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29 de julio de 2005 | #910

¿"Fuerza de centroizquierda" o kirchnerizar al peronismo?

Hace una semana, el ex ministro de Rodríguez Saá y actual senador, el chaqueño Jorge Capitanich, escribió en Clarín acerca de los “cambios políticos inevitables”. Caracterizaba el agotamiento de los partidos políticos, que “no pudo ser resuelto ni con la ley de financiamiento ni la ley de internas abiertas y simultáneas”. Para justificar la violación de estas normas, en especial por el PJ, Capitanich asegura que “la ruptura es mucho más profunda”, de “ideas, actitudes y valores”. Esto es completamente falso. Después de todo, si un conjunto de ex menemistas y ex duhaldistas pudo modificar cosas semejantes en tan poco tiempo, es claro que ni siquiera las ideas y los valores tienen importancia. De todos modos, Capitanich plantea la alternativa de construir un nuevo sistema de partidos políticos o seguir “estigmatizando” el proceso de crisis política para siempre. En estas condiciones, Kirchner habría trazado un nuevo sendero, que es un partido de centroizquierda con capacidad de transformación. Bajando a tierra, asegura que el cometido se conseguiría con una cifra aproximada al 40% de los votos en las próximas elecciones.

A principios de mes, Kirchner había dicho lo mismo: “Se cerró un ciclo en el peronismo” y sería “deseable un sistema de dos o tres partidos, pero en donde queden demarcadas la derecha y la izquierda” (Clarín, 7/7).

Más allá de esta retórica, sin embargo, el esquema político de Kirchner se basa en el arreglo con trece gobernadores peronistas y dos o tres que no lo son; con la mayoría de los intendentes del conurbano bonaerense, que hasta hace poco rendían cuentas a Duhalde; y con la mayoría de la burocracia sindical. Kirchner pretende sacarle el aparato a Duhalde y negociar desde una posición de fuerza con el resto de los caciques peronistas. Para eso quiere ganar en la provincia; lo demás son palabras.

El problema que enfrenta el kirchnerismo es que si no derrota decisivamente al duhaldismo, su poder político puede licuarse aun más rápidamente que el de Lula en Brasil. Por eso vaciló antes de ir a la confrontación y por eso hace responsable a Duhalde por la división del peronismo. Cuando se queja de que Duhalde no terminó nunca de abandonar la cancha, como había prometido, Kirchner está diciendo que pretendía organizar un centroizquierda con los aparatos de punteros del peronismo. Un verdadero sinsentido. Lo que quiere Kirchner es quedarse con el aparato del peronismo, lo demás es verso, es una campaña demagógica para neutralizar con discursos a los trabajadores y a la juventud.

¿Sobre qué base reconstruiría Kirchner el “sistema de partidos” y pondría en pie una “fuerza de centroizquierda”? Como material humano no tiene a su disposición otra cosa que los arribistas que hundieron al país con la Alianza, y a los ‘setentistas’ o ‘socialistas’ políticamente desmoralizados, incluso muchos completamente corrompidos. No es suficiente para ‘refundar la política’. El centroizquierdismo ha fracasado como tentativa de superación social o política en todo el mundo y está brindando una lección sin igual en Brasil. El chavismo no se identifica a sí mismo con el centroizquierdismo sino con el despertar nacional de las masas, y tiene dos características fundamentales que están ausentes en Kirchner: haber encabezado una insurrección popular, en 1992, y disponer de una caja sin igual, como consecuencia de los elevados precios del petróleo.

De todos modos, una ‘reconstrucción’ política real nunca tiene lugar en los gabinetes sino en la lucha social. Kirchner no se encuentra a la cabeza de ninguna lucha social. Por el contrario, se desdijo de un aumento a los jubilados con la patraña de que sería inflacionario, mientras cede todos los días y ofrece ganancias espectaculares con la deuda pública o con nuevas privatizaciones (puertos y aeropuertos). Está enfrentando con brutalidad y con provocadores a sueldo las huelgas de los docentes. Para controlar la inflación se apresta a ‘ajustar’ la obra pública, que es una fracción mínima del presupuesto nacional. La inflación, se prevé, llevará la recaudación fiscal a 130.000 millones de pesos, el año que viene, con lo que se asegura un mayor superávit fiscal para pagar la deuda. Esta política puede servir para la movilización del capital financiero, no de las masas, por lo cual la ‘reconstrucción política’ no pasa de ser un devaneo. Kirchner es la última etapa de lo que se hunde y la primera de nada.

Bien mirado, el gobierno kirchnerista es un bufete de negocios. El derrumbe de la convertibilidad ha dejado una masa de capitales en quiebra y Kirchner pretende sacar una tajada de la redistribución patrimonial que plantea esa quiebra. Si consigue meter a sus ‘empresarios nacionales’ en los negocios en venta o remate, luego les abrirá, como lo ha venido haciendo, la canilla del presupuesto o de los bancos estatales; rescata al capital quebrado y ofrece una oportunidad a nuevos aventureros.

En estas condiciones de crisis social, Duhalde cree que puede sacar en votos y representación lo que Kirchner le ofrecía en un arreglo. En esta alternativa, Kirchner habría sufrido una derrota política aunque gane la elección. Se replantearía la ‘unidad’ del peronismo y la reconciliación con padrinos y con ahijados. Las encuestas dan un 35% al gobierno y un 15% al duhaldismo, en la provincia, lo que históricamente representa una catástrofe para el peronismo en su conjunto, porque la mitad de los votantes podría representar un 35% del padrón electoral. La fluctuación del electorado dependerá de la marcha de la inflación y de la desocupación, porque si éstas se acentúan pueden anular las expectativas sociales creadas por la salida de la bancarrota.

En definitiva, la tensión electoral es una expresión deformada de la presión que ejerce la crisis social y de la impasse política y el inmovilismo que produce la falta de soluciones de parte de la burguesía o del propio capitalismo como tal.

Para concluir, volvamos a Capitanich, que completa la descripción del plan centroizquierdista del gobierno relatando que, con el 40% de los votos, Kirchner modificaría “los feudos provinciales por sistemas de alternancias políticas”, quizás imaginando que algún día él pueda suceder al feudo radical en su provincia. Porque Capitanich confiesa, al final, que toda su disquisición sólo puede prosperar “con una lucha más (¿?) frontal contra la pobreza y contra las asimetrías en la distribución espacial del ingreso...”. El hombre piensa sólo en él, por eso prefiere la distribución del ingreso ‘espacial’ (para la oligarquía del Chaco) y no la distribución social (para los obreros y los campesinos de todo el país). Pero como Kirchner no puede encarar esa lucha contra la explotación social (de donde deriva la pobreza), todo el esquema político se convierte en un castillo de naipes.

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