Palermo, como El Jagüel

No son incontables los casos de gatillo fácil. Son muchos, muchísimos, pero los tenemos contados uno por uno.


Hace tiempo terminó el cuento de que la Bonaerense sería la “policía mala” y la Federal “la buena”. Prostitución, narcotráfico, juego clandestino, secuestros extorsivos, desarmaderos de autos robados, zonas liberadas, están entre los tantos rubros operados por los federales. Y, por supuesto, los asesinatos, el gatillo fácil, los crímenes cometidos, estos sí, sin fines de lucro, por pura vocación. Todos recordamos, por ejemplo, el caso de Ezequiel Demonty, el chico ahogado en el Riachuelo por personal de la Comisaría 32ª.


Ahora se añade el asesinato cometido por el agente Matías Tarditti, de la Comisaría 31ª de la Policía Federal, en avenida Cabildo al 200, en el barrio de Palermo, en la noche del sábado 12 de junio. Tarditti fusiló a mansalva a un joven de 24 años, Lisandro, quien circulaba en moto con un amigo cuando se encontró con una banda policial encargada de un control callejero. El disparo de Tarditti perforó la nuca de Lisandro y la patrulla toda lo dejó desangrarse en la calle: la ambulancia del Same sólo fue llamada veinte minutos después, y los policías dijeron por radio que se trataba de un “accidente con moto”.


Enseguida sobrevino el intento de encubrimiento oficial. La oficina de prensa de la PFA dijo primero que la moto de los jóvenes había eludido el control de la partida policial; después cambiaron la versión y hablaron de un forcejeo en el cual se habría producido un disparo accidental por la impericia de un agente joven, incorporado a la fuerza hacía pocos meses.


Tanto el primer cuento como el segundo son insostenibles. La Policía no está autorizada a asesinar a un conductor que elude un control, y para detenerlo tienen en todos los casos móviles ubicados a 250 metros del primer puesto y una segunda barrera a 850. En cuanto al disparo accidental, tampoco puede suceder: las pistolas que utiliza la Federal son armas modernas, que exigen doble presión sobre el disparador para que salga el primer tiro, precisamente con el propósito de impedir que los nervios o la tensión de quien la maneja produzcan un disparo indeseado. Esas armas no pueden dispararse si no se tiene la plena intención de hacerlo.


Marcelo, el muchacho que acompañaba a Lisandro, dijo que Tarditti “estaba como loco, parecía sacado, como pasado de droga”. Es posible. Recordamos a un ex cocainómano que alguna vez dijo al autor de estas líneas: “La cocaína es una droga de mierda, saca lo peor que uno tiene adentro, lo más violento. Por eso la toma tanto la cana”.


Horas después del crimen, el comisario de la 31ª fue a “pedir disculpas” a los padres del chico muerto, como si el asesinato de un hijo pudiera solucionarse con un pedido de disculpas. De todos modos, esa visita no fue más que una confesión.


Pero el domingo 13 por la noche, los amigos de Lisandro y el vecindario marcharon hacia la comisaría y la destruyeron, como hicieran tiempo atrás los vecinos de El Jagüel. Así, la ira popular apunta contra el origen de la inseguridad, contra el centro de la podredumbre mafiosa que azota a la población.

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