa sería peor; me refiero a la CGT de Daer, al MTA y a la CTA. La CTA apoya abiertamente a la Alianza, que apoya la reforma laboral que incor­pora todos los contratos precarios como norma general en el sistema laboral.


Los capitalistas dicen que para sub­sistir tienen que incrementar el rendi­miento (explotación) laboral. Sin em­bargo, cuando Fiat estuvo cerrada todo febrero porque no había demanda en Brasil, perdió mucha más plata que toda la que había ganado como consecuencia de la reducción de salarios. El despilfa­rro capitalista es descomunal. Se calcu­la que la crisis asiática hizo perder al capitalismo un billón quinientos mil millones de dólares. ¿Cuánta reducción salarial será necesaria para compensar eso? La perdieron en una crisis y la crisis es totalmente ajena al obrero y hasta cierto punto al propio capitalista como persona. Es la crisis del régimen capita­lista. Mucho más lógico sería luchar por un sistema social superior que no tuvie­ra esas crisis.


La clase obrera ha sufrido un retroceso absolutamente extraordinario como consecuencia de esa crisis del capi­talismo, del agotamiento del peronismo y de la crisis sindical. Pero los golpes del capitalismo obligan a los trabajadores a buscar una salida colectiva nueva. Los desocupados forman grandes organiza­ciones de desocupados. La juventud tra­ta de formar organizaciones juveniles marcadas por otro tipo de orientación.


Perspectivas


Esta situación deja planteadas las siguientes alternativas.


La primera es que en el movimiento obrero se produzca, como consecuencia de la superexplotación y como conse­cuencia de las luchas, una creciente po­litización. El obrero aún se siente sin fuerzas para hacer grandes huelgas ge­nerales, para hacer grandes ocupacio­nes de fábricas, pero evoluciona en el campo político. Se acerca a los partidos combativos, los vota. Se prepara políti­camente para luchas decisivas.


Es decir, el pueblo se radicaliza; los partidos crecen. Los partidos forman agrupaciones, las agrupaciones se desa­rrollan en las fábricas y este crecimiento de la organización prepara una nueva etapa de lucha. El Partido Obrero im­pulsa esta vía de desarrollo político con la consigna de la necesidad de formar una alternativa independiente de los trabajadores, de conquistar la indepen­dencia política de la clase obrera y de formar un Partido Obrero. Esto es una vía de desarrollo y es la vía que con más tenacidad está desarrollando el PO, le­vantando tribunas, abriendo nuevos lo­cales, conquistando 4.000 suscriptores, vendiendo más periódicos, armando redes de distribuidores, como método de organización de la vanguardia obrera, para que por medio de la organización, haga frente a la ofensiva capitalista.


La otra vía, combinada, de desarro­llo, es que esta situación se derrumbe bruscamente como en Asia. Una situa­ción muy mala que se agrava brusca­mente puede producir grandes levanta­mientos populares. Una alternativa de este tipo es muy posible por las caracte­rísticas de toda la crisis mundial.


El Partido Obrero trabaja en función de esta perspectiva general. Indudable­mente, la auténtica alternativa inde­pendiente es un Partido Obrero. Es la organización de la vanguardia de los obreros en un partido propio. Para los muchos trabajadores que necesitan aún madurar la idea de un partido, el PO plantea que las organizaciones de los trabajadores, sean reivindicativas o po­líticas, se unan en un trabajo común; el trabajo en común de organizaciones obreras; populares, que tienen fines puramente reivindicativos con las orga­nizaciones partidistas.


En 1848, en el primer programa de un partido obrero, se dice que la cons­trucción de un partido obrero es inte­rrumpida constantemente por la com­petencia entre los propios trabajadores. La construcción de un partido obrero no puede ser entonces un proceso lineal. Es interrumpida constantemente por la competencia que el capital azuza entre los obreros. Es interrumpida constante­mente porque aparece una burocracia que traiciona el movimiento. La burocratización del movimiento obrero es una forma exacerbada y extrema de la competencia entre los trabajadores. Es interrumpida constantemente porque hay una diferenciación entre los traba­jadores, incluidos los que se vinculan a la pequeña burguesía y le dan pie a la pequeña burguesía en el movimiento obrero, y bloquean al movimiento obre­ro. En ese manifiesto de 1848 se dice que la construcción de un partido obrero se interrumpe constantemente para rena­cer siempre de abajo. Por eso llamamos a colaborar en el desarrollo del frente político reivindicativo, a acciones comu­nes, a la distribución de la Prensa, a la difusión de la idea más simple que hay en el mundo y es que el obrero debe organizar su propio partido político y no debe ser víctima, ni dejarse verduguear, ni hacer seguidismo a la clase que lo explota.


Desarrollar este camino es el propó­sito del Partido Obrero.