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1 de abril de 2019

"Vamos a hacer un licuado" y otras historias de Rubén Schofrin

"Vamos a hacer un licuado". La frase fue seca, cortante. Aunque sonara como una ironía, no había un sólo rastro de conciliación en la expresión. Eran los primeros días de 2012 y en la sede del Ministerio de Trabajo, en Alem, un vocero de las patronales de prensa se quejaba de que se hiciera mención a despidos cuando "vinimos a hablar de la paritaria". El paritario patronal pretendió dar por finalizada la discusión con un "no mezclemos las cosas, no hagamos una ensalada", remató. "Mire, vamos a hacer un licuado", soltó Rubén, voz de trueno y siguió con el desarrollo de su denuncia. Nadie lo volvió a interrumpir. El mismo tono enérgico, vigoroso, se escucharía varias veces en una noche en la calle Alsina, cuando frente al cordón policial que protegía la sede de la Utpba, Rubén iba a gritar "salí Das Neves; che, Camaño, soy Rubén Schofrin, delegado de Perfil, vení a explicar por qué le pegaste a mi compañero". Ese día la burocracia había patoteado y lastimado a un trabajador de la editorial.

“Cobardes”, decía Rubén en el medio de la calle. Estiraba las vocales y repetía, cada vez, su nombre y apellido. Lo hizo por espacio de, al menos, dos horas. Siempre se identificaba. En su propia voz, el nombre y apellido juntos sonaban de una manera especial. La “sh” tenía cierta sonora porteñidad y lo remataba acentuando bien la “í” y la “n” finales. Le gustaba, era evidente. Igual que la referencia a que era delegado de “Editorial Perfil”. Eran, en realidad, su nombre y apellidos completos cuando se presentaba en plenarios, asambleas, actos.

Le gustaba ser de Perfil. En cierta forma, muy a su manera, tenía puesta la “camiseta” de la editorial, a cuya patronal enfrentó por décadas. Disfrutaba codearse con sus periodistas prestigiosos, elogiaba el trabajo de los colegas. Cuando un contenido no le gustaba en particular, mandaba feroces mails a sus editores. Todavía recuerdo el brillo, entre infantil, pícaro y hasta cholulo de su mirada, cuando contó cómo había ganado a Magdalena Ruiz Guiñazú a un retiro de firmas. Reproducía el diálogo, imitaba el tono de voz de ella, la confesión, en calidad de infidencia, que le había escuchado sobre su pasado gremial en años remotos.

También en Alem, pero en el piso 18, saldría de su vozarrón, por primera vez, la denuncia de que las patronales ofrecían “la peor paritaria de la Vía Láctea”, una figura que repitió para sentenciar las que, a posteriori, firmaría la Utpba, ya sin los “paritarios electos en asamblea”. En aquella oportunidad no fue la peor; fue un gran avance, con la reconstrucción de los básicos por categoría, el ítem antigüedad en base a un porcentaje y la recuperación del feriado gremial.

Fue la negociación de 2013, de toda la prensa escrita; supuso 21 audiencias en el Ministerio y, como no se saldaba, Tomada estableció un laudo para cerrarla. Cuando íbamos por la audiencia 15, algunas de las cuales llegaron a extenderse 11 horas, Rubén cursaba una neumonía. No quería irse a la casa. Tuvimos que echarlo. Se ausentó de dos y volvió, sin haberse recuperado del todo.

Lo han escrito varios. Rubén era ubicuo. En un mismo día podía participar de una cantidad de reuniones, actos, asambleas o plenarios, volver a Perfil, dirigir una asamblea y, cerca de la medianoche, llamarte con chistes e ironías introductorias para encubrir su obsesiva rompepelotez.

“Bajo mi responsabilidad”. Otra vez me llega, en estos días de desamparo, su voz autoafirmativa en los molinetes de la sede de Perfil en Chacabuco, para vulnerar la prohibición de ingreso a un abogado laboralista, invitado a una de las asambleas de la toma y paro de la empresa en 2002, contra el intento de acabar con el Estatuto de Periodista. Rubén tomó su tarjeta de ingreso, abrió el molinete e hizo pasar al abogado. Todo con gestos ampulosos, teatrales. Era consciente de la osadía, de su significado político y, por eso mismo, tenía que tener una escenificación acorde. “Hay que creérsela”, solía decir en lo que era una categoría que solía usar para caracterizar dirigentes, hasta compañeros. “No se la cree”, marcaba un límite.

Esa tarde presentó al letrado como “el mejor abogado laboralista de la Argentina”. ¿Lo era? A quién le importa. Ni siquiera era un tipo de izquierda. Pero había ido a la toma de Perfil, su lucha del momento. Entonces, en el abecedario vital de Rubén, lo era. Era el mejor abogado laboralista en esa tarde de junio de 2002.

Daba vértigo, por eso mismo, militar con Rubén. En cada objetivo, había que poner todo. No importaba el después. “Después vemos”, era una muletilla. Por eso aquel abogado fue, ese día, el mejor. “Mi cortoaplacismo”, admitía.

Aunque su estilo era usualmente irritante para sus adversarios del momento, Rubén fue el dirigente menos sectario que vi en mi vida. No podía serlo, no sólo por el programa obrero y socialista que defendió toda su vida; ninguna forma de sectarismo, que gira y gira para defender siempre el mismo punto de partida, podía entrar en su cortoplacismo de lo concreto, en su personalidad arrolladora, avasallante, sobre todo expansiva y de tiempo presente total. Podía ser brutal, pero al minuto, conciliador, acuerdista como nadie. Daba miedo escucharlo prodigar elogios a un aliado del minuto. “Rubén, espera... para un poco, porque después, no te olvides que hasta hace unos años... este era”. La respuesta: “Después vemos, hoy está de este lado”.

Hace casi 20 años que no soy capaz de tomar una sola decisión sindical sin, al mismo tiempo, pensar qué hubiera hecho o dicho Rubén, igual que como me pasa con Nelson.

Con ellos dos “refundamos”, me gustaba decir, el círculo de periodistas del PO, allá por 2000. Los esquivé un año, militaba en otro frente. No los entendía. “El círculo no existe. Tenemos que ponernos de acuerdo en que ustedes no me invitan a formar ningún círculo, sino que lo estamos armando ahora”, espeté. Nelson levantó el pocillo de café y “brindamos” con Rubén, por la “refundación del equipo”, en la mesa de una pizzería de Corrientes. Los dos se reían. Me estaban cagando de una forma que condicionaría toda mi vida. Hoy me dejaría cagar cien veces más. Yo era, esa mañana, “el mejor militante”, como aquel abogado laboralista en el ingreso de Perfil.

Nos reuníamos en bares, casas, no embocábamos nunca un local y yo los perseguía con una libretita de prensas vendidas, cotizaciones atrasadas, tareas por hacer sin tachar. Me miraban con cariño. Yo mediaba entre sus pequeñas disputas de amigos y camaradas de años. Se peleaban 10 veces por semana pero, sin embargo, iban siempre para el mismo lado sin hablarse. Observé, en aquellos años en los que me sentía un imberbe, que se conectaban en base a una fibra especial, jugaban de memoria sobre la base de acuerdos de fondo históricos, de complicidades: un cruce de miradas en un plenario y se complementaban en las intervenciones que no habíamos podido discutir porque alguno de ellos había clavado la cita. Ellos la ponían luego en el ángulo y después, sobre mi intervención, Nelson decía: “A ver, Pichi...”. Y Rubén: “Escuchá, escuchá, no me entendés”. Detestaba ese latiguillo, que se me pegó, como tantos giros, frases, de tanto querer imitarlo.

Hasta hace poco le enviaba a su WhatsApp los artículos que escribía para la agrupación o la prensa, no sabía si iba a poder leerlos. Le encantaban las notas que no eran sólo sindicales, “con un enfoque socialista”, como solía marcar, ante mi extrañamiento. “Tenemos que escribir más que sobre el inciso 3”, era su metáfora cuando nos pasábamos de sindicaleros. De mí decía que no sé qué era dentro de la Naranja con relación a esas notas.

Rubén no estaba muy convencido, pero escribía bien. Me gustaba porque era concreto, iba al grano y tenía capacidad de síntesis. Manejaba bien la adjetivación típica de la narrativa del PO. Nuestro catastrofismo literario. Las hipérboles. “Nuestros aumentativos”, me diría, alguna vez Olga.

Había aprendido qué cosas le gustaban en los artículos y las ponía deliberadamente en mis textos. Gocé siempre sus elogios. Esta vez me quedé esperando ese “muy bueno” que usaba, a veces hasta con signos de admiración y que me llenaban de orgullo. En mi último WhatsApp, le puse: “Este declaración que sacamos hoy son de las que te gustan, Rubén. Ojalá pronto me hagas tus observaciones. Te quiero mucho”.

Las seguiré esperando.

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