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30 de enero de 1996 | 481

Salvador Benesdra

Por Pablo Abuelo

Recibí la noticia sobre la trágica muerte de Salvador Benesdra (periodista y escritor, 43 años), en momentos en que me encontraba de vacaciones. Salvador, ‘El Turco’ para los que lo conocíamos, decidió terminar con su vida y se tiró, el pasado 2 de enero, del balcón del 10º piso del departamento en que vivía.

Con Salvador nos conocimos en la adolescencia, en el Nacional Buenos Aires y, a partir de allí, trabamos una relación que perduró hasta la actualidad.

Ambos, al igual que muchos de nuestra generación, fuimos marcados por el Mayo Francés, la Primavera de Praga y, por sobre todo, por el Cordobazo, es decir, por ese proceso fantástico y gigantesco de ascenso revolucionario a escala nacional y mundial. Recuerdo como si fuera hoy, el impacto imborrable que nos produjo el levantamiento obrero en Córdoba; el entusiasmo con que recibíamos la noticia sobre ‘Córdoba liberada’; la pasión irrefrenable con que seguíamos la evolución de la situación en el marco de movilizaciones que se registraban en la Capital Federal.

Este torrente de lucha, indudablemente, nos arrastró, pero en su desarrollo fuimos realizando un proceso de clarificación y delimitación políticas que nos llevó a identificar en el trotskismo y en Política Obrera la expresión de la lucha por la emancipación de los explotados.

Salvador provenía de un ambiente político familiar derechista, pero la atmósfera que se respiraba y su fina y gran sensibilidad, rápidamente lo llevaron a acercarse a las ideas socialistas y a la izquierda.

Salvador era, indudablemente, la cabeza más brillante, más capaz de esa camada, pero jamás pudo soportar el rigor y la disciplina que exigen el trabajo paciente y sistemático de la construcción de un partido. Su historia personal estuvo signada por el estigma familiar, por una infancia sumamente conflictiva que tuvo como resultante una vida atormentada, llena de fantasmas —entre ellos, el suicidio—, con los cuales ‘El Turco’ convivió y luchó denodadamente durante toda su existencia.

En las épocas de la dictadura, tanto en Buenos Aires como en Francia —donde se trasladó para completar sus estudios— fue un activo colaborador del partido. A su regreso a Buenos Aires, ya en el ocaso del proceso militar, Salvador colaboró con las afiliaciones en la legalización del Partido Obrero, época que coincide con su ingreso al periodismo, en la redacción del diario La Voz, donde tuvo una activa y destacada actuación gremial.

En 1983, luego de las elecciones, rompió políticamente con el Partido Obrero. De cara al resultado electoral, él abrigó la expectativa de que se podría crear un “Partido de Trabajadores”, de la mano de corrientes como el ENTRA (alineamiento sindical que reunió a diversas agrupaciones con pasado combativo que se desplazaron al alfonsinismo) y dirigentes como Piccinini. Más allá del hecho de que la evolución de estas agrupaciones desmintieron las expectativas de Salvador, lo más importante es que esta posición fue el inicio de un periplo que lo lleva a cifrar esperanzas en un giro antiimperialista de Alfonsín y hasta del propio Menem (antes de que asumiera), a identificar a Gorbachov como un representante y defensor del socialismo —y no un agente de la restauración capitalista. Este periplo lo condujo a abandonar teóricamente el trotskismo y a cuestionar hasta la viabilidad histórica del socialismo.

Pero me atrevo a decir que ese ‘abandono’ no fue total. Su experiencia más reciente fue en Página 12, donde trabajó durante varios años, donde llegó a integrar la comisión interna e impulsó activamente la última huelga que lo contó entre los despedidos.

Todas estas piezas sueltas del rompecabezas que constituyó su vida y tribulaciones están condensadas en su libro “El Traductor”, que fuera seleccionado el último año entre los 8 finalistas del Premio Planeta (el premio, hoy por hoy, más importante de literatura nacional). Una novela de un fuerte contenido autobiográfico donde afloran constantemente a lo largo de sus 700 páginas, sus reflexiones sobre los temas  de actualidad política científica y cultural que tanto lo apasionaron.

En los últimos meses, estaba procurando infructuosamente que se publicara su obra, realizando un penoso peregrinaje por las ediciones que, ni aun pagando el costo de la edición de su bolsillo, estaban dispuestas a hacerlo. Un factor adicional que se sumó a su ya atormentada existencia.

Venía, además, de terminar hace unos meses atrás un libro de “Autoayuda”. El libro se nutre mucho de su propia experiencia personal. No fue suficiente para “autoayudarlo” a seguir viviendo, pero quizás, mirándolo desde otro lado, fue lo que le permitió llegar hasta los 43 años.

Estas líneas son una despedida y un homenaje a un entrañable amigo y a quien fuera un militante y compañero de ruta del Partido Obrero.

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