28/03/2019

No voy a escribirte un poema, Rubén

—Te dije que habíamos conseguido diez donantes, pero teníamos 14, ¡así no te relajabas!


Eran los últimos días de diciembre de 2018. 


Viajaba en el colectivo para ir a donar sangre a Rubén cuando me confirman el dato que habíamos alcanzado la cantidad necesaria de donantes. Lo whatsapeo rápido a Schofrin, le aviso y me llama por teléfono para decirme eso. Entre risas. El muy turro.


La anécdota no solo dimensiona su hermoso humor negro, sino un método de militancia, una enseñanza: tenés que seguir haciendo, teneś que seguir luchando.


Rubén, en su tremenda vitalidad, te animaba a más.


Nos chicaneábamos todos los días con enfrentada dulzura. 


Irónico, me decía ‘mister comas’, ‘que el poeta corrija el comunicado” o ‘Borges ilustrado’. Yo lo corría: “Levante la mano el que no está procesado” o “te voy a ir a llevar facturas a Marcos Paz”. 


Eran los tiempos del juicio que les hizo la patronal de Perfil por luchar contra despidos y que ganaron extraordinariamente, dejando un hito histórico en el gremio de prensa. 


Fue un paciente constructor de ese gremio de prensa, un luchador de todas las luchas y un metódico militante del socialismo revolucionario. Método, método, método. 


Dirigente del Partido Obrero y de La Naranja de Prensa, una vez me dijo: “La militancia en nuestra generación es una opción de vida”.  Tenía algo de superhéroe estando en todos lados, pero no, Rubén era un compañero real, decididamente práctico y tenaz, que dio su opción de vida por un mundo mejor. Lo querían hasta los adversarios. 


Rubén, en su tremenda lucha, en su implacabilidad, era un tierno.


Su inconfundible voz, esa fuerza de olas cuando daba un discurso, queda vibrando en las redacciones de mañana. Nos quedás, Rubén.


Nos tomamos un café días antes de la operación. Dijo que íbamos a hacer la revolución antes que la CGT llamara a un congreso de bases. Dijo sobre la enfermedad: yo no soy ninguna víctima, yo estoy luchando. Dijo, ya cuando nos despedimos en la calle, irónicos como siempre, abrazándonos: yo también te quiero mucho, lástima la poesía.


El viernes 18 de enero, cuando su cuerpo empezaba esta última larga lucha, su entrañable compañera Judith me dijo: “Lo único que me pidió Rubén antes de esta situación es que te diga que no le escribas un poema porque él quiere volver a casa”.


No te voy a escribir ese poema, Schofrin, porque vas a estar siempre en casa.

 

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