21/09/2015

Pablo, por Luis Trombetta


Ante todo pido disculpas. Esta historia no me pertenece.


 


Las circunstancias hicieron que fuera partícipe y testigo de algún tiempo en la vida de un hombre que hoy se ha despedido. En 1971 me acerqué a la TERS. Para ese entonces él era Aníbal, o Pablo Aníbal. Dirigente de la UJS fundada en 1972, despertaba nuestra admiración. No milité hasta 1974. Ya en Política Obrera, una mañana de domingo, Pablo dirigía un plenario en el local de Acuña de Figueroa. Vestía de traje, camisa arremangada y chaleco. Una imagen que no puedo olvidar.


 


No nos conocíamos personalmente. En la dictadura, una madrugada fría de 1977, después de trabajar en el turno noche en la casa central del Banco Provincia, junto a otro bancarios compañeros de trabajo, subimos al colectivo 86. Apenas arriba un hombre sentado en el primer asiento, me tomó la mano. Era Pablo.


 


Liberado de su secuestro, allá por el bajo, había subido al colectivo, sin destino. Me senté junto a él y viajamos hasta la casa de mis padres donde yo vivía, a escasos 150 metros de la Escuela Superior de la Policía Federal en Caballito. No había tiempo para las dudas. 


 


Descendimos una parada antes y cruzamos el parque Rivadavia dando un rodeo para evitar José M. Moreno, en ese momento iluminada con reflectores, con perros de la policía en la vereda que vigilaban el frente de la Escuela de Oficiales.


 


Pablo estaba consciente, a pesar de la brutal tortura. Mientras caminamos le di mi ropa de abrigo. Estaba vestido con ropas húmedas, vaya a saber de qué otra víctima. Ya en mi casa, nadie más que mi mamá supo que me acompañaba Pablo. Descansó pocas horas en mi cama y me pidió no apagar la luz.


 


Muy temprano le di ropa limpia y nos fuimos. Otra vez por el parque, salimos a buscar un teléfono. Uno público, en Rivadavia y Campichuelo. Una patrulla militar pasó cerca de nosotros.


 


Pablo habló con su madre y él mismo, organizó y dirigió el reencuentro con ella. Ese hombre torturado, que apenas se sostenía, me instruyó para que lo guiara.


 


El encuentro se haría en Arenales y Junín. Fuimos hacia allí. Yo debía caminar cerca de él, acompañando su paso. Nos encontraríamos con alguien que Pablo reconocería, se uniría a él y yo seguiría de largo. El plan fue enteramente de Pablo. Ya en Arenales a una cuadra de la cita, un automóvil se detuvo junto a nosotros, y Pablo se fue hacia la libertad. Terminaba una historia de horror. 


 


Años después, ya en Buenos Aires, Pablo me contactó y nos encontramos en un bar de Once. Me preguntó por aquella madrugada, y le conté esto mismo.


 


Hace pocos años, en una fiesta organizada por Tribuna de Salud en un bar del Abasto, Pablo me sorprendió contando aquel regreso a la vida, en público. Con vergüenza conté lo que hasta ese momento era para mí, un secreto que pocos conocían. Esa misma noche, jóvenes estudiantes de Medicina, se incorporaban al Partido Obrero. Pablo los atrajo definitivamente.


 


En 2014 Pablo vino a verme aquejado de una enfermedad que aún no tenía nombre. Los estudios no tardaron en diagnosticar un tumor en el pulmón. Compartimos charlas en mi consultorio, llamados telefónicos, y encuentros e intercambios de ideas. Pablo inició el tratamiento y hasta me regaló un libro sobre el cáncer, que lo había interesado profundamente. Siguió las indicaciones de los especialistas que lo asistieron e indagó sobre su enfermedad, sumergiéndose en la búsqueda del conocimiento y el avance de la ciencia médica.


 


Esta madrugada Pablo Rieznik falleció. Tuve la oportunidad de estar cerca de un hombre al que admiro y brindarle mi ayuda. Tuve su abrazo y su amistad. Me disculpo nuevamente. Esta historia no me pertenece. Es de mi amigo Pablo.


 


Luis Trombetta


 

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