17/10/2020

Los “buenos y malos” y las compañeras de Elsa

Más testimonios que hundieron a la defensa de la patota de Pedraza.

Las audiencias del juicio por Mariano Ferreyra se caracterizaron por el paso de testimonios que colocaban fuera de sí a los defensores, porque indefectiblemente los que testimoniaban usaban términos como patotas, malos y, a pesar de sus esfuerzos, no lograban que esta forma de referirse a los agresores fuera corregida. Ni con los testigos que no pertenecían a la patota o a los tercerizados les iba bien.

Fue el caso del albañil Alberto Esteche, que casualmente se encontraba en un puestito de Luján y Perdriel almorzando. Había dejado en claro el punto y no iban a confundirlo, porque sabía quiénes eran los malos. Al describir los hechos dijo: “estaba comiendo en la parrilla. Los del Partido Obrero estaban con banderas rojas, yéndose. No eran más de 50. Armaron una valla al ver que los otros venían. Los otros eran un montón, por lo menos 80. Venían gritando y puteando ‘son unos muertos de hambre, los vamos a matar’”.

Consultado por el fiscal acerca de qué hacían esas personas Esteche contestó “¿los buenos o los malos?”. La fiscal Jalbert, ante la inmediata queja de la defensa, le aclaró “no vamos a usar calificativos. Me refiero a los que venían corriendo desde el lado de las vías”. “Ah, los malos”, concluyó Esteche. No hubo manera de moverlo de sus conclusiones.

Luego llegó el momento de que tomaran la palabra las compañeras de Elsa Rodríguez: esas mujeres que rondaban los 60 años, crecían en grandeza, fuerza y vida.

María de Varela, una mujer flaquita, subida al estrado parecía aún más pequeña. Fue creciendo en su relato y se transformó en la voz de Mariano, de Elsa, de los obreros tercerizados y de los centenares de miles que acompañan activamente esta lucha. El tribunal decidió cortar el relato porque María sollozaba, ella quería seguir igual. María vio caer a Elsa, casi 100 metros más atrás de donde cayó Mariano y creyó que se había resbalado y desmayado. Hasta que se dio cuenta que en la sien tenía un hueco hondo y la dejó despacito en una posición para que la sangre fluyera y no formara un coágulo. No sabía por dónde correr. Le parecía que le disparaban desde arriba. Las ramas caían quebradas.

Cuando la defensa le preguntó qué hacía en esa manifestación, ella contestó “fui obrera del ex Frigorífico Regional Santa Elena de Entre Ríos. Milité en el Partido Comunista hasta poco después del Cordobazo. Me vine a Buenos Aires en el 79 y me incorpore al Polo Obrero casi en la misma fecha que Elsa, en el 2001. Estaba donde tenía que estar, luchando por la clase obrera”.

Los abogados, que quedaron mudos, habían querido probar un inútil prejuicio, que las mujeres habían ido por clientelismo y se encontraron con revolucionarias.

Con la otra compañera de Elsa, Nancy Arancibia, no les fue mejor. Chilena de nacimiento, argentina por adopción, fue a la movilización desde Florencio Varela. Cuando vio la patota en los andenes se preocupó. Estaba con Elsa ante el primer ataque de la patota que la hirió en su brazo. Elsa todavía estaba siendo entrevistada por C5N, cuando observó que la patota estaba bajando de las vías. “No apaguen las cámaras que nos van a matar”, le dijo a la periodista. Apenas habían comenzado a caminar retirándose del lugar cuando comenzaron a escuchar gritos. Los compañeros ordenaron que las compañeras se retiraran y Elsa arengó para apurar el paso, mientras los compañeros armaban un cordón de seguridad.

Nancy volvió, siguiendo a su nuera, hacia donde se estaban formando los compañeros. “Yo les dije a mis compañeros, agarren los palos que nos van a matar a todos”. Vio ir desvaneciéndose despacito a Mariano, apoyándose en una pared y comenzó a avisar a los compañeros, en pleno ataque, que Mariano estaba mal. “Los compañeros intentaban que no nos fueran a golpear a nosotros. Estaban tratando de defendernos. Yo quería salir pero no podía, porque Mariano estaba ahí. Ellos nos gritaban ‘zurdos sucios’, ‘muertos de hambre’. No pararon en ningún momento. Eran animales”.

La defensa trató de recurrir a la lectura del acta de instrucción para mostrar incoherencias y acusar de falso testimonio, pero fracasaron nuevamente.

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