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7 de enero de 2018

Crónica de la visita al Chino en Marcos Paz

El Chino nos recibió en su módulo de Marcos Paz con el puño en alto y mostrando los dientes apretados, un gesto muy suyo y frecuente. Con una camiseta naranja del Barcelona adentro del pantalón, sin barba y el pelo más corto. Yo al menos lo noté más morrudito. Le dimos dos abrazos fuertes que intentamos valgan por miles y nos sentamos. Ya por teléfono, minutos antes, ansioso, había llamado a Celia para avisarnos que nos tenía preparado un café. Sacó de una bolsa decenas de objetos y nos ofreció café, mate, té y galletitas con mermelada. “Lo único que compré son las galletitas, lo demás me lo regalaron”.

Le avisamos que no pudimos hacerles pasar las cartas que le escribieron porque hay que mandarlas por el Correo, pero le dimos una decena de saludos especiales. Nos contó cómo estaba y algunos detalles del penal. De golpe se levanta como recordando algo y nos dice que le pidieron que prepare una mesa para otro interno que tenía visitas (para reservar una mesa hay que dejar el mantel propio ya colocado).

Lo escuchamos unos 20 minutos y después habló Marcelo, quien le contó las novedades políticas y judiciales, le mostró algunos diarios donde salieron notas sobre su caso, exactamente Página 12 y La Nación. Cuando hojeó Página 12 se sonrió expresando ironía y le dijo a Ramal: “En Caballito tenemos el método diario se dividirnos los periódicos entre los respo, para buscar notas destacadas y reenviar al resto de los compañeros, a mí me toca el Página 12…”. Dos detalles: desde el día en que establecimos el método hasta pocos días antes de su detención, el link del Chino llegó a nuestro grupo de WhatsApp a las 7am, TODOS los días, religiosamente. Segundo detalle: aún no sabemos por qué el Chino nombra todos los diarios en masculino (“el Página 12”, “el Prensa Obrera”); más tarde, en el auto de la vuelta, le comento a Celia el detalle y me dice riendo que ella también se lo marca. Qué tipo entrañable.

“¿Che, y si vamos a tomar mate afuera?”, propone y le hago la segunda. Ramal dice que sigue con el café. Afuera, la charla es más relajada, le cuento algunos detalles de actividades que venimos haciendo, que si todo sale bien en febrero abrimos un local más grande en Caballito, que hay personas, contactos que él acercó durante las campañas del año, que se quieren acercar a militar. Suspira con un gesto de humildad. Que su agrupación de actores ACTUEMOS (Lista Naranja-Violeta), está moviendo cielo y tierra, haciendo un campañón por su libertad. Y sabiendo de una posible reacción, le cuento que en el local central del partido hay un banner con su cara, y funciona: se caga de risa. Resulta que el Chino durante la campaña electoral del Frente de Izquierda fue parte del equipo de “wamis” (compañeros que ponen diariamente una mesa de agitación en alguna esquina de la ciudad), y puteó durante semanas porque le costaba armar los banners. “Colo, me están volviendo loco los cosos estos, con el viento de mierda este”. Le prometí que la próxima visita le llevaba una foto del banner. En el fondo espero que no exista próxima visita.

Hablamos de fútbol, nos cuenta que tienen tele y que va a poder ver los partidos. Ramal cuenta un par de anécdotas suyas de militancia, como un día que casi se pierde un partido muy importante de Argentinos por frenar un desalojo. Le comento que su gato Kira está bien cuidado, que pasamos todos los días a darle de comer. “Es muy cariñoso el tipo, pasen tiempo con él por favor”.

De golpe todos los internos se levantan, se termina el tiempo de visita, las dos horas pasan volando. Nos pide que le demos una mano para limpiar todo y dejar ordenado (en Caballito hay algo indiscutido: no hay compañero más atento al orden y la limpieza que el Chino). Lo abrazamos de nuevo, con más fuerza, y le juramos que no vamos a parar de luchar hasta que salga.

Mientras esperamos el colectivo que nos traslada del módulo a la entrada del penal, ambos en silencio total, noto un detalle: muchas paredes y columnas de Marcos Paz están manchadas con marcas negras de pulgares, trazos oblicuos que forman murales espontáneos, son las marcas de tinta de familiares, parejas y amigos que fichan para visitar a los presos. Una sutil protesta colectiva contra la violencia del Estado.

06/01/2018

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