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24 de septiembre de 2015 | #1382

Pablo "Aníbal" Rieznik

La vida de un revolucionario constructor del Partido Obrero
Decir que Pablo Rieznik fue un representante genuino de la generación del Cordobazo no es un eufemismo. Se incorporó a Política Obrera (luego Partido Obrero) en la Facultad de Económicas -junto con Graciela Molle y otra compañera- el 15 de agosto de 1969. O sea, dos meses y medio después del levantamiento cordobés.
 
Pero su actividad militante había comenzado antes. El 15 de mayo había sido asesinado por la policía Juan José Cabral, y un paro nacional universitario de repudio fue impulsado en Económicas de la UBA por un grupo de estudiantes, entre los cuales estaba Pablo. A esa medida adhirió un profesor, Blas Alberti, dirigente del Partido Socialista de Izquierda Nacional (PSIN), hecho por el que fue sancionado por las autoridades dictatoriales. Este grupo de estudiantes se reunió clandestinamente y decidió sacar un volante mimeografiado, en el que manifestaba su solidaridad con el profesor y la lucha estudiantil contra la dictadura. Había peronistas (FEN), maoístas y los “independientes” de Pablo y Graciela. El volante ingresó clandestinamente a la facultad a temprana hora y fue colocado sobre los pupitres de las aulas. A su ingreso, entró la masa estudiantil se encontró con el texto que circulaba mano en mano.
Semanas más tarde Pablo y Graciela anunciaron su incorporación a Política Obrera.
 
Rieznik contó el diálogo que tuvo con quien sería su primer responsable político para definir su ingreso en PO. Le preguntó para cuándo creía la dirección que iba a estallar la revolución en Argentina. Luis le respondió: “en julio del año que viene”. Entonces se incorporó. Su inquietud no era ingenua, era parte del empuje de una generación que se sumaba a la construcción de un partido revolucionario. Su nombre de guerra pasó a ser Aníbal, aunque fue de los compañeros dirigentes que menos lo usó. Su actividad lo obligó a adoptar posiciones de exposición pública en numerosas oportunidades. Era el gran orador de la Tendencia Estudiantil Revolucionaria Socialista (TERS): iba de facultad en facultad invitado a las asambleas.
 
La TERS tuvo importantes elecciones (Económicas, Medicina, Filosofía y otras) hacia el final de la dictadura del general Alejandro Lanusse (1971-1972) y Pablo “Aníbal” pasó a ser uno de los 15 miembros de la dirección nacional de la FUA. En esa instancia jugó un papel importante en el trabajo de delimitación ideológica y política del nacionalismo burgués, de la JP y Montoneros. Allí conoció y compartió luchas políticas y críticas con varios dirigentes y funcionarios actuales del kirchnerismo y del alfonsinismo, como Marcelo Stubrin o Leopoldo Moreau, entre otros.
 
Clandestinos
 
Política Obrera fue declarada “subversiva” y proscripta por la dictadura. La militancia pasó a ser clandestina. El Partido encaró la nueva etapa contrarrevolucionaria armado de caracterizaciones y templado por la lucha contra la Triple A y la represión. En marzo de 1977 realizamos el II Congreso de Política Obrera con estrictas normas de clandestinidad. Uno de los documentos centrales de dicho Congreso fue el balance del gobierno peronista, redactado por quien suscribe esta nota con la colaboración de Pablo “Aníbal”. Junto a otros documentos centrales, ese texto ayudó a “armar” políticamente a Política Obrera. Pocas semanas más tarde, el 25 de mayo de aquel 1977, Pablo tuvo que afrontar una prueba crucial: fue detenido en la vía pública por una comisión policial y trasladado a la Comisaría 8ª, que funcionaba sobre la vieja facultad de Filosofía (hoy Psicología), situada en la avenida Independencia, donde tantas veces había intervenido públicamente. Se encontraba junto a Miguel Guagnini, otro dirigente de Política Obrera. Pasó a ser un desaparecido. 
 
Durante ocho días fue sometido a torturas atroces en un campo secreto de la dictadura. No aflojó un instante. Pablo contó que en cierto momento le dieron inyecciones de pentotal (o alguna droga similar) para vencer su voluntad, adormeciendo su conciencia. En esa situación, trató de mantener control sobre su cordura. Recordó la lectura de un libro que Política Obrera había publicado meses antes del golpe: La tortura, de Henry Alleg. Se trataba de un militante argelino que enfrentó la tortura de los paracaidistas franceses que fueron a quebrar el movimiento revolucionario que luchaba, armas en mano, por la independencia de Argelia. Alleg relataba que cuando le aplicaban las “inyecciones” se pellizcaba la pierna para ver si seguía conciente de su realidad y poder enfrentar el interrogatorio indirecto, que era incluso más peligroso para quebrar a un prisionero político que el dolor directo de la tortura. Rieznik lo imitó: cuando escuchó la voz que -haciéndose pasar por su padre- le preguntaba dónde estaban las armas y si las tenía “la Negra” (su compañera de entonces); en la nebulosa hacía el esfuerzo por mantener la coherencia de su declaración: “Qué armas, no tenemos armas. Vos sabés que la Negra es una cagona, qué armas va a tener”.
 
Una fuerte campaña nacional e internacional (que incluyó la movilización de la Unef de Francia, y otras en Londres, España y Brasil, entre otros) por su aparición, logró preservar su vida y que luego fuera liberado, tirado en la vía pública, a merced de otros grupos de tareas. 
 
Cuartointernacionalista
 
Rieznik fue un destacado dirigente de la IV Internacional. En 1972 viajó a Francia, a un congreso estudiantil convocado por la Unef. Allí participó del Corci (Comité de Organización por la Reconstrucción de la Cuarta Internacional), impulsado por la OCI (Organización Comunista Internacionalista) francesa, de Pierre Lambert, y el Partido Obrero Revolucionario (POR) de Bolivia.
En su obligado exilio se integró a la militancia del trotskismo brasileño. Fue uno de los docentes principales de los cursos sobre El Capital y sobre la historia de la IV Internacional que organizó Política Obrera en Brasil en 1980 y 1981, en los que participaron centenares de militantes. Por esos cursos desfilaron y se incorporaron destacados compañeros como Gregorio Flores (dirigente de Sitrac-Sitram) y muchos otros.
 
Pero, quizás, una de sus intervenciones más importantes fue en 1995 en Montevideo, en el Foro de San Pablo. Allí se reunían todas las corrientes latinoamericanas que se declaraban de izquierda y antiimperialistas. El PO había participado, desde su fundación, en cinco encuentros y era el único que votaba en contra de los documentos oficialmente aprobados y presentaba despachos propios. Fue una gran tribuna del PO, de debate y denuncia del centroizquierda volcado en defensa del orden burgués. En mayo del ’95 la delegación del PO, dirigida por Pablo, en la sesión inaugural presentó una moción “de orden”: que se discutiera la incompatibilidad de la permanencia del Movimiento Bolivia Libre (MBL), que participaba del gobierno derechista de Gonzalo Sánchez de Lozada. En abril de aquel año, ese gobierno había decretado el estado de sitio y reprimido fuertemente las protestas populares. Rieznik exigió la exclusión del MBL como primer punto: no se podía discutir con represores del pueblo. Esa moción produjo una crisis en el Foro: diez organizaciones de Brasil, Uruguay, México, Paraguay y Chile acompañaron la demanda de Pablo, y la mesa del Foro la bloqueó. El PO se retiró del Foro.
 
En el exilio se recibió de economista. Al volver a la Argentina, después de trabajar un tiempo de bancario, ingresó en la docencia universitaria. Comenzó, con otros compañeros, a poner en pie el sindicato de los profesores de Sociales, facultad recién constituida, que sería el puntapié inicial para lo que hoy es la Asociación Gremial Docente de la UBA. Jugó un papel dirigente en el Partido Obrero. En 1989 fue detenido, junto a la mayor parte de la dirección del partido, por orden del gobierno alfonsinista. Cayó preso junto a Cata Guagnini, la destacada luchadora por los derechos humanos, la madre del compañero con quien Pablo fuera secuestrado en el ’77.
 
Pablo Rieznik fue un revolucionario, en el sentido más elevado del término.

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