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23 de junio de 2005 | #905

Parecen diferentes pero son lo mismo

El Congreso del Partido Obrero adoptó el slogan del título como principal consigna de denuncia para la campaña electoral que termina a fines de octubre. Su importancia no reside en su aspecto publicitario sino en su contenido político.

A diferencia de lo que sostiene un viejísimo prejuicio de izquierda, la clase capitalista se caracteriza por su diferenciación, divisiones y rivalidades; no en vano la une el mercado, el terreno por excelencia de sus disputas. Sobre la base de esa unidad en la lucha procura, a través del Estado, constituir un consejo de administración común, cuyo trabajo regular se rompe en intervalos no regulares por medio de crisis políticas.

Los políticos capitalistas tienen en común los apetitos que los enfrentan. Todos quieren más cargos y más prebendas, para sí mismos. Las campañas electorales son, por eso, la ocasión de sus trabajos más sucios -de unos contra los otros.

¿Qué los une, entonces, en la campaña electoral que se acaba de iniciar?

Los une una misma política frente a los trabajadores. Desde Carrió (y eventualmente Alicia Castro o Jorge Rivas) hasta López Murphy, pasando claro está por la tropa kirchnerista, se eleva una misma política frente a la pobreza creciente y masiva que está provocando la descomposición capitalista. La consigna que los une, aunque no la formulen de esta manera exactamente, es la redistribución de la pobreza. Con el argumento de ‘luchar’ contra la pobreza, plantean un llamado ‘ingreso mínimo ciudadano’ que tendería a nivelar a los trabajadores a un rasero de miseria común. Esto explica su hostilidad a las luchas salariales y a los planteos de un salario mínimo igual al costo de la canasta familiar (2000 pesos). Cuando estos políticos hablan de ‘canasta’, se refieren sólo a la de indigencia (el rasero común de la miseria).

¿Alguien los ha escuchado criticar la tercerización, que es el instrumento para pagar salarios, en negro, precarios, flexibles, de tiempo parcial, con los cuales los grandes pulpos encaran la ‘reducción de costos’? De ninguna manera. Por el contrario, repiten hasta el aburrimiento que es necesario subsidiar a las pymes y otorgarles excepciones en materia laboral, fingiendo ignorar que las llamadas pymes son las mercerizadas de los grandes pulpos y muchas veces sus subsidiarias.

Tanto el oficialismo como la oposición se conmueven por el destino de los jubilados presentes y futuros, pero ninguno plantea reestatizar el sistema jubilatorio, o sea acabar con el negociado de las AFJP. No lo hacen aun sabiendo que los fondos privados de pensiones están yendo a la quiebra en todo el mundo, como consecuencia del derrumbe de la especulación financiera en la que invierten el dinero de los aportistas. En Argentina, la bancarrota de 2001 los ha destruido definitivamente. Si los trabajadores en negro o desocupados no van a cobrar ninguna jubilación cuando se retiren o en la tercera edad, ello se debe al desvío de los aportes a los fondos privados. Los que contribuyen a las AFJP recibirán, con suerte, un 30% del salario en actividad.

Todos los políticos patronales reclaman el fin de los planes de empleo con el argumento de que debilita la ‘cultura del trabajo’. Proponen, en su reemplazo, otorgar subsidios de dos dígitos a las mamás con muchos hijos. Les preocupa que un desocupado rechace trabajar en la cosecha o en la construcción por menos de 400 pesos durante doce horas; no es casual que tanto Carrió como Alicia Castro, quizá por aquello de la sensibilidad femenina, propongan devolver a los trabajadores al campo. No hace falta decir lo que piensa de esto López Murphy; Lavagna y Kirchner están a muerte de acuerdo. Es la política oficial de la Iglesia y del Banco Mundial. Dicen que les preocupan las perturbaciones que los piqueteros producen al tránsito, pero en realidad se trata de los intereses de los contratistas agrarios e industriales que buscan mano de obra rebarata. En el Congreso del PO se denunció que la crisis del tránsito urbano no tiene salida bajo la gestión capitalista, que pone el acento en el beneficio de los monopolios transportistas y de la industria automotriz y en los intereses de la especulación inmobiliaria.

A los políticos del acaparamiento individual los unen el espanto de la crisis capitalista y el programa común de que la paguen los trabajadores. Esto es lo que quiere decir que “parecen diferentes pero son lo mismo”.

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