21/09/2015

Hasta la victoria Pablo, hasta las estrellas. Por Soledad Manrique


Tenía 12, o 13 años y quería empezar a militar. Sin saber muy bien por qué. Ni dónde. Los compañeros del Partido Obrero pasaban por el aula, le pedían 10 minutos de tiempo al profesor y hablaban de cosas como el Medio Oriente. Que yo en realidad, casi ni sabía donde estaba. Y los de Franja Morada hablaban de defender el campo de deportes. Mi mundo era chiquito y del campo de deportes yo entendía, era fácil. Así que junto con Maité, mi mejor amiga, empezamos a militar en Franja.


 


Pero un día pasó por la clase Martin Rieznik, invitando a una charla que organizaba el Frente de Lucha, la agrupación del PO en el colegio. Y con Maité decidimos ir. Y así, sin más, este hombre que hablaba sin parar, fumaba sin parar y caminaba sin parar, nos convenció de que no había que pagar la deuda externa. Volvimos llenas de emoción a decirles a nuestros compañeros de Franja Morada que los radicales estaban equivocados, que no había que pagar la deuda externa. Nos miraron con pánico. Al poco tiempo dejamos de militar. El campo de deportes ya no alcanzaba y el mundo era más grande.


 


Pasaron algunos años. Con Maité empezamos a estudiar Sociología. Y apareció este hombre de nuevo. Esta vez sentado con total desparpajo en el escritorio del profesor. Hablaba de matemáticas, del universo y de Darwin. Se reía, gritaba, se enojaba y volvía a reírse. Y yo no podía dejar de escuchar. Maité y yo empezamos a militar en el Partido Obrero.


 


Al poco tiempo, invité a Paz, mi hermana menor, a su primera manifestación junto a nosotros. Era el día que asumió Hallú y nos reprimieron frente del Congreso. Cuando volvimos a casa, todas manchadas de azul por el agua coloreada de los camiones hidrantes, mi hermana me dijo que había conocido a un chico. Ella también leyó Las formas del trabajo y la historia, empezó a militar, se casó con este chico y tengo dos sobrinos.


 


Hoy me desperté y lo primero que vi fue un mensaje en el celular de Paz que decía: falleció Rieznik. Abrace a Martín fuerte, que todavía dormía. Nos conocimos discutiendo una minuta que escribimos leyendo una y otra vez los libros de Rieznik. Ahora vuelvo del velorio. Apenas llegué me encontré con Paz y los chicos. Alcé a Indiana, que tiene 7 meses y le conté de Pablo.


 


Como tantos compañeros, milito y saco fotos por lo que Pablo Rieznik me enseño. Sobre el trabajo, sobre la poesía, la revolución, el amor, el socialismo y la libertad.


 


Con Pablo Rieznik, mi vida y yo, cambiamos de manera total e irreversible. Escuchando a Pablo Rieznik, leyendo a Pablo Rieznik entendí que tenemos la alegría y la responsabilidad de estar vivos. Que el universo es infinito. Que las posibilidades son infinitas. Y que nosotros también.


 


En esta hora nuestra, las palabras no me alcanzan. Mi agradecimiento y homenaje para vos compañero, lo hago con mi trabajo. 


 


Hasta la victoria Pablo. Hasta las estrellas.


 

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