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25 de enero de 2007 | #979

El Bolsón: Arturo Diego, "Don Polo"

Falleció Arturo. El mensaje parpadeaba con toda su crudeza en la pantalla del celular, mientras la consternación nublaba nuestros ojos y el corazón se negaba aún a aceptar tan dolorosa ausencia.
 
Arturo Diego. El camarada solidario de tantas luchas compartidas, el obstinado constructor del Partido y el Polo en El Bolsón, el amigo entrañable y afectuoso de cuantos tuvimos el honor de conocerlo, había finalmente sucumbido en su última batalla.
 
Sabíamos de su grave dolencia, y en cada viaje a El Bolsón veíamos su inevitable deterioro; pero éramos testigos también de su lucha contra la enfermedad, del optimismo revolucionario que jamás lo abandonaba, de su permanente preocupación por las actividades de su Partido y su Polo.
 
Arturo conoció las ideas revolucionarias siendo ya un hombre maduro. “Siempre supe lo que no quería. Me sublevaba la injusticia permanente en nuestro campo, la arrogancia y el desprecio con que tratan a nuestros paisanos... siempre me planté contra eso... pero recién cuando conocí al Partido Obrero supe que era lo que yo quería. Haber conocido al Partido le dio otra dimensión a mi vida”, nos dijo una vez.
 
Y abrazó la militancia con todo el fervor y la entrega que lo caracterizaban, y que no lo abandonarían hasta el final. Eran los días en que la gran lucha del pueblo de Esquel contra la minería aurífera irradiaba en toda la zona andina. Arturo fue el responsable de la presencia de las banderas y las posiciones del Partido en esa lucha y del creciente espacio que comenzaba a ganarse entre los oprimidos de El Bolsón.
 
Para los compañeras/os de las tomas y las barriadas bolsonenses, la figura del flaco, “pateándose todo” con la prensa bajo el brazo, se convirtió en parte del paisaje cotidiano. Las compañeras de esos barrios, muchas de las cuales integran hoy el Polo Obrero, lo habían bautizado cariñosamente “Don Polo”, un apodo que lo pinta en toda su dimensión militante. Para cientos de trabajadores de El Bolsón, Arturo encarnaba, efectivamente, al Polo y al Partido Obrero.
 
Las primeras manifestaciones de su enfermedad lo obligaron a trasladarse a Buenos Aires para su tratamiento (agosto 2005) y no pudo estar presente en la campaña electoral que ungió un convencional del Partido en El Bolsón ni en la posterior intervención en la Constituyente, pero se congratulaba con los éxitos obtenidos y la firmeza con que eran defendidas las posiciones partidarias.
 
Su semilla había caído en terreno fértil. Y volverá a germinar, más temprano que tarde, con la construcción de una alternativa obrera y socialista en su entrañable comarca andina, al pie del Piltriquitrón, “colgado de las nubes” justicieras que barrerán la explotación y alumbrarán una nueva sociedad.
 
Arturo, querido camarada y amigo, hasta el socialismo siempre.

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