18/09/2015

Pablo se sorprendía, por Lucas Poy.

A mí lo que me gustaba de Pablo es que se sorprendía.
Se sorprendía todo el tiempo con cosas nuevas. A los sesenta y pico de años, se sorprendía como un chico que se asombra por aprender algo nuevo. Podía ser la Paz de Westfalia, podía ser un artículo perdido de Lenin, podía ser un libro sobre física cuántica (le gustaba mucho la física cuántica, como lo saben todos sus alumnos que esperaban una clase de Economía y encontraban una sobre Einstein), podía ser una novela sobre el franquismo, como la última vez que tomamos un café con leche en su casa, la semana pasada. Nunca conocí a alguien con esas ganas de sorprenderse, de aprender cosas nuevas, de escaparle a la solemnidad y al aburrimiento.
Lo que me gustaba de Pablo es que se aburría.
Se aburría y quería darle una vuelta de tuerca a todo. Se aburría y quería entretenerse con otra cosa. Se aburría y se daba cuenta de que el resto no se había aburrido todavía, o no había entendido, o no le seguía el ritmo. Y entonces se exasperaba.
Lo que me gustaba de Pablo es que se exasperaba. Se encabronaba con los adversarios, se calentaba discutiendo, pero sobre todo se exasperaba con la mediocridad, con la chatura y con el lugar común. A Pablo no lo ibas a encontrar diciendo obviedades o frases de cortesía: pienso que le daba vergüenza encontrarse a sí mismo diciendo boludeces impostadas.
Por eso se aburría y se exasperaba con la academia. Pablo se murió un 17 de septiembre, el día del profesor. Fue profesor titular e investigador categoría uno de la mayor universidad del país durante más de treinta años. Pero Pablo no era un «profesor»: la academia lo incomodaba, le molestaba el acartonamiento, la pacatería, el provincianismo falopa del presumido que cuida su quintita. «Cuando entro a la sala de profesores», me dijo un día, «me tratan de usted, me dicen ‘cómo le va, profesor, pase por acá’. Cuando entro al local del partido, me dicen ‘la puta que te parió Pablo, cerrá la puerta’. Por eso a los profesores universitarios no les gusta ser militantes».
A él le gustaba: le gustaba ser un militante y un revolucionario, porque en la academia todos están un poco muertos por dentro, y él estaba vivo.
Lo que me gustaba de Pablo es que le apasionaba estar vivo.
Que nuestras lágrimas sean un río que se lleve por delante a los miserables, a los aburridos, a los pacatos, a los explotadores y a todos los hijos de puta que llenan el mundo de miseria y de barbarie. Viva Pablo Rieznik. Viva la vida, muera la muerte. Viva el socialismo y viva la libertad.

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Texto de Pablo Rieznik